Libro II #3
La resolución del conflicto no es militar sino judicial: el tribunal de los dioses, presidido finalmente por Osiris desde el inframundo, falla a favor de Horus.
Set recibe una compensación —es integrado en la tripulación de Ra como guardián contra Apofis—, pero el trono de Egipto pertenece a Horus.
Esta resolución es significativa: en lugar de que el conflicto termine con la destrucción del perdedor, el cosmos encuentra un lugar para ambos, porque ambos son necesarios.
Cada faraón era Horus en vida. No representaba a Horus ni era su sacerdote: era Horus, la misma divinidad encarnada en un cuerpo humano que reina en el mundo visible mientras su padre Osiris reina en el inframundo.
El nombre de Horus era el primero de los cinco grandes títulos del faraón, inscrito en el serej —un rectángulo que representaba la fachada del palacio— desde los tiempos más antiguos del Egipto unificado.
La institución de la monarquía y el mito de Horus eran inseparables.
Los ojos de Horus son uno de los símbolos más reconocibles del arte egipcio y también uno de los más cargados de significado.
El ojo derecho es el sol, Ra; el ojo izquierdo es la luna.
Según el mito, Set arrancó el ojo izquierdo de Horus durante su combate, y Thoth lo restauró.
El ojo restaurado —el Ojo de Horus, Udjat, el que está sano y completo— se convirtió en el símbolo de la curación, la protección y la integridad restaurada después de la mutilación.
Los amuletos con el Ojo de Horus se colocaban sobre las heridas, sobre las momias, sobre las entradas de las casas.
La historia de lo que fue destruido y volvió a ser completo se convirtió en el amuleto contra toda destrucción.
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Thoth, el que cuenta las estrellas
Hay un dios en el panteón egipcio que nunca combate, que nunca muere, que nunca es engañado ni engaña por beneficio propio.
Thoth, el dios de la escritura, la sabiduría y la luna, ocupa en el cosmos egipcio el lugar del árbitro imparcial: el que registra, el que testimonia, el que recuerda.
Su existencia garantiza que nada se pierda y que nada pueda ser negado.
Las dos formas animales de Thoth dicen algo esencial sobre su naturaleza.
El ibis, el ave que camina en las orillas del Nilo y cuya cabeza curva evoca la pluma que escribe sobre papiro, es Thoth en su aspecto de escriba cósmico, el que anota en los registros del cielo cada nombre y cada acto.
El babuino, que los egipcios observaban levantando los brazos al amanecer como saludando al sol, es Thoth en su aspecto lunar, el que cuenta los días y las noches y conoce el ritmo del tiempo mejor que ningún otro dios.
La invención de la escritura se atribuye a Thoth en casi todas las versiones de la tradición.
No como un acto heroico ni como un regalo a la humanidad, sino como la consecuencia natural de su naturaleza: Thoth no inventó la escritura porque quiso enseñar a los hombres.
La escritura es simplemente lo que Thoth hace, igual que el fuego es lo que hace el sol.
Los textos sagrados —los Libros de Thoth, que los sacerdotes custodiaban en los recintos más inaccesibles de los templos— contenían el conocimiento completo del cosmos: los nombres de todos los seres, las fórmulas que gobernaban cada fenómeno, los secretos que daban poder sobre los dioses mismos.
En el mito osiríaco, Thoth actúa varias veces como el que repara lo que la violencia ha deshecho.
Cuando Set arranca el ojo de Horus, es Thoth quien lo restaura.
Cuando Isis necesita conocimiento para realizar sus conjuros, es Thoth quien se lo proporciona.
Cuando el tribunal de los dioses necesita alguien que registre el veredicto, es Thoth quien escribe.
Su papel no es el del héroe sino el del que hace posibles los actos heroicos de los demás: sin el conocimiento de Thoth, la magia de Isis no funciona; sin el registro de Thoth, el tribunal no tiene memoria.
En el tribunal de los muertos, Thoth ocupa un lugar central: es él quien anota el resultado de la pesada del corazón, quien lee el veredicto, quien certifica ante Osiris si el alma que comparece merece el paraíso o la extinción.
No es un juez: es el notario del juicio.
Pero sin notario no hay juicio, y sin juicio no hay justicia, y sin justicia el cosmos se disuelve en la arbitrariedad de los fuertes.
Thoth es el que garantiza que Maat pueda medirse y registrarse.
Los griegos, que identificaron a Thoth con su propio Hermes, crearon a partir de esta identificación una de las tradiciones más fascinantes e influyentes del mundo tardoantiguo: el hermetismo.
Los textos herméticos, escritos en griego durante los primeros siglos de nuestra era pero que reclaman para sí una antigüedad egipcia fabulosa, presentan a Hermes Trismegisto —Thoth tres veces grande— como el maestro de una sabiduría primordial que contiene el conocimiento del cosmos entero.
El neoplatonismo, la alquimia, la astrología y ciertas corrientes del pensamiento renacentista bebieron de esa fuente que tenía su raíz en el ibis de cabeza curva que caminaba en las orillas del Nilo.
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Anubis, el que pesa el corazón
El chacal negro que acecha en los bordes del desierto, donde los antiguos cementerios egipcios se extendían entre la arena y el limo, era el animal del dios de los muertos antes de que Osiris ocupara ese trono.
Anubis fue el primer señor del inframundo, el primero en desarrollar los rituales que permitían al muerto ser identificado y preservado para el viaje que lo aguardaba.
Cuando Osiris tomó el dominio del más allá, Anubis no desapareció: se convirtió en su lugarteniente, en el que prepara el cuerpo para el juicio que Osiris preside.
La función ritual de Anubis es la momificación.
El sacerdote que presidía el proceso de embalsamamiento llevaba una máscara de chacal negro, convirtiéndose temporalmente en Anubis: el dios que realizó el primer proceso de momificación sobre el cuerpo de Osiris, guiado por las instrucciones de Isis.
Cada momia es un eco de ese primer cuerpo preparado, y cada embalsamador que lleva la máscara de Anubis repite el gesto del dios sobre un cuerpo que también espera ser preservado para el juicio.
El color negro de Anubis no es el color del luto ni de la oscuridad amenazante.
Es el color del limo fértil del Nilo, el color de la tierra que produce vida, el color de la renovación después de la inundación.
Anubis es negro porque su dominio no es la muerte en sí sino la transformación que la muerte hace posible: el paso del estado de muerto al estado de Akh, de espíritu luminoso que existe en la dimensión de la permanencia.
En el tribunal de Osiris, Anubis desempeña el papel más crítico de todo el ritual: es él quien coloca el corazón del difunto en uno de los platillos de la balanza y la pluma de Maat en el otro.
Sus manos sostienen el instrumento del juicio.
Sus ojos verifican que la balanza esté en equilibrio.
El corazón que pesa lo mismo que la pluma pertenece a alguien que vivió en armonía con el orden cósmico, y Anubis lo conduce hacia Osiris para recibir su recompensa.
El corazón que pesa más pertenece a alguien cuya vida añadió desorden al mundo, y Anubis lo entrega a Ammit.
La paradoja de Anubis es que es el dios más cercano a los muertos y también el más protector de los vivos que se acercan a ellos.
Los amuletos con su imagen se colocaban en las tumbas para garantizar la protección del cuerpo del difunto.
Los sacerdotes que lo invocaban no pedían la muerte sino la buena muerte, el tránsito correcto, la llegada al otro lado en las mejores condiciones posibles.
Anubis no es la muerte: es el que hace que la muerte sea navegable.
En el período grecorromano, Anubis fue identificado parcialmente con Hermes en su aspecto de conductor de almas —el psicopompo—, dando origen a la figura sincretista de Hermanubis, que combinaba atributos de ambos dioses.
Las representaciones tardías muestran a Anubis con el caduceo de Hermes, o a Hermes con la cabeza de chacal de Anubis.
Esta fusión dice algo sobre el lugar que Anubis ocupaba en la imaginación religiosa del mundo antiguo: el guardián del umbral entre la vida y la muerte era una figura que todas las culturas mediterráneas necesitaban y que cada una reconocía en las demás.
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Maat, la pluma y la ley
Ya hablamos de Maat como principio en el Libro I.
Aquí la encontramos como diosa, como figura personal con su propio culto, su propia iconografía y su propio papel en el drama cósmico.
La distinción entre ambas dimensiones —Maat como substancia del cosmos y Maat como diosa— es artificial en la teología egipcia, que no concibe las fuerzas del universo como abstracciones separadas de los seres que las encarnan.
Maat es el principio y también la persona del principio.
Su imagen es la de una mujer joven con una sola pluma de avestruz en la cabeza: la pluma que se coloca en la balanza contra el corazón de los muertos.
La pluma de avestruz era el símbolo de Maat porque su estructura es perfectamente simétrica: cada filamento del mismo largo que el opuesto, cada lado un espejo del otro.
La simetría perfecta como imagen del orden perfecto.