Misterio en el valle de Aran Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Erik llegó al río y se detuvo en la orilla.

El Garona en abril tenía ese color verde oscuro del agua de deshielo, casi opaco en la superficie, con la corriente visible en los remolinos que se formaban alrededor de las piedras que el invierno había dejado en el cauce.

La orilla donde estaba todavía tenía parches de nieve sucia en las zonas de sombra, esa nieve de final de temporada que ha perdido su blancura y tiene el aspecto de algo que ya ha cumplido su función y espera ser reabsorbida.

En los márgenes del río, entre la nieve y la tierra húmeda, habían empezado a aparecer las primeras plantas del año, esas plantas pequeñas y oscuras que en los Pirineos preceden a todo lo demás y que en abril tienen ese aspecto frágil de las cosas que acaban de decidir que es el momento de estar.

El proceso judicial había comenzado formalmente la semana anterior.

Jordi Coma, cuarenta y tres años, había sido procesado por el juez instructor con cargos que el expediente de la fiscalía enumeraba en un documento que Erik había leído tres veces y que cada vez le producía la misma sensación de insuficiencia del lenguaje jurídico frente a la magnitud de lo que nombraba, esa sensación de que las palabras del derecho penal son precisas e inevitables pero que en algún punto de su precisión dejan de capturar lo que de verdad ocurrió durante doce temporadas en el corredor forestal del Nere.

Coma había designado abogado defensor y había ejercido su derecho a no declarar en las primeras comparecencias, lo cual era su derecho y lo cual era también, para quienes seguían el caso desde fuera, la continuación de esa misma lógica que Andreu Prats había descrito semanas atrás: orientación al sistema, priorización de la sostenibilidad, el cálculo frío de las posibles consecuencias antes que cualquier reacción que pudiera resultar perjudicial.

El juicio no tendría lugar antes de un año, probablemente más.

Era la escala temporal de los procesos judiciales de esa complejidad, y Erik lo había explicado en varios artículos con la claridad suficiente para que los lectores que buscaban cierre inmediato entendieran que el cierre inmediato no era la forma honesta de tratar este caso.

Las familias lo entendían, o al menos lo aceptaban con la resignación de quienes ya han procesado suficientes plazos incumplidos como para haber aprendido a no hacer depender su capacidad de seguir adelante del calendario de los tribunales.

El teléfono vibró en el bolsillo del abrigo.

Erik lo sacó pensando en que sería Marc con alguna pregunta sobre el artículo que había entregado esa mañana. No era Marc.

Era Marta.

—¿Dónde estás? —preguntó Marta, sin preámbulo, con esa economía de saludo que Erik ya reconocía como su forma habitual y que en otra persona habría resultado descortés y en ella resultaba simplemente honesta.

—En el río. El Garona. Al sur del pueblo.

—¿Tienes un rato?

—Tengo el rato que necesite.

—Bien. Estoy en el bar de la calle del Forn.

La dueña del bar de la calle del Forn les sirvió dos cafés antes de que ninguno de los dos dijera nada, con la misma certeza de dos meses atrás, como si en ese tiempo hubiera aprendido sus hábitos con la precisión de los que sirven a gente que vuelve.

Marta estaba sentada en la mesa del fondo con el abrigo colgado en la silla y el cuaderno sobre la mesa, cerrado, algo que Erik interpretó como una señal de que la conversación que querían tener no era de anotar.

La miró durante un momento antes de sentarse.

Habían pasado casi dos meses desde el día de la detención.

Habían hablado por teléfono con regularidad, con la frecuencia que requerían los avances del caso y los artículos que Erik publicaba, pero no habían vuelto a estar en el mismo espacio físico desde que Marta regresó a Lleida a finales de enero.

Se había marchado sin hacer ningún gesto particular de despedida, que era también su estilo, y Erik lo había registrado sin comentarlo porque algunos gestos son más honestos en su ausencia que en su presencia.

—Regresa al valle —dijo Erik, mirándola.

—Tenía que recoger unas cosas en la comisaría. El expediente tiene partes que Puig necesitaba que revisara en persona. —Hizo una pausa—. Y quería ver cómo está el río.

Tomó un sorbo de café. Erik no preguntó más porque no necesitaba.

Había aprendido durante las semanas de trabajo compartido que las razones de Marta nunca eran exactamente las que articulaba y que la diferencia entre las razones articuladas y las razones reales era un espacio que ella no invitaba a explorar y que respetar ese límite era parte del acuerdo implícito que los dos habían construido.

—¿Cómo va el artículo que me dijiste? —preguntó Marta.

—El largo. —Erik envolvió las manos alrededor del vaso de café—. Sigue en proceso. No sé bien qué forma tiene todavía. Sé de qué trata y sé que necesita existir, pero la forma correcta de existir todavía no la he encontrado.

—¿Qué trata?

—De lo que le pregunté a usted el día de la detención.

Cuánto tiempo llevaba en el valle antes de que nadie lo viera de verdad.

—Una pausa—. Pero también de por qué es posible que alguien lleve ese tiempo en un lugar y siga siendo invisible.

No como culpa individual de las personas que lo rodeaban sino como algo más estructural, más difícil de nombrar.

—La economía del silencio.

—Sí. Y las condiciones que hacen que esa economía se sostenga.

Que no son solo económicas, aunque la economía sea parte de ello.

Son también culturales, institucionales, relacionadas con cómo los lugares construyen su identidad colectiva alrededor de lo que quieren ser y lo que esa construcción deja fuera de lo visible.

Marta asintió levemente.

—El alcalde dijo algo en la reunión del Consell que sigo pensando —dijo.

—¿El que prefería no saber?

—Sí. Lo que más me interesa de esa frase no es la parte del prefería, que es la que más atención recibió.

Es la parte del no saber. Porque implica que había algo que saber.

Que la información estaba disponible de alguna forma, aunque fuera fragmentada, aunque requiriera juntarla deliberadamente.

Y que la decisión de no juntarla era exactamente eso: una decisión, aunque no fuera una decisión articulada, aunque nadie se sentara a tomarla de forma consciente.

—Las decisiones que más pesan son las que nadie tomó conscientemente —dijo Erik—. Porque cuando nadie las tomó conscientemente, nadie se siente responsable de ellas. Y cuando nadie se siente responsable, nada cambia.

Marta lo miró.

—¿Eso es lo que va a escribir?

—Eso es parte de lo que voy a escribir. —Erik dejó el café sobre la mesa—.

Lo otro es la pregunta de qué cambia ahora.

Si algo cambia. El Consell aprobó la semana pasada un protocolo de coordinación entre cuerpos policiales en zonas de turismo de alta montaña.

Baqueira anunció un sistema de identificación voluntaria para visitantes menores de edad.

Puig me dijo que la Guardia Civil y los Mossos tienen ahora un canal directo de comunicación de incidencias en la comarca que antes no existía.

—¿Y?

—Y todo eso son cosas buenas. Son cosas que deberían haber existido antes y que ahora existen porque el costo de que no existieran resultó ser demasiado alto para seguir ignorando.

Pero no sé si es suficiente. No sé si cualquier protocolo es suficiente para cambiar lo que Casadesús describió con esa frase sobre preferir no saber.

Porque ese mecanismo no es institucional.

Es más profundo que eso. Es la forma en que una comunidad decide colectivamente qué le resulta tolerable mirar y qué prefiere que siga en los márgenes de lo visible.

Marta estuvo callada durante un momento que no era de vacío sino de algo que estaba pensando con cuidado antes de decirlo.

—Hay algo que Puig me dijo cuando fui a la comisaría esta mañana —dijo finalmente—.

Me dijo que en los últimos dos meses ha recibido tres consultas de vecinos del valle sobre cosas que no habían mencionado antes.

Cosas pequeñas: algo que habían visto, algo que alguien les había contado, algo que no habían conectado con nada en su momento y que ahora, con lo que saben, se preguntan si deberían haber conectado.

—Hizo una pausa—. Puig dice que en veinte años no había recibido nada parecido.

Que la gente del valle no hablaba con él de esa manera.

Que la confianza necesaria para traer una duda a la comisaría sin tener la certeza de que es relevante no existía antes de este invierno.

—¿Y ahora existe?

—En pequeña escala. Frágil. Pero existe.

—Marta miró la mesa—. No sé si eso es suficiente.

No lo creo. Pero es algo que antes no estaba y que ahora está.

Y las cosas que antes no estaban y ahora están tienen valor aunque sean pequeñas y frágiles, porque son el principio de algo que puede crecer o puede desaparecer dependiendo de lo que haga la gente que tiene la responsabilidad de mantenerlo.

Era una formulación más esperanzadora de lo que Erik esperaba escuchar de Marta, y eso le produjo algo parecido a la sorpresa, aunque conocía suficientemente bien a esa persona como para saber que la esperanza en ella nunca era ingenua sino la versión más dura y más honesta de esperar, la que reconoce los límites de lo posible sin renunciar a lo que dentro de esos límites todavía puede hacerse.

—¿Y usted? —preguntó Erik.

—¿Yo qué.

—¿Qué hace ahora.

Marta tardó en responder, no porque no supiera la respuesta sino porque la respuesta tenía más capas de las que cabían en una sola frase y estaba eligiendo cuál de ellas decir.