Libro II #5
Menfis fue su ciudad desde los tiempos más antiguos del Egipto unificado, y el templo de Ptah en Menfis fue uno de los más grandes y ricos de todo el país durante milenios.
Los griegos, cuando llegaron a Egipto, llamaron a la ciudad Aigyptos —Egipto, el nombre que daría nombre al país entero— que es una deformación de Het-ka-Ptah, la casa del ka de Ptah, el nombre egipcio del recinto sagrado menfita.
El país entero lleva, sin saberlo, el nombre de un solo templo de un solo dios.
Como vimos en el Libro I, Ptah creó el mundo por el pensamiento y la palabra.
Pero su aspecto como dios artesano es igualmente fundamental.
Ptah es el patrón de los constructores, los escultores, los orfebres, todos los que transforman la materia bruta en formas que expresan el orden cósmico.
La estatua que el escultor talla no es una representación del dios: es el cuerpo que el dios habita cuando el nombre del dios es inscrito en ella.
El artesano que trabaja bajo la guía de Ptah no fabrica objetos: participa en el acto creador que Ptah realizó al principio.
Sokar, el dios funerario de Menfis, fue absorbido muy pronto en la figura de Ptah para formar Ptah-Sokar, y más tarde Osiris fue añadido a la combinación creando Ptah-Sokar-Osiris: el dios triple que reunía la creación, la muerte y la resurrección en una sola figura.
Esta tendencia a la fusión, que recorre toda la teología egipcia, alcanza en este caso su expresión más completa: el artesano cósmico, el señor de los muertos menfita y el rey del inframundo osiríaco son manifestaciones de un mismo principio que abarca la vida en todas sus fases.
Los enanitos divinos, Bes y Ptah-Pateco, son también hijos de la tradición menfita.
Ptah-Pateco, la figura enana que los marineros llevaban como amuleto, es una versión popular y accesible del gran dios artesano: el que protege con su presencia, el que garantiza que el trabajo sea seguro y el viaje tenga buen fin.
La distancia entre el gran dios filosófico que crea el cosmos con el pensamiento y el amuleto del marinero es enorme en términos de elaboración teológica, pero es la misma distancia que existe entre cualquier gran divinidad y el uso que la gente común hace de ella.
Los dioses de los filósofos y los dioses del pueblo son raramente el mismo dios, aunque compartan el nombre.
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Amón y Mut, el rey oculto y su reina
Ya conocemos a Amón del Libro I, donde lo encontramos como principio teológico: el oculto, el que no tiene nombre verdadero, el que está detrás de todos los demás dioses.
Aquí lo encontramos en su dimensión personal, en su relación con Mut su esposa y Jonsu su hijo, en el contexto de la ciudad que lo convirtió en rey de los dioses y en la potencia religiosa más importante de Egipto durante siglos.
Tebas, la ciudad de Amón, fue la capital del Imperio Nuevo, el período de mayor gloria y expansión de Egipto.
Los faraones que derrotaron a los hiksos, que llevaron los ejércitos egipcios hasta el Éufrates, que construyeron los templos más grandes del mundo antiguo, todos gobernaron desde Tebas y todos atribuyeron sus victorias a Amón.
El dios recibía una parte del botín de cada campaña, y el tesoro del templo de Karnak llegó a ser tan grande que el sumo sacerdote de Amón podía desafiar la autoridad del faraón.
Mut, la esposa de Amón, era originalmente una diosa buitre: el buitre del desierto, cuya expansión de alas cubría y protegía como el cielo mismo.
Su nombre significa madre en egipcio, y su función en la tríada tebana es la del principio maternal cósmico: lo que nutre, lo que protege, lo que da forma a lo que Amón engendra en el misterio de su ocultamiento.
Jonsu, el hijo, era el dios lunar de Tebas, el que cuenta los meses y cuya luz ilumina la noche cuando el sol de Ra ha descendido al inframundo.
La tríada de Amón-Mut-Jonsu es la familia divina tebana, y su culto estructuraba el año religioso de la ciudad.
La gran fiesta de Opet, celebrada cada año durante el segundo mes de la inundación, llevaba en procesión las barcas sagradas de los tres dioses desde Karnak hasta el templo de Luxor, a unos tres kilómetros al sur, por la avenida de esfinges que unía los dos santuarios.
El festival duraba hasta veintisiete días en su período de mayor elaboración, y la ciudad entera participaba en las celebraciones con música, danza y ofrendas.
La riqueza del clero de Amón alcanzó en la época de Ramsés III, hacia el final del Imperio Nuevo, proporciones que los propios textos administrativos conservados permiten cuantificar: el templo poseía más de ochocientos mil hectáreas de tierra cultivable, medio millón de cabezas de ganado, ochenta y seis barcos, cuarenta y seis astilleros y doscientos mil trabajadores bajo su autoridad.
En ese contexto, la revolución de Ajenatón —que intentó reemplazar a Amón por el Atón solar y trasladar la capital a una nueva ciudad— no fue solo una reforma religiosa sino un intento desesperado de recuperar el poder real que el clero de Amón había acumulado durante generaciones.
Amón sobrevivió a Ajenatón, que fue borrado de los registros históricos por sus sucesores.
Sobrevivió también al fin del Imperio Nuevo y a las invasiones persas, macedónicas y romanas.
En el oasis de Siwa, en el desierto libio, el oráculo de Amón fue famoso en todo el Mediterráneo antiguo: Alejandro Magno hizo el arduo viaje hasta allí para consultar al dios, y el oráculo lo reconoció como hijo de Amón, lo que equivalía a reconocerle como legítimo faraón de Egipto.
El dios oculto que no tiene nombre verdadero fue también el primero en legitimar al hombre que conquistó el mundo conocido.
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Sobek, e
l señor de las aguas peligrosas
El cocodrilo es el animal más peligroso del Nilo.
También es, en ciertos sentidos, el más necesario: limpia las aguas de cadáveres, regula la población de peces, y su presencia en un tramo del río es señal de que las aguas son suficientemente profundas y ricas para sostener vida.
Los egipcios, que vivían con el cocodrilo como convivían con la inundación —sabiendo que era peligroso, sabiendo que era necesario, aprendiendo a respetarlo sin poder controlarlo—, hicieron de él un dios.
Sobek, el cocodrilo divino, tenía sus centros de culto principales en el Fayum y en Kom Ombo, donde un templo ptolemaico todavía preserva algunas de las representaciones más detalladas del dios: un hombre con cabeza de cocodrilo, la corona solar con plumas entre los ojos, el cuerpo erguido con los atributos del poder real en las manos.
Los cocodrilos sagrados que vivían en los recintos del templo de Kom Ombo eran alimentados y adornados con pendientes y pulseras de oro.
Cuando morían, eran momificados con los mismos cuidados que un faraón.
Sobek era, en sus aspectos más positivos, el dios de la fertilidad del Nilo: su presencia garantizaba la abundancia del río, su poder era el poder del agua que da vida.
Los textos lo vinculan a Ra en la forma de Sobek-Ra, el cocodrilo solar, el que combina la fuerza del agua y del fuego.
Y los Textos de las Pirámides invocan a Sobek para proteger al faraón muerto: que el rey sea tan rápido como Sobek, que su poder sea tan inaccesible como el cocodrilo en las profundidades.
Pero Sobek era también el dios al que se apaciguaba para que no atacara, el peligro que se volvía protección cuando se le tributaba el respeto adecuado.
Esta lógica del peligro convertido en guardián es típica de la religión egipcia: lo que puede matar es también lo que puede proteger, porque la fuerza que destruye y la fuerza que defiende son la misma fuerza dirigida de manera diferente.
El cocodrilo que vigila las orillas del Nilo no distingue entre el intruso que amenaza y el guardián que protege: es el humano el que establece esa distinción a través del ritual y la ofrenda.
En el período ptolemaico, el culto de Sobek alcanzó una elaboración teológica particular: la ciudad de Crocodilopolis, en el Fayum, fue el centro de un culto que atraía visitantes de todo el Mediterráneo.
Heródoto describe con detalle cómo los sacerdotes alimentaban a los cocodrilos sagrados con ofrendas de los peregrinos, y cómo los animales habían aprendido a acercarse cuando los sacerdotes los llamaban.
La convivencia de lo sagrado y lo peligroso en el mismo recinto era para los egipcios no una contradicción sino la confirmación de que el poder divino no es domesticable: solo puede ser respetado.
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Nut y Geb, el cielo y la tierra separados
La imagen más reconocible de la cosmología egipcia no es un texto sino una figura: una mujer arqueada sobre un hombre tendido, su cuerpo cubriendo el cuerpo de él como el cielo cubre la tierra, sus dedos de los pies tocando el horizonte del este y sus dedos de las manos tocando el horizonte del oeste, las estrellas salpicadas sobre su cuerpo como joyas en un vestido nocturno.
Nut es el cielo. Geb es la tierra. Y entre ellos, sostenido por Shu el dios del aire, transcurre todo lo que existe.
Nut traga al sol cada atardecer y lo da a luz cada amanecer.
La noche es el tiempo en que Ra viaja por el cuerpo de la diosa del cielo, por sus entrañas celestes, para renacer en el horizonte oriental cuando ella lo empuja fuera de sí misma.
Esta imagen de la noche como gestación y del amanecer como nacimiento es una de las más poderosas de la mitología egipcia: cada día es un parto, cada amanecer es el primer día del cosmos repetido.