Misterio en el valle de Aran Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Era la formulación más completa que Marta había hecho del trabajo que venía, y la hizo en el aparcamiento de Arties bajo el cielo que empezaba a despejarse después de la tormenta, con el arco iris todavía visible sobre las cimas y los adoquines todavía brillantes del agua, con la misma plaza donde en diciembre Paula Giró había salido a caminar y donde el verano había devuelto las sillas de las terrazas y las risas de los turistas y todo lo ordinario de los lugares que siguen siendo ellos mismos aunque lo que ocurrió en ellos haya cambiado para siempre lo que significan para los que lo saben.

Erik la miró durante el tiempo que duró esa frase, registrando cada parte de ella con la atención específica de los que escriben y que saben cuándo algo merece ser preservado exactamente como fue dicho.

—Eso va en el libro —dijo.

Marta hizo algo que era casi una sonrisa y que en ella tenía el peso de las cosas que se expresan raramente y que por eso pesan más cuando aparecen.

—Ya lo suponía —dijo.

Subió al coche. Arrancó. Salió del aparcamiento por la carretera que bajaba hacia Vielha siguiendo el curso del río, hacia el norte, con la luz de la tarde de julio filtrándose entre las nubes que la tormenta había dejado al retirarse y que el Garona abajo devolvía en reflejos lentos sobre su superficie verde y oscura.

Erik se quedó junto a su coche durante un momento mirando cómo el vehículo de alquiler desaparecía en la curva.

Luego miró la plaza de Arties, donde los turistas habían vuelto a las terrazas con sus cafés y sus bocadillos y sus teléfonos, con la normalidad recuperada de los que estaban de vacaciones y la tormenta había sido simplemente un paréntesis en el plan del día.

La misma plaza. El mismo pueblo de piedra oscura con el tejado de pizarra de la iglesia recortado contra el cielo que se aclaraba.

El mismo valle con sus valles laterales y sus ríos y sus senderos que en invierno habían sido rutas de trabajo y en verano eran rutas de ocio y que en ningún caso eran simplemente lo que parecían, porque los lugares donde ocurren cosas guardan las cosas que ocurrieron en ellos con la misma fidelidad implacable con que la montaña guarda lo que le depositan bajo la nieve, sin editar, sin decidir qué merece ser conservado y qué no, sin la misericordia de olvidar.

El valle sabía lo que había pasado en él.

Los pasos siguientes, los que había descrito Marta en el aparcamiento con esa economía de palabras que era también su forma de precisión, eran los pasos que decidirían si ese saber se convertía en algo que cambiara la forma en que el valle funcionaba o si se quedaba como saber sin consecuencia, que era la forma más dolorosa de saber porque tenía todo el peso de conocer y ninguno de la posibilidad de actuar sobre ese conocimiento.

Erik abrió el coche. Dejó la mochila en el asiento de atrás.

Antes de arrancar, sacó el cuaderno del bolsillo interior del abrigo y lo abrió en la última página escrita.

Debajo de las notas del día, debajo de la fecha y de las observaciones del sendero y de lo que Marta había dicho junto al lago, escribió la última cosa que había dicho en el aparcamiento, con la letra pequeña y apretada que usaba cuando algo merecía ser preservado exactamente como fue dicho.

Doce años de invisibilidad no ocurren solo por la habilidad del que se oculta. Ocurren también porque el sistema en el que se mueve no está diseñado para verlo.

Lo miró durante un momento. Cerró el cuaderno.

Arrancó el coche y salió del aparcamiento de Arties hacia la carretera que llevaba de regreso a Vielha, por el mismo camino que Marta había tomado unos minutos antes, siguiendo el río que en julio llevaba el agua de todos los inviernos acumulados y que seguía corriendo hacia el norte con la indiferencia perfecta de los ríos que no tienen opinión sobre lo que ocurre en sus orillas.

El valle de Arán en julio, con su verde y su río y sus cimas todavía nevadas en lo más alto y sus pueblos de piedra en los fondos, era un lugar que había aprendido algo ese invierno.

Si lo que había aprendido duraría, si la pequeña confianza que Puig describía construyéndose entre los residentes y las instituciones crecería o se evaporaría con la siguiente temporada de nieve, si el protocolo aprobado por el Consell cambiaría algo de verdad o sería el tipo de protocolo que existe para que nadie pueda decir que no existía, esas preguntas no tenían respuesta todavía porque sus respuestas vivían en el tiempo que vendría y que nadie podía anticipar con más certeza que la de la esperanza honesta, la que reconoce sus propios límites y trabaja dentro de ellos.

Erik conducía por la carretera que seguía el Garona hacia Vielha, con las ventanas del coche bajadas y el aire de julio entrando con su temperatura de media tarde, que era el mismo aire de siempre pero que olía diferente al aire de enero, a tierra viva y a agua clara y a las flores pequeñas del sendero del Valarties que no tenían nombre en castellano pero que existían de todas formas, cada temporada, en los bordes de los caminos que la nieve cubría en invierno y que en verano revelaban de nuevo con esa insistencia de las cosas que vuelven porque es lo que hacen, porque volver es su forma de existir.

El valle respiraba.