Mitología Egipcia (Mitologias del mundo 2) Libro II #4
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Libro II #4

Maat no tiene un templo principal, no tiene una ciudad que la reclame como patrona, no tiene grandes festivales en su nombre.

Está en todas partes porque es la condición de posibilidad de todo lo demás.

Los templos están construidos según Maat: sus proporciones siguen las leyes del número y la geometría sagrada.

Los rituales se realizan según Maat: cada gesto, cada ofrenda, cada palabra tiene su lugar prescrito.

El faraón gobierna según Maat: sus decretos deben reflejar el orden cósmico para ser legítimos.

La ofrenda de Maat era el ritual más importante que el faraón realizaba.

En las representaciones de los templos, el faraón aparece frecuentemente sosteniendo en la palma de la mano una pequeña figura de Maat —una mujer con la pluma en la cabeza— y ofreciéndola a los dioses.

La ofrenda dice: yo, faraón, te ofrezco el orden que tú creaste.

Te devuelvo lo que es tuyo. El cosmos que se sostiene sobre Maat es el cosmos que el faraón mantiene, y esa ofrenda es la prueba de que el mantenimiento es efectivo.

Hay en la teología de Maat algo que suena sorprendentemente moderno: la idea de que el orden no es un estado que se alcanza y se mantiene solo, sino una práctica continua que requiere esfuerzo y atención.

Maat no es un logro sino un proceso. La sociedad justa no es la que promulgó las leyes correctas sino la que las aplica correctamente cada día.

El cosmos ordenado no es el que fue creado bien sino el que se sostiene bien.

Esta intuición —que el orden es una práctica, no un estado— recorre toda la ética egipcia de una manera que los textos de sabiduría expresan con una claridad asombrosa.

En el juicio de los muertos, Maat está presente de tres maneras: como la pluma en la balanza, como la sala donde el juicio se celebra —que se llama la Sala de las Dos Maat, el lugar donde la verdad se duplica para ser perfecta—, y como el estándar contra el que cada vida se mide.

El difunto que entra en la sala no se enfrenta a un dios que decide arbitrariamente su destino: se enfrenta a la pregunta de si su vida fue una expresión de Maat o una traición a ella.

La respuesta está en el corazón, y el corazón no miente.

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Hathor, la vaca celeste y el amor

Hathor es la diosa que más veces cambia de forma sin dejar de ser la misma.

Aparece como una vaca con el sol entre los cuernos, como una mujer con orejas de vaca, como una mujer con una corona de cuernos y disco solar, como una cobra, como una leona.

Es la patrona del amor, la música, la danza y la embriaguez; también es la madre del sol y, en sus versiones más oscuras, la destructora de la humanidad.

Pocas divinidades del mundo antiguo alcanzan ese arco tan amplio.

El mito de la Vaca Celeste narra un episodio singular en la historia de Ra: cuando el dios solar, ya anciano, descubrió que los hombres conspiraban contra él, envió a Hathor en su forma de leona —Sekhmet— para castigarlos.

La diosa mató con tal ferocidad que Ra, viendo que iba a exterminar a la humanidad entera, ordenó detenerla.

El método fue emborracharla: tiñeron con ocre rojo siete mil jarras de cerveza para que pareciera sangre, y cuando Sekhmet bebió y se durmió, la matanza terminó.

El episodio explica el origen de los festivales de embriaguez en honor de Hathor: beber era replicar el acto que salvó a la humanidad.

Como patrona del amor, Hathor presidía todo lo que los egipcios asociaban con el placer sensorial: la música del sistro —su instrumento sagrado, cuyo sonido se creía que ahuyentaba el mal—, el baile, el perfume, los cosméticos, el vino.

Los textos de amor egipcios —algunos de los más bellos poemas eróticos de la antigüedad, comparables en su libertad expresiva a cualquier poesía amorosa posterior— invocan a Hathor con una naturalidad que revela hasta qué punto el placer era sagrado en la cultura del Nilo.

Como madre del sol, Hathor era la que amamantaba a Ra al amanecer, la vaca cósmica cuya leche era la luz del día.

Esta dimensión materna se expresaba también en su papel como madre del faraón: las escenas de la Hathor amamantando al rey son tan frecuentes en los templos como las de Isis con Horus.

La maternidad divina en Egipto no era exclusiva de una sola diosa: era una función que varias diosas compartían, porque la necesidad de ser nutrido por lo divino era demasiado fundamental para ser responsabilidad de una sola figura.

Dendera, en el Alto Egipto, fue el gran centro del culto de Hathor: su templo, construido en el período ptolemaico, pero sobre fundaciones milenarias, es uno de los mejor conservados de todo Egipto, con sus techos pintados de azul profundo salpicado de estrellas y sus columnas coronadas por el rostro de la diosa mirando en las cuatro direcciones.

La sala hipóstila de Dendera, con sus veinticuatro columnas hatóricas, es una de las experiencias arquitectónicas más poderosas que el mundo antiguo legó a la posteridad.

Hathor sobrevivió el fin del mundo antiguo absorbida en parte por Isis, que durante el período ptolemaico adoptó muchos de sus atributos —los cuernos con el disco solar, el sistro, el rol de madre cósmica— en una fusión que refleja la tendencia general de la religión tardía a simplificar el panteón sin eliminarlo.

Pero la Hathor original, la de los cuernos y la cerveza y el amor sin condiciones y la furia que puede destruir el mundo, es una figura que ninguna síntesis posterior ha logrado reproducir completamente.

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Sekhmet y Bastet, una diosa en dos caras

El pensamiento religioso egipcio entendía mejor que casi ningún otro que las fuerzas más poderosas son dobles.

El sol da vida y mata. El Nilo fertiliza e inunda.

El desierto aísla y protege. Esta dualidad fundamental encontró una de sus expresiones más precisas en las dos grandes diosas leoninas del panteón: Sekhmet, la leona de la guerra y la enfermedad, y Bastet, la gata del hogar y la alegría.

Sekhmet, cuyo nombre significa la poderosa, era la leona solar de Menfis, la diosa de la guerra y la medicina —los dos dominios que en el mundo antiguo eran inseparables porque la herida y la curación eran las dos caras del mismo conocimiento—.

Su aliento era el viento del desierto, caliente y mortal.

Sus sacerdotes eran también médicos, porque quien podía invocar la enfermedad podía también detenerla.

Los textos del período tardío enumeran hasta setecientas setenta y siete manifestaciones de Sekhmet, cada una correspondiente a un tipo específico de enfermedad o desgracia que la diosa podía enviar y retirar.

Bastet, cuyo nombre está ligado al ungüentario, el frasco de perfume, era la gata del delta, la diosa de la protección del hogar, la música y el placer.

Si Sekhmet era el fuego que quema, Bastet era el calor que abriga.

Si Sekhmet era el remedio amargo que cura, Bastet era el bienestar que la curación produce.

Los festivales de Bastet en Bubastis, su ciudad en el delta, eran célebres en todo el Mediterráneo antiguo: Heródoto los describe como los más concurridos y alegres de todo Egipto, con barcas llenas de peregrinos que bebían y cantaban mientras navegaban hacia la ciudad sagrada.

La relación entre Sekhmet y Bastet no es de oposición sino de transformación.

Los textos las presentan como la misma diosa en dos estados: cuando Ra envía a Sekhmet a castigar a los hombres, Bastet es lo que Sekhmet podría ser si se apaciguara.

La fiesta que emborrachó a Sekhmet y detuvo la matanza de la humanidad no solo salvó a los hombres: transformó temporalmente a la leona furiosa en la gata satisfecha.

Cada festival de Hathor o de Bastet era una repetición ritual de ese apaciguamiento, un intento de mantener a la leona en su estado benévolo.

La veneración de los gatos en Egipto —que tanto ha fascinado a los visitantes de todas las épocas— tiene su raíz en esta teología.

El gato que guarda el granero de los ratones es Bastet protegiendo la abundancia.

El gato que caza serpientes —y hay representaciones de Ra en forma de gato decapitando a Apofis— es Sekhmet en su aspecto protector.

El animal que puede ser doméstico y salvaje según el momento, que ronronea y araña con las mismas garras, que da calor y puede herir, es el emblema perfecto de una divinidad que los egipcios entendieron como inseparablemente doble.

La momificación de gatos —millones de animales momificados encontrados en los santuarios de Bastet, especialmente en Bubastis— es uno de los aspectos de la religión egipcia que la sensibilidad moderna encuentra más perturbador.

Los animales eran criados específicamente para ser ofrendados, momificados y vendidos a los peregrinos como exvotos.

No es muy distinto de las velas y las figuras de santos que se venden en los santuarios de otras tradiciones religiosas: el animal momificado era una ofrenda material que el devoto presentaba a la diosa, una manera de materializar la petición o el agradecimiento.

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Ptah, el artesano del cosmos

Ptah es el dios que no necesita moverse.

Las representaciones lo muestran envuelto en un sudario que cubre todo su cuerpo excepto las manos, que sostienen el cetro djed-uas-ankh: los símbolos de la estabilidad, el dominio y la vida combinados en un solo objeto.

Es el dios de la inmovilidad como potencia máxima, el que contiene toda la energía del cosmos precisamente porque no la gasta en movimiento.