Libro II #6
Geb, el dios de la tierra, tiene la piel verde —el color de la vegetación, de la vida que emerge del limo— y yace siempre bajo Nut, su cuerpo el suelo sobre el que todos los seres vivos caminan.
Cuando Geb ríe, la tierra tiembla. Cuando Geb llora por la separación de Nut, sus lágrimas son la lluvia.
La relación entre el cielo y la tierra en la mitología egipcia no es la de dos superficies indiferentes: es la de dos amantes separados por el mismo dios que los trajo al mundo, Shu, cuyo cuerpo-aire ocupa permanentemente el espacio entre ellos.
Los hijos de Nut son los cinco grandes dioses del drama osiríaco: Osiris, Isis, Set, Neftis, y Horus el Viejo.
Los textos dicen que nacieron en los cinco días epagómenos, los cinco días que los egipcios añadían al año de trescientos sesenta días para completar el año solar.
Esos cinco días no pertenecían a ningún mes: eran el espacio entre los años, el tiempo fuera del tiempo, el único momento en que podían nacer dioses de esa potencia sin romper el orden cósmico del calendario.
El cielo como cuerpo femenino y la tierra como cuerpo masculino invierte la asociación que muchas otras culturas han hecho, donde la tierra es la madre y el cielo es el padre.
Los egipcios no parecen haber sentido ninguna incomodidad con esa inversión, quizás porque su concepción de lo masculino y lo femenino en el ámbito divino no seguía las mismas lógicas que en el ámbito humano.
Lo que importaba era la relación entre los dos principios —arriba y abajo, continente y contenido, el que abraza y el que es abrazado— y esa relación era más fundamental que el género de quien la encarnaba.
Las representaciones de Nut en el interior de los sarcófagos —pintada en la tapa interna, sobre el rostro del muerto— añaden una dimensión adicional al mito: el muerto que yace en el ataúd está en la posición de Ra viajando por el cuerpo de Nut, esperando renacer.
El sarcófago es el cielo nocturno en miniatura.
La muerte es el viaje que el sol hace cada noche.
Y el amanecer que Nut produce cada mañana es la promesa que el muerto necesita para cruzar.
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Shu y Tefnut, el aire y la humedad, el primer par
Shu y Tefnut son los primeros seres que existen después de Atum, el primer par de opuestos complementarios que hace posible la articulación del cosmos.
Sin ellos no hay distinción, y sin distinción no hay cosmos: solo el océano homogéneo de Nun.
Con ellos comienza la diferencia, y con la diferencia comienza todo lo demás.
Shu es el aire, el espacio entre las cosas, el principio de la separación que hace posible que las cosas existan como individuales y distintas.
Sin el espacio que Shu abre, Nut y Geb estarían fundidos en una masa indiferenciada, el cielo y la tierra serían una sola cosa sin arriba ni abajo.
El gesto que define a Shu en las representaciones —sus brazos extendidos hacia arriba, sosteniendo el cuerpo de Nut sobre la cabeza de Geb— es el gesto de toda la cosmología egipcia: la separación que crea el espacio donde la vida puede ocurrir.
Tefnut es la humedad, el principio de la conexión que hace posible que las cosas separadas interactúen.
Si Shu es el espacio entre las cosas, Tefnut es lo que hace que las cosas se toquen a través de ese espacio: el aire húmedo que transporta el aroma de una flor, la nube que lleva el agua de donde sobra a donde falta, el contacto invisible que mantiene el cosmos articulado sin que se deshaga en piezas aisladas.
Hay un mito que protagonizan Shu y Tefnut que los textos preservan con variantes, pero cuyo núcleo es constante: en algún momento del período primordial, Tefnut —a veces identificada con el ojo de Ra— abandona Egipto y se retira a Nubia en forma de leona furiosa.
El cosmos sin Tefnut se deteriora: sin humedad, sin conexión, las cosas se secan y se separan hasta el punto de la disolución.
Ra envía a Shu, o a Thoth, o a ambos, a traerla de vuelta.
El regreso de Tefnut es celebrado con música y embriaguez, y el cosmos se restaura.
Este mito del ojo que se aleja y regresa es uno de los más recurrentes de la tradición egipcia, y sus protagonistas varían —Hathor, Tefnut, Sekhmet son todas ellas el ojo de Ra en distintos momentos—, pero la estructura es siempre la misma: una fuerza femenina esencial se retira, el cosmos sufre su ausencia, y su regreso es una restauración del orden celebrada con alegría.
La diosa que puede destruir cuando está furiosa es también la que hace posible la vida cuando está apaciguada.
Shu y Tefnut envejecen junto con Ra en la teología heliopolitana tardía: son los compañeros del dios en su vejez, los que lo sostienen cuando su poder disminuye, los que están presentes cuando el cosmos llega a su término y solo Ra y Nun permanecen en las aguas primordiales.
El primer par es también el último par: los que aparecieron inmediatamente después del principio desaparecerán inmediatamente antes del final, y su existencia abarca la totalidad del tiempo entre los dos silencios.
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Jnum, el alfarero de las almas
En el extremo sur de Egipto, donde el Nilo se estrecha entre las rocas graníticas de la primera catarata y donde la inundación anual comienza su viaje hacia el mar, los sacerdotes de Elefantina adoraban a un dios con cabeza de carnero que sostenía el torno del alfarero: Jnum, el que da forma a los cuerpos en la rueda de arcilla, el que modela a cada ser humano antes de que nazca.
La concepción de Jnum es una de las más concretas y hermosas de la mitología egipcia: el dios no crea a los seres humanos de manera abstracta ni los engendra de su substancia divina.
Los fabrica. Toma la arcilla del Nilo —el mismo barro que los alfareros humanos usan para hacer vasijas— y en su torno divino da forma a cada cuerpo humano y a su ka, el doble espiritual que lo acompañará toda la vida.
El proceso es artesanal, meticuloso, personal: cada ser es un objeto hecho a mano.
Esta imagen del dios alfarero tiene paralelos en otras tradiciones —el Dios que modela al hombre del barro en el Génesis, el Creador alfarero de la mitología yoruba— pero su versión egipcia tiene una especificidad que la distingue: Jnum no crea a los humanos en un acto único y primordial.
Los crea continuamente. Cada vez que una mujer queda embarazada, Jnum da forma al nuevo cuerpo en su torno.
La creación no fue: sigue siendo. El alfarero nunca descansa.
Jnum presidía también las fuentes del Nilo, que los egipcios ubicaban en una cueva bajo las rocas de la primera catarata.
El río que hacía posible la civilización entera tenía allí su origen sagrado, y Jnum era el guardián de ese origen: el que abría o cerraba la fuente según la voluntad divina.
La crecida del Nilo era, en este sentido, un acto de Jnum: el dios que da forma a los cuerpos humanos daba también forma al río que hacía posible que esos cuerpos sobrevivieran.
La Estela del Hambre, una inscripción ptolemaica que finge datar del reinado del faraón Zoser del Imperio Antiguo, narra cómo siete años de sequía devastaron Egipto hasta que el rey consultó a Thoth y supo que la causa era el abandono del culto de Jnum.
Zoser restauró el templo y las ofrendas, y Jnum apareció en sueños prometiendo abrir las fuentes y hacer crecer el Nilo.
La sequía terminó. El texto es propagandístico, fue creado por el clero de Elefantina para reivindicar sus privilegios, pero la teología que expresa es genuina: el río no fluye por mecánica sino por voluntad, y esa voluntad puede ser cultivada o descuidada.
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Neit, Selkis y las diosas de los bordes
Hay diosas en el panteón egipcio que no están en el centro sino en los márgenes, y que ejercen su poder precisamente desde esa posición periférica.
No son menores que Isis o Hathor: son diferentes.
Su dominio es la frontera, el límite donde una cosa termina y otra comienza, el espacio peligroso que separa lo conocido de lo desconocido.
Neit, una de las diosas más antiguas del panteón —su culto en Sais, en el delta occidental, se remonta a los primeros tiempos del Egipto unificado—, era la diosa de la guerra y de la tejeduría, una combinación que parece extraña hasta que se comprende que ambas actividades comparten la misma lógica: cruzar hebras que se oponen para crear algo que ninguna puede crear sola.
Neit tejía el cosmos como se teje una tela, entrelazando fuerzas contrarias.
Y Neit disparaba las flechas de la guerra con la misma precisión con que el tejedor cruza los hilos.
Los textos la describen también como autocreada —una cualidad que comparte con Atum y con muy pocos otros dioses— y como la que existió antes de que Ra existiera.
En Sais la llamaban la gran madre, la que dio a luz al sol, la que es más antigua que el tiempo.
Su templo en Sais tenía en el umbral una inscripción que los autores antiguos citan con admiración: 'Soy todo lo que fue, todo lo que es y todo lo que será. Ningún mortal ha levantado mi velo.'
Selkis, la diosa del escorpión, presidía los venenos y los antídotos, la muerte por picadura y la curación de esa misma muerte.
Su imagen —una mujer con un escorpión sobre la cabeza— era uno de los cuatro guardianes del sarcófago real, junto con Isis, Neftis y Neit.
Cada una protegía uno de los puntos cardinales del cuerpo del faraón muerto: Selkis guardaba el sur y el canopo que contenía los intestinos.
La diosa del veneno como guardiana: otra vez la lógica egipcia del peligro que se convierte en protección.