Libro II #2
El episodio del nombre de Ra ya fue mencionado en el capítulo anterior.
Pero vale la pena detenerse en lo que revela sobre el carácter de Isis: la diosa no usa la violencia ni la intimidación.
Usa el conocimiento de la naturaleza más íntima de su adversario —su propia saliva, su propia substancia— para crear el instrumento de su vulnerabilidad.
Y cuando Ra está en su poder, no lo destruye.
Le pide lo que necesita y lo cura. El engaño de Isis no es crueldad: es cirugía.
Como madre de Horus, Isis protege al hijo con una ferocidad que los textos describen sin suavizar.
Cuando Horus niño es mordido por un escorpión —en los papiros mágicos, que reproducen el conjuro que ella usó para curarle—, Isis detiene la barca solar de Ra hasta que el dios se compromete a curar a su hijo.
El sol se detiene. El tiempo se para. Y Ra, por segunda vez, cede ante la voluntad de la diosa.
La imagen de Isis amamantando a Horus niño se convirtió en uno de los iconos más reproducidos del arte egipcio, y los eruditos han señalado su influencia en las representaciones posteriores de María con el niño Jesús.
En el período ptolemaico y romano, el culto de Isis se extendió por todo el Mediterráneo y se convirtió en una de las religiones más practicadas del mundo antiguo.
En Roma, en Grecia, en las provincias del Imperio, los templos de Isis florecieron y atrajeron a devotos de todas las clases y procedencias.
Los misterios de Isis prometían lo mismo que prometían los misterios de Osiris: la victoria sobre la muerte, la iniciación en el conocimiento que protege el alma después de que el cuerpo muera.
Isis sobrevivió al fin del paganismo egipcio y dejó su huella en las tradiciones que lo sucedieron de maneras que todavía no terminamos de comprender.
* * *
Set, el señor del desierto rojo
Ningún dios del panteón egipcio es tan difícil de interpretar como Set.
Asesino de Osiris, enemigo de Horus, dios del caos y la violencia: esa es la lectura fácil, la que los textos del período tardío favorecen.
Pero es una lectura parcial que aplana una figura mucho más compleja.
Set es también el que defiende la barca de Ra contra Apofis cada noche. Sin Set, el sol no amanecería.
El nombre de Set está ligado desde los tiempos más antiguos al desierto, a la tormenta, al rojo furioso del cielo cuando el viento arrastra la arena.
Su animal emblemático —un cuadrúpedo con hocico alargado, orejas cuadradas y cola bifurcada— no ha sido identificado definitivamente con ninguna especie conocida, lo que ha llevado a algunos eruditos a pensar que el animal de Set es una criatura mítica, la representación de algo que no existe en la naturaleza pero que expresa una fuerza que sí existe: la violencia ciega, la energía sin propósito.
Durante los primeros milenios de la historia egipcia, Set no era el antagonista.
Era uno de los grandes dioses del panteón, tan legítimo como Ra u Osiris, adorado en su ciudad de Naqada y en el delta del norte.
Los faraones de la XIX dinastía —Ramsés el Grande entre ellos— llevaban el nombre de Set como signo de orgullo, no de deshonra.
Hubo épocas en que Set y Horus eran presentados no como enemigos sino como complementarios: las Dos Tierras de Egipto, el Alto y el Bajo Nilo, se representaban a veces como Set y Horus coronando juntos al faraón.
La demonización de Set es un proceso histórico, no teológico.
Cuando los hiksos —los invasores semíticos que ocuparon el delta durante el Segundo Período Intermedio— identificaron a Set con su propio dios de la tormenta Baal, los egipcios que los expulsaron convirtieron a Set en el dios del invasor, en el dios extranjero, en el dios enemigo.
Este proceso se aceleró en el período tardío hasta el punto de que ciertos textos ordenan borrar el nombre de Set de los monumentos, lo mismo que se hacía con los faraones execrados.
Y sin embargo Set nunca desapareció del panteón.
No podía, porque su función cósmica era demasiado necesaria.
Cada noche, cuando Ra atraviesa las doce horas del inframundo y Apofis despliega su cuerpo de serpiente para bloquear el camino, es Set quien empuña el arpón y hiere a la serpiente del caos.
Sin esa violencia —la misma violencia que destruyó a Osiris— el cosmos se detendría.
El caos que Set representa no es solo destructor.
Es también el instrumento que el cosmos necesita para defenderse del caos mayor: la extinción total.
Los textos no resuelven esta contradicción porque quizás no puede resolverse.
Set mata a Osiris. Set también salva a Ra.
Ambas cosas son verdad. El pensamiento religioso egipcio, que como hemos visto era capaz de sostener afirmaciones contradictorias sobre el origen del cosmos, también era capaz de sostener afirmaciones contradictorias sobre la naturaleza de un dios.
Set no es el mal. Es la fuerza que puede ser bien o mal según cómo se dirija, la energía que el cosmos necesita y que el cosmos teme, el arma que protege y el arma que hiere con la misma hoja.
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Neftis, la diosa del umbral
De las grandes deidades del panteón egipcio, Neftis es la menos comprendida y quizás la más interesante precisamente por eso.
Hermana de Osiris, de Isis y de Set, esposa de Set, aliada de Isis en la búsqueda del cuerpo desmembrado: su posición en el mito osiríaco es la de la que está entre dos mundos, la que pertenece al campo del enemigo, pero trabaja para el campo del bien, la que cruza fronteras que nadie más puede cruzar.
Su nombre egipcio, Nebet-Het, significa Señora de la Casa, pero el significado de esa casa es teológicamente preciso: no el hogar doméstico sino el templo, el recinto sagrado, el edificio que delimita el espacio entre lo profano y lo divino.
Neftis es la guardiana del umbral, la que existe en el espacio entre dos estados, entre la vida y la muerte, entre el orden y el caos, entre la lealtad a su esposo Set y la lealtad a su hermana Isis.
Cuando Osiris muere y Isis emprende su búsqueda, Neftis la acompaña.
Esto es, en términos del mito, una traición a Set: la esposa del asesino ayuda a la esposa de la víctima.
Los textos no intentan suavizar esta contradicción.
Neftis elige a Isis, elige a Osiris, elige el orden contra el caos, aunque el caos tenga el rostro de su propio esposo.
Es una elección que la define: Neftis es la que puede pertenecer a un lado y actuar por el otro.
En los rituales funerarios, Neftis e Isis aparecen juntas como los dos pilares del pasaje entre la vida y la muerte.
Una en la cabecera, la otra en los pies del sarcófago.
Sus brazos extendidos en forma de alas protegen el cuerpo del difunto durante el viaje.
Son las plañideras divinas, las que lloran por Osiris y por todos los que mueren como Osiris muere.
El llanto de Neftis tiene, en los textos, una calidad particular: es el llanto de la que amó a ambos bandos, de la que no puede llorar sin traicionar algo.
Hay un episodio en el mito que los textos mencionan oblicuamente y que los intérpretes modernos han subrayado: Neftis engañó a Osiris haciéndose pasar por Isis, y de esa unión nació Anubis.
La historia tiene variantes y no todos los textos la incluyen, pero cuando aparece dice algo revelador sobre la naturaleza de Neftis: incluso su maternidad ocurre en el espacio ambiguo entre la identidad y el engaño, entre lo que es y lo que aparenta ser.
Anubis, el dios de los muertos y la momificación, es hijo de ese espacio intermedio.
La invisibilidad relativa de Neftis en los estudios populares de mitología egipcia no refleja su importancia teológica real.
Es uno de los cuatro hijos de Nut, al mismo nivel que Osiris, Isis y Set.
Su culto, aunque nunca tan extendido como el de sus hermanos, fue continuo y genuino.
Y su función en el ciclo mítico es insustituible: sin la que cruza las fronteras, la búsqueda de Isis habría sido más difícil, el viaje del muerto más peligroso, el tránsito entre los mundos más abrupto.
Neftis es la puerta entre los estados, y todas las puertas tienen los dos lados.
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Horus, el halcón y el trono
El halcón que vuela más alto que cualquier otra ave era, para los egipcios, el dios que ve todo desde arriba.
Horus, cuyo nombre significa el que está arriba, el lejano, era el señor del cielo diurno, el ojo que vigila, la fuerza que actúa en el mundo visible con la misma precisión con que el halcón cae sobre su presa desde una altura que el ojo humano apenas puede distinguir.
Horus es también el más complejo de los dioses egipcios en términos de identidad, porque el nombre Horus designa en realidad a varias divinidades distintas que la tradición fue fusionando progresivamente.
Horus el Viejo, Horoeris, es el hermano de Osiris, anterior al mito del nacimiento de Horus como hijo de la resurrección.
Horus niño, Harpócrates, es el hijo de Isis y Osiris, criado en secreto en los pantanos del delta para protegerlo de Set.
Horus el Grande es el rey del cosmos, el que combate a Set por el trono de Egipto.
Todos son Horus, y sin embargo cada uno tiene su propia naturaleza.
El conflicto de Horus con Set es el relato más largo y elaborado de la mitología egipcia.
El Papiro Chester Beatty I, que data del Imperio Nuevo, lo narra con un detalle y una ironía que no tiene parangón en ningún otro texto religioso egipcio: los dioses discuten, negocian, se insultan, se engañan mutuamente, se apelan al tribunal del dios Ra que no sabe qué decidir.
Set y Horus se transforman en hipopótamos y se sumergen en el Nilo.
Set intenta destruir a Horus con tretas que Isis neutraliza.
El juicio dura ochenta años, según el texto.