Capítulo 12 #2
Cuando llegaron al primer lago, un espejo de agua oscura rodeado de roca y con las cimas todavía nevadas reflejadas en la superficie, se sentaron en una piedra plana que había en el borde del sendero con la perspectiva que tenía el lago al frente y el valle que habían subido detrás.
Era uno de esos puntos del Pirineo donde la geografía hace todo el trabajo de comunicar lo que el lenguaje no puede, donde la escala de las cosas y la quietud del lugar producen algo que en las ciudades se llama perspectiva y que en la montaña simplemente es lo que hay.
Marta miró el lago durante un rato sin decir nada.
—En enero, cuando llegué —dijo finalmente—, lo primero que hice fue mirar el mapa topográfico del valle.
El que tenía en la pensión con las chinchetas en la pared.
Y lo que vi era un sistema de valles y ríos y pistas de esquí y carreteras.
Una geografía funcional. —Hizo una pausa—.
Ahora veo lo mismo y veo algo diferente.
—¿Qué ve?
—El espacio que hay entre los mapas. Lo que no está cartografiado porque nadie consideró que valiera la pena cartografiarlo. En enero ese espacio era donde buscábamos. Ahora es solo paisaje. Pero no puedo verlo como solo paisaje.
Erik lo entendía. Era la misma cosa que había intentado articular en el libro en un capítulo que seguía revisando porque no terminaba de estar contento con cómo quedaba, el problema siendo que lo que intentaba describir era exactamente eso: la imposibilidad de volver a ver un lugar de una sola forma cuando has aprendido a verlo de dos.
No era un problema de lenguaje sino un problema de experiencia que el lenguaje intentaba capturar sin conseguirlo del todo.
—¿Cómo va el traslado? —preguntó Erik.
—La unidad de análisis predictivo empieza oficialmente en septiembre.
Estoy coordinando los protocolos con el equipo de coordinación de Lleida y con dos universidades que van a colaborar en el desarrollo del modelo estadístico.
—Una pausa—. Es un trabajo que no tiene el ritmo que tiene la investigación activa.
Hay días que echo de menos la urgencia. Y luego me recuerdo a mí misma para qué sirve lo que estamos construyendo y el ritmo más lento deja de ser un problema.
—¿Para qué sirve?
—Para que dentro de cinco años, cuando aparezca una anomalía estadística en el área de influencia de una estación de esquí, o de un parque temático, o de cualquier zona de alta densidad turística donde el flujo de personas crea el tipo de invisibilidad que permite que ciertas cosas ocurran sin ser vistas, el sistema lo identifique antes de que sean cuarenta días.
—Una pausa más larga—. Para que la próxima vez que alguien envíe un mensaje que dice no es la primera, haya alguien que ya lo sepa antes de que el mensaje llegue.
Era una formulación que tenía la estructura de la esperanza sin tener su sentimentalismo, que era la única forma de esperanza que Erik había aprendido a tomar en serio: la que reconoce los límites de lo posible sin renunciar a empujar esos límites hacia donde pueden llegar.
—¿Y el caso? —preguntó Erik—. El estado actual.
—El juicio está previsto para el primer trimestre del año que viene.
El fiscal me dijo la semana pasada que el expediente está en condiciones suficientes para sostener los cargos.
—Una pausa—. Las dos identificaciones pendientes de abril se resolvieron en mayo.
Son dos personas cuyos familiares no sabían que había algo por lo que buscar porque nunca denunciaron la desaparición. Las familias fueron notificadas.
—¿Cómo lo recibieron?
—Como se recibe siempre. Con la mezcla específica de devastación y alivio que produce saber algo que durante años fue un vacío. El alivio no cancela la devastación. Pero el vacío era peor que cualquiera de los dos.
Siguió mirando el lago durante un momento.
—Laura Valls sigue sin aparecer —dijo Marta—.
El rastreo del corredor, una vez completado el deshielo, no encontró nada en el área que habíamos cubierto.
El juez instructor ha autorizado la ampliación del radio de búsqueda hacia el norte del corredor, hacia el área del Port de la Bonaigua.
Ese trabajo comienza en agosto, cuando las condiciones del terreno lo permitan.
La mención de Laura Valls puso algo en el aire entre los dos que no requería ser comentado.
Era el peso específico de los casos que no cierran del todo, de las preguntas que siguen abiertas aunque el proceso judicial avance, de las familias que esperan con una paciencia que no es resignación sino la única forma de seguir que les queda.
Erik pensó en los padres de Laura que había visto en la calle Mayor en abril, caminando con ese paso de los que han aprendido a estar en un lugar porque es el lugar donde puede llegar la noticia que esperan.
Seguían en el valle. Había visto a la madre la semana anterior en la panadería de la calle Artau, comprando con la normalidad mínima de quien ha aprendido a hacer los gestos cotidianos aunque el cotidiano haya cambiado de forma irreversible.
—¿Cree que la encuentran? —preguntó Erik.
Marta tardó en responder, y esa tardanza era su honestidad visible, el tiempo que usaba para no decir lo que no podía sostener.
—El equipo de agosto tiene más información que el de enero.
El análisis del teléfono prepago de Coma produjo datos de localización aproximada de varios de los casos que en enero no teníamos.
Uno de esos datos apunta a una zona del corredor norte que el rastreo de febrero y marzo no alcanzó porque estaba técnicamente inaccesible con la nieve.
—Una pausa—. No prometo lo que no puedo garantizar.
Pero hay más razones para buscar ahora que en cualquier momento anterior.
Era lo más que podía decirse honestamente. Era, también, más de lo que las familias habían tenido durante mucho tiempo.
Comieron el almuerzo que cada uno había llevado en la mochila sentados en la misma piedra con el lago al frente, con el silencio de los lagos de alta montaña a su alrededor, que era el silencio más completo que existe porque no es ausencia de ruido sino la presencia de un ruido tan constante y tan antiguo, el viento sobre el agua y el agua sobre la roca, que el cerebro deja de registrarlo como ruido y lo procesa como silencio.
Había otro grupo de caminantes en el borde opuesto del lago, lo suficientemente lejos como para que fueran siluetas en movimiento y no personas con cara ni conversación audible.
El cielo seguía cubierto de nubes altas que la tarde convertiría probablemente en tormenta, aunque a esa hora todavía era solo el filtro que suavizaba la luz y hacía que el color del lago fuera más intenso de lo que habría sido con sol directo.
—¿Ha podido hablar con el padre de Ane Urresti? —preguntó Erik, en un momento de la tarde.
—Sí. En junio, cuando el proceso judicial avanzó a la fase de acusación formal.
Joseba Urresti estuvo aquí con su hijo. El chico tiene diecisiete años ahora.
—Una pausa—. Vino al corredor. No a la zona exacta del hallazgo, que sigue siendo área restringida del expediente, sino al sendero.
Caminó por el sendero que bordea el Nere con su padre. Yo estaba a distancia.
—¿Por qué fue?
—Me preguntó si podía. Le dije que sí. —Marta comió en silencio durante un momento—.
El chico quería ver el lugar. No lo que pasó en el lugar.
El lugar. Hay personas que necesitan ver dónde ocurrieron las cosas para poder empezar a encontrar el sitio donde alojar lo que ocurrió. No es algo que yo pueda juzgar.
Erik pensó en eso. Pensó en Sergi Palau y en la tarde de octubre de hace cuatro años en que lo había conocido en el bar Eth Pònt y le había recomendado el sendero del Tuc dera Molsa, y en los meses siguientes en que había llevado esa conversación consigo sin saber qué hacer con ella, y en el invierno que acababa de pasar en que finalmente había encontrado el lugar correcto donde ponerla.
No había ido al corredor del Nere. No lo había necesitado.
El lugar donde alojar lo que le correspondía alojar lo había encontrado en otro sitio, en el trabajo, en el artículo y en el libro y en las conversaciones con las familias que habían llamado cuando el artículo del sábado de febrero llegó a sus teléfonos como la primera señal de que alguien estaba mirando de verdad.
—¿Cómo va la declaración pericial? —preguntó Marta, que era también su forma de preguntar por el libro sin preguntar directamente.
—Estoy en la parte más difícil. El análisis del sistema.
No la cronología del caso sino las condiciones que lo hicieron posible.
El capítulo que trata de por qué los expedientes no se conectaron durante años, de cómo el sistema estaba diseñado para gestionar casos individuales y no para reconocer patrones que existían entre casos, de cuál fue el papel de la presión económica de la estación en la decisión institucional de clasificar las desapariciones como voluntarias.
—¿Cómo lo está enfocando?
—Con mucho cuidado. —Erik dejó los restos del almuerzo en la mochila—.
No quiero acusar a individuos concretos de complicidad que no puedo demostrar.
Quiero describir un sistema que produjo resultados que ningún individuo en particular habría elegido conscientemente.
Esa es una distinción que importa, aunque sea difícil de hacer sin que parezca que estoy justificando lo que no puede justificarse.
—La distinción entre la incapacidad y la elección.
—Exactamente. Y entre la elección consciente y la elección que nadie tomó porque el sistema estaba diseñado para que no hubiera que tomarla.
Marta asintió con la lentitud de quien reconoce un problema que conoce bien.