Capítulo 12 #3
—Es el mismo problema que tenemos al diseñar el nuevo sistema de análisis predictivo —dijo—.
Que los sistemas que producen resultados malos raramente están diseñados con la intención de producirlos.
Están diseñados para producir resultados buenos en las condiciones que sus diseñadores anticiparon, y cuando las condiciones son diferentes, el sistema falla de formas que sus diseñadores no quisieron pero que tampoco previnieron porque no imaginaron que pudieran ocurrir.
Y la diferencia entre no querer y no imaginar, cuando el resultado es el mismo, es una diferencia que importa moralmente pero que no cambia nada para las personas que pagaron el costo.
Era una formulación que Erik anotó mentalmente con la velocidad específica de los periodistas que escuchan algo que necesitan.
La deuda de Marta con el pensamiento preciso era también una de las cosas que había aprendido a valorar durante los meses de trabajo compartido, esa calidad de articular exactamente lo que quería decir sin más y sin menos, sin los rodeos que hacen que algunas frases parezcan más sabias de lo que son y que las suyas parecieran siempre exactamente tan sabias como lo que contenían.
Emprendieron el regreso hacia las dos y media, cuando el cielo había comenzado a espesar con la promesa de tormenta de la tarde que en el Pirineo en julio llegaba con la puntualidad de los fenómenos que llevan suficiente tiempo siendo predecibles como para ser confiables.
El descenso por el sendero del Valarties era más rápido que la subida y tenía una naturaleza diferente, más mecánica, con el peso del cuerpo trabajando a favor de la gravedad en lugar de contra ella, y con la perspectiva del valle abajo que se ampliaba progresivamente a medida que bajaban, mostrando la forma completa de la cuenca con su río central y sus pueblos en los fondos y las carreteras siguiendo los mismos trazados que habían seguido durante siglos porque la geografía no deja muchas opciones a los que necesitan moverse por ella.
A mitad del descenso, en un punto donde el sendero se ensanchaba junto a un tramo del río que corría con más velocidad que en el resto del trayecto, se detuvieron un momento porque el sonido del agua era especialmente intenso ahí, con esa energía de los ríos en los puntos donde el desnivel aumenta y el agua lo expresa sin contención.
—¿Ha pensado en el valle diferente en verano que en invierno? —preguntó Marta.
La pregunta no era retórica. Era una pregunta real sobre la percepción, sobre si la experiencia del invierno había alterado la forma en que Erik veía el lugar que había conocido en todas sus estaciones desde niño.
—Completamente diferente —dijo Erik—. Aunque la geografía sea la misma. Es como leer el mismo texto después de saber cómo termina. No cambia lo que dice el texto, pero cambia lo que ves cuando lo lees.
—¿Y qué ves ahora que antes no veías?
Erik miró el río durante un momento antes de responder.
—La escala real del lugar. En invierno la nieve lo engrandecía.
Lo hacía parecer más perfecto y más grande de lo que es.
Sin la nieve, el valle es lo que siempre fue: un espacio de montaña de tamaño mediano, con gente que lleva siglos encontrando formas de vivir en él, con sus tensiones y sus silencios y sus cosas que funcionan bien y sus cosas que fallan. No es un escenario. Es un lugar.
—¿Y eso le parece mejor o peor?
—Mejor —dijo Erik, sin dudarlo—. Los escenarios son más hermosos pero no puedes vivir en ellos. Los lugares son lo que son y eso al menos es real.
Siguieron bajando. El primer trueno llegó cuando estaban a veinte minutos de Arties, todavía lo suficientemente lejos como para ser un aviso y no una urgencia, y aceleraron el paso con la eficiencia de quien ha caminado suficiente tiempo en montaña como para saber que los truenos en el Pirineo en julio tienen una escala temporal que es la escala de lo que va a ocurrir de todas formas y lo único que se puede hacer es no estar en el lugar equivocado cuando ocurra.
Llegaron a la plaza de Arties cuando las primeras gotas empezaban a caer, grandes y separadas, la señal de que la tormenta todavía estaba eligiendo si sería intensa o moderada.
Se refugiaron bajo el soportal de la iglesia románica que presidía la plaza con la solidez de ocho siglos de piedra y que en esos ocho siglos debía haber visto llegar tormentas suficientes como para no darles mayor importancia.
La plaza de Arties en julio. El mismo lugar donde en diciembre Paula Giró había salido a caminar una tarde y donde alguien la había visto por última vez.
Las mismas piedras, el mismo soportal, el mismo campanario.
Sin nieve. Con un grupo de turistas que corrían desde el aparcamiento hacia el bar con las manos sobre las cabezas y las risas de los que están en vacaciones y la tormenta es una anécdota, no una amenaza.
—Cada vez que pase por aquí —dijo Marta—, esta plaza va a ser dos cosas al mismo tiempo.
—Sí —dijo Erik—. Así funciona cuando uno sabe algo que no puede desaber.
La tormenta llegó con más fuerza de la que habían anticipado, con el agua golpeando los adoquines de la plaza con esa intensidad específica de las tormentas de verano en alta montaña, que son breves y violentas y dejan el aire más limpio de lo que estaba antes como si el mundo hubiera decidido en diez minutos lavar todo lo que se había acumulado durante días.
Bajo el soportal de la iglesia de Arties, con el agua cayendo delante de ellos como una cortina que no alcanzaba donde estaban parados, Erik y Marta esperaron el fin de la tormenta con la paciencia de los que saben que las tormentas en el Pirineo en julio no duran más de lo que necesitan durar.
—¿Cuándo vuelve a Lleida? —preguntó Erik.
—El jueves —dijo Marta.
—¿Y al valle?
—En agosto, por el rastreo del corredor norte. —Una pausa—. Y cuando el juicio comience, probablemente. La fiscalía va a necesitar que esté disponible.
—¿Cómo de seguido?
Marta miró la tormenta durante un momento.
—Lo que haga falta.
Era una respuesta que no decía más de lo necesario y que decía todo lo que era preciso, que era su forma habitual de responder a las preguntas que tenían respuestas más largas de lo que la pregunta pedía.
Erik la recibió como siempre recibía esas respuestas: con el reconocimiento de que la economía de palabras de Marta era también una forma de precisión, de que las frases cortas que dejaban espacio no eran evasión sino la forma de decir exactamente lo que había que decir sin añadir lo que la cortesía podría tentarle a añadir y que no pertenecía ahí.
La tormenta duró diecisiete minutos. Al final dejó la plaza de Arties con los adoquines brillantes bajo el cielo que empezaba a abrirse, con ese olor a tierra mojada que en alta montaña tiene una intensidad que en otros lugares no existe porque la tierra de aquí lleva más tiempo siendo lo que es y guarda el olor más profundamente.
Algunos de los turistas que habían corrido a refugiarse salían de nuevo con los teléfonos levantados para fotografiar el arco iris que se había formado sobre las cimas del este con la precisión decorativa de los fenómenos atmosféricos que parecen haber sido puestos ahí para ese efecto exacto.
Marta y Erik caminaron hacia los coches aparcados al otro lado de la plaza.
Junto a los coches, antes de que cada uno abriera el suyo, Marta se detuvo y lo miró con la atención que Erik había aprendido a reconocer durante el invierno como la atención de trabajo, diferente de la atención social, sin los pequeños gestos de cortesía que la gente usa para indicar que está presente.
Era la atención de alguien que está viendo algo y decidiendo qué hacer con lo que ve.
—El libro —dijo Marta—. Cuando esté terminado. Antes de que salga. ¿Puedo leerlo?
Erik tardó un momento en entender exactamente qué estaba pidiendo, porque la pregunta era simple en su formulación y más compleja en lo que implicaba: que Marta quería leer el libro antes de su publicación no como revisora de hechos sino como algo diferente, como alguien que había sido parte de lo que el libro narraba y que tenía el derecho a ver cómo esa narración la incluía y cómo la trataba.
—Puede leerlo —dijo Erik—. Lo que no puedo garantizar es que cambie todo lo que le parezca que debería cambiarse.
—No le estoy pidiendo que lo cambie todo. Le estoy pidiendo que me lo deje leer.
—Entonces sí.
Marta asintió con la brevedad de quien ha obtenido lo que necesitaba y no requiere elaborar más.
Abrió el coche, dejó la mochila en el asiento de atrás, y antes de subir se giró una última vez hacia Erik con la expresión de alguien que tiene una cosa más que decir y que está eligiendo exactamente las palabras correctas para decirla.
—La pregunta que me hizo el día de la detención —dijo—. Cuánto tiempo llevaba ese hombre en el valle antes de que nadie lo viera de verdad.
—La recuerdo.
—Doce años. Esa es la respuesta que le di.
Doce años de temporadas, de presencia regular, de ser parte del paisaje sin ser visto como parte del problema.
—Una pausa—. Y lo que no le dije entonces, porque no era el momento, es que doce años de invisibilidad no ocurren solo por la habilidad del que se oculta.
Ocurren también porque el sistema en el que se mueve no está diseñado para verlo.
Y cambiar ese sistema es el trabajo que viene después.
El trabajo que no tiene el ritmo urgente de la investigación activa pero que es el único que puede prevenir que la misma historia se repita en el próximo valle con la próxima estación y el próximo invierno.