Misterio en el valle de Aran Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

—Es exactamente la misma respuesta que doy yo cuando me preguntan cuándo terminarán los casos difíciles —dijo Marta—. Que cuando lo sepa.

Siguieron en el puente un momento más, mirando el río que bajaba hacia el sur con la urgencia del deshielo, con el sonido del agua llenando el espacio que el silencio del invierno había tenido durante meses.

No había esquiadores en las calles. No había coches con matrículas de Barcelona buscando aparcamiento.

El centro de Vielha en la primera semana de abril de esa primavera tenía una quietud que no era exactamente el silencio del verano ni el silencio de los días de semana en temporada alta, sino algo más específico y más difícil de nombrar: la quietud de un lugar que está digiriendo algo que le ha ocurrido y que todavía no ha terminado de entender del todo qué forma tendrá cuando termine de digerirlo.

Erik sacó el cuaderno del bolsillo del abrigo y lo abrió en una página en blanco. Escribió la fecha. Luego escribió: Lo que deja el deshielo cuando termina: el terreno tal como es. Lo miró durante un momento. Lo cerró y lo guardó.

Marta le tendió la mano cuando llegaron a la bifurcación de la calle donde sus caminos se separaban, ella hacia la comisaría para la última revisión del día, él hacia la redacción para el artículo de la tarde.

Era un gesto que en otro contexto podría haber resultado formal pero que en este resultó exactamente proporcional a lo que era: el reconocimiento de dos personas que habían trabajado en el mismo espacio durante un tiempo intenso y que habían llegado a ese punto con más claridad de la que tenían al principio, aunque no toda la claridad que el caso todavía necesitaría para tener las respuestas que las familias merecían.

Erik estrechó la mano de Marta con la firmeza de los apretones que significan algo más que la despedida educada.

—Cuando el libro exista —dijo Erik—, si existe, necesitaré hablar con usted.

—Lo sé —dijo Marta—. Cuando exista, hablamos.

Se fue hacia el norte, hacia la comisaría, con el mismo paso que Erik había aprendido a reconocer durante esas semanas: no de prisa sino con propósito, la diferencia siendo que la prisa reacciona al tiempo y el propósito lo construye.

Erik la miró caminar durante un momento antes de girarse en la otra dirección.

En la redacción, Marc estaba en su despacho de cristal con el teléfono en la oreja y la expresión de alguien que está escuchando algo que no le sorprende pero que tampoco resulta fácil escuchar.

Erik dejó el abrigo en la percha, abrió el ordenador, y empezó a revisar las notas del cuaderno de esa mañana, las del río y las del bar de la calle del Forn y la bifurcación donde los dos se habían despedido con ese apretón de manos que en el valle de Arán en la primera semana de abril de ese año había tenido el peso de las cosas pequeñas que contienen mucho más de lo que parecen contener.

Las víctimas sin identificar seguían sin identificar.

El juicio no comenzaría antes de un año.

El corredor del Nere todavía guardaba preguntas que el deshielo de las próximas semanas podría responder o podría no responder.

Los hoteles que habían cerrado no reabrirían en la próxima temporada.

Los empleados que habían perdido sus contratos estaban buscando trabajo en otros lugares.

El valle estaba digiriendo. El valle estaba, en el sentido más físico de la palabra, deshielándose.

Erik abrió una página nueva en el procesador de texto y escribió el primer párrafo del artículo que llevaba semanas intentando escribir y que esa tarde, por razones que no podría explicar con total precisión, era el momento de empezar.

No el artículo sobre el cierre de la temporada ni el artículo sobre el protocolo de coordinación aprobado por el Consell ni la crónica del expediente judicial.

El largo. El que trataba de la pregunta de Casadesús y de la economía del no querer saber y de lo que significa pertenecer a un lugar que ha fallado de formas que no son de nadie en particular y que son de todos al mismo tiempo.

Lo escribió durante cuatro horas, con la concentración específica de los textos que llevan tiempo esperando ser escritos y que cuando finalmente se les abre espacio salen con una claridad que los borradores preparados de antemano rara vez tienen.

Cuando llegó a la última frase de la última sección, la que hablaba de lo que quedaba cuando el invierno cedía el territorio, la que intentaba describir la diferencia entre la blancura que cubre y la tierra que emerge, la frase que cerraba sin resolver porque la resolución habría sido mentira y la incomodidad honesta de la pregunta abierta era lo único que el texto podía ofrecer sin traicionar todo lo que lo había precedido, la escribió dos veces antes de dejarla como quedó.

El valle sin nieve era más pequeño y más vulnerable. Y más honesto. Y esa honestidad, frágil y tardía y con el costo que tenía, era lo único que quedaba ahora que el invierno había terminado. Lo único a lo que valía la pena aferrarse mientras se esperaba saber qué hacía el valle con ella.