Libro I #5
La primera palabra es Neheh. Designa el tiempo cíclico, el tiempo que se repite, el tiempo de los ritmos: el amanecer y el atardecer, la crecida y el estiaje del Nilo, la siembra y la cosecha, la vida y la muerte.
Neheh es el tiempo del cosmos en movimiento, el tiempo que puede contarse y medirse, el tiempo que tiene estructura porque tiene ritmo.
En la escritura jeroglífica, este tiempo rítmico se asociaba al dios Heh, un ser arrodillado que sostiene ramas de palmera con muescas, el instrumento utilizado por los escribas para registrar el paso de los años y el cómputo de los festivales dinásticos. Es el tiempo del devenir.
La segunda palabra es Djet. Designa el tiempo estático, el tiempo de la permanencia, el tiempo de lo que no cambia.
No el tiempo que fluye sino el tiempo que es.
Su símbolo visual no es una cuenta de años, sino el anillo Shen: un círculo perfecto, anudado en su base, que representa la continuidad ininterrumpida, aquello que no tiene principio ni fin porque ya ha alcanzado su plenitud absoluta.
La estatua en el templo existe en Djet: no envejece, no cambia, no participa del flujo de Neheh.
El nombre grabado en la piedra existe en Djet: permanece mientras la piedra permanezca, más allá del ciclo de las estaciones y de las generaciones.
Para los teólogos del Imperio Nuevo, estas dos facetas del tiempo no eran meras abstracciones metafísicas, sino que poseían los dos rostros divinos más imponentes del panteón: los sacerdotes afirmaban que «Neheh es Ra; Djet es Osiris» .
Ra encarna el movimiento perpetuo, el sol ardiente que viaja, envejece, muere y renace cada día en el firmamento.
Osiris, en cambio, es el dios momificado, el que yace inmóvil en el corazón del inframundo, el suelo firme e inmutable sobre el que descansa toda la creación.
La genialidad de la mística egipcia consistía en hacerlos coincidir: cada noche, cuando la barca solar de Ra desciende a las profundidades de la tierra, el dios del sol y el dios de los muertos se funden en un abrazo cósmico.
En ese instante supremo y nocturno, el movimiento y la quietud se vuelven una sola cosa; Ra descansa en Osiris, y Osiris se revitaliza con Ra. El devenir se alimenta del ser.
Esta distinción explica algo que los visitantes de los templos y tumbas egipcias suelen encontrar desconcertante: la coexistencia de representaciones de los dioses en acción —Ra navegando, Horus combatiendo— con representaciones de los dioses en reposo absoluto, congelados en posturas hieráticas que no sugieren movimiento ni emoción.
Los dioses existen en Neheh cuando actúan en el cosmos, y en Djet cuando se manifiestan en sus estatuas.
La imagen del dios captura el momento en que lo eterno se hace visible, el instante en que Djet y Neheh coinciden.
El faraón ocupa una posición única en relación con estos dos tiempos.
Como ser humano, vive en Neheh: nace, reina, muere.
Pero como encarnación de Horus en vida y de Osiris en la muerte, participa también de Djet: sus acciones tienen consecuencias que trascienden el tiempo cíclico, y su nombre, grabado en los monumentos que construye, lo ancla en la eternidad.
Las campañas militares, los templos, los obeliscos: todo ello es una inversión en Djet, un intento de convertir lo que ocurrió en el tiempo en algo que permanezca más allá del tiempo.
Los Textos de las Pirámides utilizan esta dualidad temporal para articular la esperanza de la vida después de la muerte.
El paso del plano mortal a la eternidad se consumaba a través de un proceso físico y ritual definitivo: la momificación.
Contrario a la creencia popular, la momia no se creaba para volver a la vida terrenal, sino para rescatar el cuerpo del flujo corruptible de Neheh y esculpirlo, literalmente, para la inmutabilidad de Djet.
Al embalsamar al difunto, se transformaba su carne perecedera en una estatua divina e incorruptible.
El difunto que supera el juicio no regresa al tiempo cíclico de los vivos, sino que accede a Djet: se convierte en un Akh , un espíritu luminoso y eficiente que existe en la dimensión de la permanencia.
El Campo de las Cañas, el paraíso egipcio, no es un lugar donde el tiempo pasa agradablemente: es un lugar donde el tiempo ha dejado de pasar.
Hay algo profundamente bello en esta concepción doble del tiempo, y algo que resuena con intuiciones que otras culturas han expresado de otras maneras.
La distinción entre el tiempo que fluye y el tiempo que es, entre el devenir y el ser, entre lo que cambia y lo que permanece, es una de las preguntas más antiguas del pensamiento humano.
Los egipcios no la resolvieron —quizá no puede resolverse— pero la formularon con una precisión y una claridad que las tradiciones posteriores, con todo su aparato conceptual, no siempre han superado.
El cosmos egipcio es, en última instancia, el espacio donde Neheh y Djet coexisten: donde el sol nace y muere cada día en el tiempo cíclico, pero donde el principio que hace posible ese ciclo es eterno e inmutable.
Donde los dioses actúan y cambian y combaten y sufren, pero donde Maat permanece idéntica a sí misma desde antes del primer amanecer.
El orden del cosmos no es el orden de lo que ocurre sino el orden de lo que hace posible que algo ocurra.
Y ese orden es la única eternidad que los egipcios estaban dispuestos a garantizar. "
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