Mitología Egipcia (Mitologias del mundo 2) Libro II
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Libro II

Los señores del Nilo

Ra, el que navega en el cielo

Hay dioses que gobiernan un dominio. Ra gobierna el tiempo.

Cada amanecer es su nacimiento, cada mediodía su plenitud, cada atardecer su vejez, y cada noche su muerte y su tránsito por las doce horas del inframundo.

El sol no es el cuerpo de Ra: es la barca en la que viaja, el vehículo visible de una potencia que ningún ojo puede mirar directamente sin daño.

Los egipcios tenían tres nombres para Ra según el momento del día.

Jepri, el escarabajo que rueda su pelota al amanecer, era el sol naciente, el dios en su aspecto de fuerza que emerge y empuja.

Ra propiamente dicho era el sol del mediodía, en su máximo poder, insoportable e inalcanzable.

Atum era el sol del atardecer, el dios anciano que desciende hacia el horizonte llevando consigo el calor del día.

Un solo dios, tres nombres, tres edades: la vida entera comprimida en cada jornada.

La barca solar —la Mandjet durante el viaje diurno y la Mesektet durante el nocturno— no viajaba sola.

Una tripulación de dioses la acompañaba y defendía: Thot registraba el recorrido, Maat garantizaba que el curso fuera recto, Horus guiaba el timón, y un conjunto de dioses guerreros mantenían a raya a los enemigos que intentaban desviar la barca de su camino.

El más temible de esos enemigos era Apofis, la serpiente del caos, que cada noche intentaba devorar a Ra en las horas más oscuras del viaje subterráneo.

Cada amanecer era la prueba de que Ra había ganado. Otra vez.

El culto solar de Ra fue el más extendido y duradero de todo Egipto.

Heliópolis era su ciudad, el pilar de basalto negro que capturaba el primer rayo del alba era su símbolo más antiguo, y el obelisco —esa forma que los romanos trasplantarían a sus capitales y que hoy decora plazas de todo el mundo— era la piedra que concentraba su energía.

Los faraones del Imperio Antiguo se titulaban hijos de Ra, y a partir de la V dinastía incluyeron el nombre de Ra en sus propios títulos como parte indisoluble de su identidad divina.

Pero Ra era también vulnerable de una manera que los textos no intentan ocultar.

El mito de Isis y el nombre secreto de Ra es uno de los más fascinantes de toda la tradición egipcia: la diosa, que deseaba adquirir el poder del dios solar, modeló una serpiente con el polvo mezclado con la saliva de Ra —una parte literal de su substancia— y la colocó en su camino.

La serpiente lo mordió. El veneno era insoportable incluso para el señor del cielo.

E Isis se ofreció a curarle a cambio de que le revelara su nombre verdadero, el nombre secreto en el que residía su poder real.

Ra, agonizante, acabó cediendo. Isis curó el veneno.

Y desde entonces supo el nombre que ningún otro dios conocía.

Esta historia dice algo importante sobre la teología egipcia: los dioses no son omnipotentes.

Tienen puntos débiles, pueden ser engañados, pueden sufrir.

Lo que los hace divinos no es la invulnerabilidad sino la escala: sus actos tienen consecuencias cósmicas, sus sufrimientos sacuden el orden del mundo, sus victorias son las que hacen posible que el sol salga mañana.

Ra pierde batallas. Pero la guerra la gana cada amanecer.

En el período tardío, cuando la teología se volvió más especulativa y abstracta, Ra fue absorbido progresivamente por Amón hasta convertirse en Amón-Ra: el principio oculto que se manifiesta como luz.

La fusión no anuló a ninguno de los dos: Amón siguió siendo el dios sin nombre y sin forma, y Ra siguió siendo el sol que cruza el cielo.

Lo que la síntesis añadió fue la comprensión de que detrás del fenómeno visible había una realidad más profunda que el fenómeno no podía agotar.

El sol es real. Pero lo que lo hace brillar es más que el sol.

* * *

Osiris, el dios que murió y no despareció

Osiris es el único dios del panteón egipcio que muere de verdad.

No en el sentido figurado en que Ra muere cada atardecer y resucita cada amanecer, no en el sentido cosmológico de una fuerza que se transforma, sino en el sentido concreto e irreversible: Osiris es asesinado por su propio hermano, su cuerpo es desmembrado y los pedazos son esparcidos por todo Egipto. Y sin embargo Osiris no desaparece.

Esta paradoja es el núcleo del mito osiríaco y el corazón de la religión funeraria egipcia.

Si el dios más poderoso del panteón puede morir y aun así seguir siendo, entonces la muerte no es el fin.

Si Osiris puede ser reunificado después del desmembramiento, entonces la integridad que la muerte destruye puede ser restaurada.

Y si Osiris reina en el inframundo después de su muerte, entonces el inframundo no es un lugar de castigo sino un reino con su propio orden y dignidad.

Osiris fue, antes de ser asesinado, el rey de Egipto: el primer faraón, el que enseñó a los hombres la agricultura, las leyes y el respeto a los dioses.

Su reinado fue la edad de oro, el tiempo en que Maat se expresaba perfectamente en el mundo humano.

Set, su hermano, envidiaba ese poder y tramó su destrucción.

El método que los textos describen varía según la versión —en algunos es un ataúd trampa, en otros un enfrentamiento directo—, pero el resultado es siempre el mismo: Osiris muere, y Set se apodera del trono.

Lo que ocurre después es obra de Isis. La diosa recorre el mundo buscando los fragmentos del cuerpo de su esposo, los reúne, los envuelve con vendajes —el primer acto de momificación en la historia del cosmos— y con su magia logra infundirles suficiente vida para concebir un hijo: Horus, el vengador.

Osiris no regresa a la vida de los vivos.

No puede: ha cruzado una línea que ningún ser puede cruzar dos veces.

Pero tampoco muere definitivamente. Desciende al inframundo y se convierte en su rey, en el juez de los muertos, en el que decide qué ocurre con cada alma que llega a su tribunal.

El aspecto que los textos representan con más frecuencia es Osiris en su forma momificada: la figura envuelta en vendajes blancos, la piel verde o negra —colores de la regeneración y del limo fértil del Nilo—, el cayado y el flagelo cruzados sobre el pecho, la corona atef con sus plumas laterales.

Es la imagen del poder en su forma más paradójica: un rey que reina sin moverse, una autoridad que se ejerce desde la inmovilidad total.

Osiris no actúa. Juzga. Y esa distinción es la que hace posible la justicia.

Cada faraón muerto se convertía en Osiris.

No en un Osiris: en Osiris, la misma divinidad encarnada de nuevo.

Y cada faraón vivo era Horus, el hijo de Osiris, que reina en el mundo de los vivos mientras su padre reina en el mundo de los muertos.

Esta correspondencia entre el ciclo mítico y la sucesión dinástica daba a la monarquía egipcia una legitimidad que ninguna argumentación política podía proporcionar: el faraón no era rey por la fuerza ni por elección sino porque era la encarnación de un principio cósmico eterno.

El culto de Osiris fue el más popular de toda la historia religiosa egipcia, y también el más duradero.

Abidos, donde según la tradición estaba enterrada la cabeza del dios, fue el centro de peregrinación más importante del país durante milenios.

Los misterios de Osiris —rituales dramáticos que representaban su muerte, búsqueda y resurrección— atrajeron a devotos de todas las clases sociales durante el Imperio Medio y el Nuevo.

Y cuando los griegos y romanos llegaron a Egipto, encontraron en Osiris un espejo de sus propios mitos de muerte y resurrección: Dioniso, Adonis, y más tarde figuras del imaginario cristiano se compararon y contaminaron con él de maneras que los estudiosos todavía debaten.

* * *

Isis, el poder de saber el nombre

Si hubiera que elegir un solo dios del panteón egipcio que encarnara la inteligencia como fuerza activa en el cosmos, ese dios sería Isis.

No la sabiduría abstracta de Thoth, que registra y calcula, sino la inteligencia que planifica, que engaña cuando es necesario, que usa el conocimiento como herramienta para alcanzar lo que desea.

Isis es la diosa más astuta del panteón, y esa astucia es su forma de amor.

Su nombre en egipcio antiguo era Aset, y su jeroglífico es un trono: no la figura de una mujer sino el objeto del poder, la base sobre la que el faraón se sienta.

Isis es el poder que sostiene al que manda, la fuerza invisible que hace posible la autoridad visible.

Los faraones del Imperio Antiguo ya la invocaban como la que da el trono, la que hace reyes.

Más tarde, cuando el mito osiríaco se desarrolló plenamente, Isis se convirtió también en la esposa perfecta, la madre perfecta, la maga perfecta.

Pero nunca perdió el trono que lleva en la cabeza.

Los poderes de Isis son tan amplios que los textos que los describen parecen a veces exagerar.

Sabe el nombre secreto de Ra. Puede resucitar a los muertos con sus palabras.

Sus lágrimas hacen crecer el Nilo. Sus alas protegen a los muertos en el inframundo.

Puede transformarse en cualquier forma: pájaro, mujer, viento, llama.

Ningún otro dios del panteón egipcio acumula tantos atributos, ocupa tantos roles simultáneamente, aparece en tantos contextos diferentes.

Esta ubicuidad tiene una explicación que los propios textos sugieren: Isis es lo que no puede definirse por un solo atributo porque su naturaleza es la relación misma.

Es esposa de Osiris, madre de Horus, hermana de Set, aliada de Thoth, adversaria de Ra en el episodio del nombre secreto.

No tiene un dominio propio porque su dominio es la conexión entre los dominios de los demás.

Es el hilo que une el tejido del cosmos.