Capítulo 12
El verano que nadie esperaba
Lo que un valle aprende cuando ya no puede pretender que no sabe
El valle de Arán en julio era un territorio que costaba reconocer.
No porque hubiera cambiado en sus elementos fundamentales, que seguían siendo los mismos de siempre: la misma cuenca rodeada de cimas, el mismo Garona bajando desde los altos pastos hacia Francia con la velocidad del deshielo completo de verano, los mismos pueblos de piedra oscura en los fondos de valle con sus tejados de pizarra que el sol calentaba de una manera completamente distinta a como los calentaba en enero.
Pero la ausencia de nieve lo transformaba con una radicalidad que Erik no había anticipado cuando decidió quedarse.
Había vivido suficientes veranos en el valle de niño, lo había conocido en todas sus estaciones antes de marcharse a Barcelona, y aun así el regreso del invierno al verano en ese año específico tenía una textura diferente a cualquier transición de temporada que recordara.
Era como si el invierno que habían pasado hubiera añadido una capa de significado a cada tramo de carretera, a cada sendero, a cada franja de bosque que en enero había sido escenario de trabajo y que en julio era simplemente paisaje, verde y húmedo y completamente ordinario bajo el sol de media mañana.
Los turistas de verano eran pocos y distintos.
Ciclistas que subían la Bonaigua desde el lado catalán con esa concentración específica de los que se han propuesto algo físicamente difícil y han decidido que el paisaje es el premio al final del esfuerzo.
Familias con niños pequeños que venían a la montaña buscando el fresco que las ciudades del litoral no daban en julio, con las mochillas de tela y las botas de senderismo y una disposición de las vacaciones que no tenía nada que ver con la disposición del fin de semana de esquí.
Algunos grupos de mayores que recorrían los senderos del fondo de valle con bastones de trekking y mapas de papel, los mismos mapas que en enero habían estado cubiertos de nieve.
No eran treinta mil personas en un fin de semana.
Eran quizás tres mil en toda la semana, distribuidas por el territorio con una dispersión que hacía que el valle pareciera casi vacío comparado con lo que había sido en temporada alta, y que esa aparente vacuidad resultara, sorprendentemente, como una forma de respirar que Erik no sabía que el valle necesitaba hasta que la vio.
Él había dejado el Diari de la Vall en junio.
No fue una ruptura dramática. Marc Torrent lo entendió antes de que Erik terminara de explicarlo, con ese entendimiento de los que han estado en el mismo espacio profesional durante suficiente tiempo como para ver venir las decisiones antes de que sean formuladas.
Erik le había dicho que necesitaba tiempo para el libro, que el ritmo del periódico local y el ritmo de un proyecto de esa magnitud no eran compatibles, que el libro requería una atención sostenida que el periódico y sus plazos diarios no podían dar.
Marc lo había escuchado con los brazos cruzados y la expresión de alguien que ya lo sabía y que solo está esperando a que el otro también lo sepa, y al final le había dicho dos cosas.
La primera, que el Diari siempre tendría espacio para sus colaboraciones si quería seguir escribiendo sobre el valle.
La segunda, que lo que había hecho ese invierno era el mejor periodismo que el periódico había publicado en veinte años y que eso no cambiaba por mucho que ahora se fuera.
Erik le había dado las gracias con la incomodidad de quien no sabe bien qué hacer con el reconocimiento pero entiende que rechazarlo sería ingrato, y había vaciado su mesa en un cuarto de hora porque nunca había sido de los que acumulan objetos personales en los espacios de trabajo.
El contrato con la editorial de Barcelona estaba firmado desde mayo.
Había un plazo de entrega que era apretado pero no imposible si mantenía el ritmo que había establecido durante las semanas de junio, escribiendo por las mañanas en el apartamento de la calle Sant Miquèu con las ventanas abiertas al sonido del verano del valle, que era completamente diferente al sonido del invierno: pájaros que en enero no existían, el murmullo del agua en las fuentes que en enero estaban congeladas, el ruido de los niños en la calle por la tarde, que era el ruido de los niños de un pueblo pequeño que ha recuperado sus propias calles cuando los adultos que llegan los fines de semana de temporada ya no las ocupan.
El libro avanzaba con la lentitud y la densidad de los textos que tienen demasiado que decir para apresurarse.
Erik había aprendido a no combatir esa lentitud sino a trabajar con ella, a entender que algunos días el avance era de doscientas palabras perfectamente asentadas y que esas doscientas palabras valían más que dos mil palabras apresuradas.
Había aprendido también que escribir sobre el invierno desde el verano tenía una perspectiva específica que desde dentro del invierno no existía, una distancia que no hacía las cosas más frías sino más visibles, como ocurre con los paisajes que se entienden mejor cuando uno ha salido de ellos y puede ver su forma completa desde fuera.
La pregunta de si quedarse en el valle o marcharse seguía sin tener respuesta definitiva.
Eso también lo había aprendido: que algunas preguntas no tienen respuesta en el momento en que se formulan y que intentar forzarla antes de que estuviera disponible era una forma de hacerse daño innecesario.
Estaba en el valle porque el libro lo requería y porque en julio el valle era un lugar diferente al que era en enero y esa diferencia le parecía importante de conocer antes de decidir si era el lugar en que quería seguir viviendo.
Eso era todo lo que sabía con certeza, y de momento era suficiente.
Un martes de la segunda semana de julio, mientras trabajaba en el capítulo del libro que trataba de los expedientes archivados y de la imposibilidad del sistema para conectar lo que existía en fragmentos dispersos en tres jurisdicciones distintas, el teléfono vibró con un número de Lleida que reconoció de inmediato.
—¿Está en el valle? —preguntó Marta.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo más?
—No lo sé. Unos días. Quizás una semana.
Una pausa breve.
—Yo también. Llegué ayer. —Otra pausa, más corta—. Hay un sendero que quiero ver. El que va desde Arties siguiendo el Valarties hasta el refugio de Colomèrs. Nunca lo caminé en invierno y en verano quería verlo. No por el caso. Solo por verlo.
Erik procesó la información de que Marta había regresado al valle en julio fuera de servicio, sin una razón de expediente que lo justificara, con la única razón declarada de querer ver un sendero que no había visto.
Esa declaración era suficientemente honesta como para ser incompleta, y la incompletitud era también suficientemente honesta como para no requerir más explicación.
—¿Cuándo va? —preguntó Erik.
—Mañana por la mañana. Temprano. Si quiere acompañarme.
—¿A qué hora?
—A las siete. En la plaza de Arties.
—Estaré ahí.
El miércoles amaneció con el cielo cubierto de esas nubes altas de verano que en el Pirineo no suelen producir lluvia hasta la tarde pero que filtran la luz del sol de una forma que la hace menos intensa y más difusa, más cómoda para caminar.
Erik salió de Vielha en coche a las seis y cuarenta y aparcó en el pequeño aparcamiento de Arties a las siete menos cinco, cuando la plaza central del pueblo todavía tenía la quietud de los pueblos de montaña en verano antes de que los turistas que se alojan en las casas rurales salgan a desayunar.
Arties en julio era un lugar completamente diferente a lo que era en diciembre, cuando Paula Giró había salido a caminar una tarde y no había regresado. El mismo pueblo con otra piel.
Marta llegó en el utilitario de alquiler que había recogido en Lleida, a las siete en punto, con las botas de montaña puestas y la mochila pequeña al hombro con lo que necesitaba para una caminata de día.
Sin el cuaderno visible, aunque Erik habría apostado a que estaba en la mochila.
Sin el abrigo técnico de los meses anteriores.
Con una chaqueta ligera de montaña y el aspecto de alguien que ha decidido estar en un lugar diferente al que suele estar y que esa decisión le resulta, aunque no lo dijera así, algo que se parece a un descanso.
Caminaron durante cuatro horas.
El sendero del Valarties seguía el cauce del río del mismo nombre desde Arties hasta los lagos de montaña de Colomèrs, subiendo gradualmente por un valle lateral que en invierno estaba completamente nevado y en julio tenía esa vegetación de alta montaña que crecía con una urgencia específica de los lugares donde la temporada de crecimiento es corta y los que viven en ella lo saben sin necesidad de que nadie se lo explique.
Había flores silvestres en los bordes del sendero, de esas que no tienen nombre común en castellano pero que los guías de flora del Pirineo catalán enumeran con la precisión de los catálogos que alguien preparó porque le importaban.
El río era ruidoso y claro, con ese verde transparente del agua de deshielo tardío que en los lagos altos duraría hasta agosto.
El aire a dos mil metros en julio en el Pirineo tenía una calidad que Erik siempre había sabido que existía y que en los meses de invierno en el valle había echado de menos sin darse cuenta completamente de que la echaba de menos.
No hablaron mucho durante las primeras dos horas.
Era el tipo de silencio que produce caminar por un lugar que requiere atención, donde el sendero tiene sus propias demandas de concentración y donde el paisaje es suficientemente denso como para que el silencio no sea incómodo sino simplemente la respuesta adecuada al entorno.