Capítulo 11 #3
—He pedido el traslado a una unidad nueva que la coordinación de Lleida está poniendo en marcha.
Análisis predictivo de patrones de desaparición en zonas de alta densidad turística.
El caso del valle fue lo que convenció al sergent major de que hacía falta algo así.
Que el problema no era solo la gestión de los casos individuales sino la detección temprana de los patrones que los conectan.
—Un sistema para ver lo que los sistemas anteriores no veían.
—Algo así. No soy optimista sobre los sistemas, en general. Pero me parece que la alternativa de no intentarlo es peor que intentarlo y fallar.
—¿Cuándo empieza?
—En junio, si los trámites van bien.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces, el expediente del caso.
Las identificaciones que siguen pendientes.
Las familias que siguen esperando. —Una pausa más breve—.
Y el proceso judicial, que va a necesitar que alguien que estuvo en la investigación desde el principio esté disponible para el equipo de la fiscalía cuando lo necesiten.
—Meses de trabajo todavía.
—Sí. Los casos que duran mucho en construirse tardan lo mismo en cerrarse. Y algunos no se cierran del todo nunca.
Lo dijo sin dureza ni resignación, con la entonación de quien describe las condiciones de su trabajo como son y no como le gustaría que fueran, que era también una forma de respeto hacia el trabajo y hacia las personas que lo hacían necesario.
La conversación derivó hacia cosas más pequeñas durante los veinte minutos siguientes, hacia los detalles del expediente que Marta había revisado esa mañana en la comisaría, hacia una pregunta de Erik sobre el estado del análisis del teléfono prepago encontrado en la furgoneta de Coma, cuyo análisis de memoria interna había producido tres semanas antes un conjunto de datos que la fiscalía había catalogado como relevantes para establecer la cronología completa del caso pero que no estaría disponible públicamente hasta el inicio del proceso judicial.
Hacia la pregunta, todavía sin respuesta definitiva, de cuántos casos adicionales podría conectar ese teléfono con el perfil del acusado.
Esa pregunta seguía abierta. Probablemente seguiría abierta durante meses.
Era el tipo de apertura que el caso llevaría consigo durante todo el proceso judicial, la incompletitud honesta de una investigación que había avanzado enormemente desde la llegada de Marta al valle en enero pero que todavía no había llegado al punto en que todas las preguntas tuvieran respuesta, porque ese punto en casos de esa magnitud rara vez existía de la forma limpia en que uno lo imagina cuando empieza a trabajar.
A la una y cuarto, la dueña del bar empezó a preparar las mesas para el almuerzo con esa eficiencia silenciosa de los que hacen lo mismo todos los días y han convertido los gestos en algo automático que el cuerpo ejecuta sin necesidad de que la mente lo dirija.
Marta y Erik salieron sin que nadie dijera que era el momento de irse, simplemente porque los dos lo supieron al mismo tiempo.
En la calle, la luz de la una del mediodía de abril tenía esa calidad que el Pirineo en primavera producía durante las horas centrales del día, antes de que el sol cayera detrás de las cimas del oeste y la temperatura bajara de nuevo con la rapidez de los lugares que no saben hacerlo gradualmente.
Era una luz que no tenía nada de invernal, que hacía que las fachadas de piedra de la calle Mayor tuvieran un color más cálido que en enero, que revelaba en los edificios una textura que la luz baja del invierno no alcanzaba.
—¿Cuánto tiempo más va a quedarse? —preguntó Erik.
—Hasta el jueves. Tengo reuniones con Puig el miércoles y revisión del material de evidencia el jueves por la mañana. El jueves por la tarde regreso a Lleida.
—¿Volverá al valle?
—Depende de lo que pida el proceso judicial. —Una pausa—. Probablemente sí.
Caminaron hacia el norte por la calle Mayor, sin un destino articulado, con ese andar de las personas que siguen en la misma dirección porque no han decidido todavía en cuál otra ir.
Las tiendas del centro tenían las persianas subidas y algunas de ellas exhibían en los escaparates la transición de temporada que el comercio local hacía cada primavera, sustituyendo el equipamiento de esquí por el equipamiento de senderismo y ciclismo de montaña con la eficiencia de quien ha practicado ese cambio suficientes veces como para saber exactamente qué va dónde.
—Hay algo que quiero decirle —dijo Erik, cuando llegaron a la altura del puente sobre el Garona.
Marta esperó.
—Llevo dos meses intentando entender qué ha cambiado en mí después de este invierno.
No qué ha cambiado en el caso ni en el valle sino en mí, específicamente.
Y lo que he llegado a es esto: ya no puedo mirar el valle sin ver las dos cosas al mismo tiempo.
La que siempre vi y la que aprendí a ver este invierno.
La postal y lo que había debajo de la postal.
Y no estoy seguro de si eso es un problema o si es simplemente lo que significa mirar de verdad.
Marta lo miró durante un momento antes de responder.
—Yo no sé mirar de ninguna otra forma —dijo—. Siempre vi las dos cosas. Es la razón por la que este trabajo es difícil y también la razón por la que es el trabajo correcto.
—¿No le pesa?
—Pesa. Pero pesan más las cosas que no se miran.
Era una respuesta que Erik no iba a encontrar en ningún informe ni en ningún expediente judicial ni en ningún protocolo institucional.
Era la respuesta de una persona que había elegido su forma de estar en el mundo con una claridad que no necesitaba justificarse a sí misma pero que en ese momento le resultó útil escuchar, como resultan útiles las cosas que ya sabías pero que hasta que alguien las dice en voz alta no tienen el peso que merecen.
Se detuvieron en el puente sobre el Garona.
El río abajo era completamente diferente al río de enero: no el hilo oscuro y casi silencioso del invierno sino el agua plena y ruidosa del deshielo, con su color verde oscuro y su velocidad de río que ha acumulado meses de nieve y ahora los devuelve.
Las piedras del cauce eran visibles en los puntos menos profundos, cubiertas de una capa de algas que en enero no existían y que en abril eran la señal más visible de que algo había cambiado en la biología del lugar aunque la geografía siguiera siendo la misma.
—¿Ha visto las cimas? —preguntó Marta.
Erik miró hacia el norte. Las cimas que cerraban el valle en esa dirección, las mismas que en enero habían sido masas blancas e indistintas contra el cielo, eran en abril algo diferente: todavía nevadas en las partes más altas, pero con la roca visible en las laderas medias, esa roca oscura y áspera de los Pirineos que aparecía en primavera como el esqueleto del territorio, lo que siempre había estado ahí debajo de todo lo que lo cubría durante el invierno.
—Sí —dijo Erik.
—El valle es más pequeño sin la nieve —dijo Marta—. Lo pensé cuando llegué esta mañana por el túnel. En enero el blanco lo hacía parecer más grande. Sin blanco, es lo que es. Más vulnerable.
Era una observación que podría haber sido solo meteorológica o topográfica y que no era ninguna de las dos cosas, o era las dos cosas y algo más al mismo tiempo, que era también la forma en que Marta hablaba de las cosas que le importaban de verdad.
Erik pensó en el artículo que no había terminado todavía.
El largo. El que trataba del silencio y de la economía del no querer saber y de las condiciones estructurales que hacen posible que el horror prospere en los márgenes de lo que una comunidad decide ver.
Pensó que parte de lo que faltaba en ese artículo era exactamente lo que Marta acababa de decir: que el valle sin la nieve era más pequeño y más vulnerable.
Que la blancura del invierno, que era también la blancura de la narrativa que el valle había construido durante décadas sobre sí mismo, producía una sensación de amplitud y de perfección que ocultaba la escala real del lugar, su fragilidad, su dependencia de condiciones que no controla y de decisiones que no siempre toma bien.
Un valle más pequeño y más vulnerable era también un valle más honesto.
La pregunta era si ese tipo de honestidad podía sostenerse o si, cuando llegara el próximo invierno y la nieve volviera a cubrir todo, el instinto de volver a ser la postal sería más fuerte que el recuerdo de lo que había debajo.
No lo sabía. Nadie lo sabía todavía. Era demasiado pronto para saberlo con la certeza de los hechos consumados, y Erik había aprendido ese invierno que las certezas que se construían antes de tener los hechos que las sostuvieran valían menos que la incomodidad honesta de seguir con la pregunta abierta.
—¿Qué va a hacer usted cuando cierre el expediente? —preguntó Marta.
—No cierra todavía.
—Ya lo sé. Cuando cierre.
Erik miró el río durante un momento.
—Hay un libro —dijo—. Me propusieron escribirlo en febrero. Una editorial de Barcelona. Quieren la historia completa del caso, desde dentro, con el contexto del valle y la investigación y las familias y todo lo que hay entre los expedientes y la crónica periodística.
—¿Va a hacerlo?
—Estoy pensándolo. —Una pausa—. No sé si me quedo en el valle o si este invierno fue la razón que me faltaba para irme definitivamente. No lo tengo claro todavía.
—¿Y cuándo lo tendrá claro?
—Cuando lo sepa —dijo Erik—. Que es una respuesta insatisfactoria pero es la única honesta.
Marta hizo algo inesperado en ese momento: se rió.
No una risa grande ni calculada para producir efecto, sino una risa breve y genuina, del tipo que escapa cuando algo resulta reconocible de una forma que no se había anticipado.
Erik la miró con algo parecido a la sorpresa, porque en los dos meses de trabajo compartido había aprendido a leer a Marta con una precisión considerable pero la risa seguía siendo algo que no había aprendido a anticipar.