Misterio en el valle de Aran Capítulo 11
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Capítulo 11

Lo que queda cuando la nieve se deshace

La temporada termina pero el valle no recupera lo que era

La primera semana de abril llegó al valle de Arán con una luz que no era ya la luz de enero, esa claridad fría y lateral que hacía que todo proyectara sombras tres veces más largas que el objeto.

Era una luz diferente, más alta, más directa, con algo de promesa en ella que el Pirineo dispensaba con parsimonia en las primeras semanas de primavera, como si el invierno cediera el territorio por etapas y no de golpe, con esa resistencia de los fenómenos que han durado mucho tiempo y no saben bien cómo terminar.

La nieve de las cotas altas seguía siendo nieve, pero en los fondos de valle había aparecido la tierra, esa tierra oscura y húmeda de los Pirineos que en abril tiene un olor específico a cosa viva que emerge, a proceso que reanuda, a algo que había estado detenido y que ahora vuelve a moverse aunque todavía no sepa exactamente en qué dirección.

Baqueira había cerrado la temporada el sábado anterior con las peores cifras de afluencia de los últimos doce años.

El dato era oficial, publicado en el comunicado de prensa que la empresa había emitido el lunes por la mañana con la sobriedad de los textos que intentan contener un desastre en cuatro párrafos sin adjetivos.

No decía catástrofe porque las empresas no usan esa palabra en sus comunicados aunque sea la correcta.

Decía ejercicio atípico en un contexto de circunstancias excepcionales, que era la manera institucional de nombrar lo innombrable sin nombrarlo.

Las reservas habían caído un cuarenta y tres por ciento en comparación con la misma temporada del año anterior a partir de la segunda semana de febrero, que era cuando el caso había empezado a tener cobertura internacional continuada y cuando las cancelaciones habían dejado de ser una tendencia para convertirse en una hemorragia que ninguna campaña de comunicación podía contener.

Dos hoteles de la carretera de acceso a la estación habían anunciado que no abrirían en la temporada siguiente.

Tres restaurantes del centro de Vielha habían colgado el cartel de se alquila local antes de que acabara marzo.

El sector de alquiler de material en la base de Baqueira había reducido su plantilla eventual en un treinta por ciento.

Erik lo había documentado todo con la meticulosidad del que sabe que los números tienen nombres detrás y que los nombres tienen familias que dependen de ellos, y que la responsabilidad de contar los números sin olvidar los nombres era parte del oficio de estar en ese lugar en ese momento.

Lo había escrito, lo había publicado, lo había recibido con la incomodidad específica de las historias que son verdad y que duelen precisamente porque son verdad, sin que la verdad los exima de doler.

El miércoles de esa primera semana de abril, Erik salió de la redacción a las once de la mañana con el cuaderno en el bolsillo y caminó hacia el sur del pueblo, hacia la zona donde el Garona empezaba a desprenderse de su capa de hielo invernal y mostraba el agua de nuevo, esa agua de deshielo que bajaba de las cumbres todavía nevadas con una velocidad y un volumen que en esta época del año no tenían en enero.

El sonido del río era diferente en abril.

Más pleno, más urgente, con una energía que el invierno había acumulado bajo el hielo durante meses y que ahora se liberaba con la fuerza específica de las cosas que han estado contenidas demasiado tiempo.

Había pasado una semana desde que el equipo forense completó el rastreo del corredor del Nere.

El balance final del trabajo de dos semanas en el bosque entre Baqueira y el cauce del río era un número que Erik había escrito tres veces en tres artículos distintos y que cada vez que lo escribía tenía el mismo peso que la primera: ocho puntos de hallazgo, seis identificaciones confirmadas mediante análisis de ADN y documentación personal, dos identificaciones pendientes todavía de resultado de laboratorio porque las condiciones de conservación eran más precarias en esos casos y el proceso requería más tiempo.

De los seis casos confirmados, cuatro pertenecían a los expedientes archivados de temporadas anteriores que los registros policiales habían clasificado como desapariciones voluntarias sin resolución.

Dos correspondían a los casos recientes de la temporada en curso.

Iñigo Larrea y Paula Giró habían sido identificados la semana anterior.

Las familias habían recibido la notificación con horas de diferencia, el mismo día, porque el laboratorio había procesado sus análisis en paralelo con la urgencia que la situación justificaba.

Erik había hablado con el padre de Iñigo brevemente, por teléfono, después de que la notificación oficial llegara a la familia.

El padre había dicho algo que Erik había anotado en el cuaderno y que no había usado en ningún artículo porque pertenecía a esa categoría de cosas que merecen no ser convertidas en titular: había dicho que era mejor saber que no saber, y que eso no hacía que saber fuera menos terrible, y que él no esperaba que nadie que no hubiera estado donde él estaba pudiera entender la diferencia entre esas dos cosas.

Erik lo entendía más de lo que el padre de Iñigo podría haber imaginado.

Lo entendía en el sentido específico de quien lleva meses sabiendo una verdad que el sistema había preferido no reconocer, y que cuando el sistema finalmente la reconoce experimenta algo que no es alivio sino una especie de reconocimiento tardío y doloroso, la sensación de que el mundo ha llegado finalmente al punto donde él llevaba tiempo esperando que llegara y que el trayecto hasta ese punto había costado demasiado.

Álvaro Mendoza, el menor de Burgos, había sido identificado el jueves.

La madre había llamado a Erik ese mismo día, sin que nadie le hubiera dado su número, lo cual significaba que lo había buscado, que había encontrado el artículo del sábado de febrero en que Erik había escrito por primera vez los cuatro casos vinculados y que había guardado el contacto con la precisión de alguien que sabe que ese periodista va a ser la persona que le cuente la verdad cuando la verdad llegue.

La madre de Álvaro habló durante doce minutos y Erik escuchó sin interrumpir, que era lo único que podía hacer en esa situación y que era, al mismo tiempo, lo más útil.

Al final de la conversación, la madre le preguntó si iba a seguir escribiendo sobre el caso.

Erik le dijo que sí. La madre dijo bien, y colgó.

Los dos casos pendientes de identificación correspondían a personas cuyas familias no habían presentado denuncia formal en ningún cuerpo policial, lo cual significaba que el proceso de identificación requería cruzar los perfiles genéticos obtenidos con bases de datos más amplias y con archivos de denuncias en otras comunidades autónomas.

Era trabajo que se haría, porque ahora había un expediente judicial activo con un juez instructor que tenía la autoridad y la obligación de ordenar las búsquedas necesarias.

Pero era trabajo que tomaría tiempo, y el tiempo en esos casos era también una forma de injusticia para las personas que aún esperaban sin saber que había algo por lo que esperar.

Laura Valls seguía sin ser encontrada.

Eso era lo que Erik no podía escribir sin que la frase le pesara en los dedos de una forma diferente a todas las demás frases que había escrito en esas semanas.

La investigación del corredor del Nere había cubierto un radio de trescientos metros desde el primer punto de hallazgo con la metodología sistemática que Casamitjana había coordinado durante dos semanas.

El rastreo no había encontrado evidencias de Laura Valls en esa área.

Eso podía significar varias cosas, y ninguna de las cosas que podía significar era fácil de sostener: que el hallazgo estaba fuera del radio rastreado, que estaba en un punto del corredor que la nieve todavía cubría y que el deshielo devolvería en las semanas siguientes, o que había algo en el caso de Laura Valls que era diferente a los demás aunque el perfil y el método de contacto fueran idénticos.

El juez instructor había ordenado que el rastreo continuara a medida que el deshielo permitiera acceder a zonas que en enero y febrero habían sido técnicamente inaccesibles.

Los padres de Laura Valls seguían esperando.

Erik los había visto la semana anterior en Vielha, en uno de esos encuentros casuales que en un pueblo de ese tamaño no son tan casuales como parecen porque el pueblo filtra los encuentros con la eficiencia de los lugares pequeños.

Los padres de Laura caminaban por la calle Mayor con ese paso de los que han aprendido a estar en un lugar porque es el lugar donde puede llegar la noticia que esperan, aunque la noticia no llegue y aunque quedarse no acelere su llegada.

El padre la vio primero. La madre tardó un segundo más.

Ninguno de los dos le preguntó nada. Se miraron durante un momento con la mirada de los que comparten un conocimiento que no necesita ser articulado y siguieron caminando.