Capítulo 10 #4
Ahora había un nombre detrás de esa firma.
Un nombre y un expediente y una orden de detención y un hombre en el interior de un vehículo oficial camino a la comisaría de Vielha.
El nombre no devolvía a nadie. No deshacía los años ni los inviernos ni las llamadas que Marta había hecho esa semana ni las que tendría que hacer en los días siguientes a medida que los identificaciones forenses fueran llegando del laboratorio con la lentitud honesta del proceso que construye certeza.
Pero el nombre existía, y existir no era nada y era todo al mismo tiempo, dependiendo del ángulo desde el que se mirara.
Marta se puso en marcha hacia su coche. Tenía tres llamadas que hacer antes de la una: al juez instructor, para confirmar la detención y coordinar el calendario del procesamiento; a la coordinación de Lleida, para el informe de situación que el sergent major esperaba desde hacía días; y a los padres de los cuatro casos recientes, porque se lo había prometido.
Cuatro llamadas con cuatro voces distintas, cuatro formas de recibir una noticia que no era el final de su dolor sino simplemente el principio de una fase diferente de él, la fase en que el dolor tiene un nombre al que dirigirse aunque eso no lo reduzca en nada.
La primera llamada la hizo sentada en el coche, con el motor en marcha para el calor, mirando el aparcamiento vacío de vehículos oficiales y lleno de coches de turistas aparcados con esa convicción de los que han llegado a un lugar donde van a estar todo el día y no necesitan preocuparse por nada más que la nieve y el sol y la velocidad de las pistas.
La madre de Paula Giró respondió al primer tono.
—Señora Giró —dijo Marta—. Esta mañana hemos detenido a un sospechoso en relación con la desaparición de su hija.
El silencio al otro lado duró lo que dura el tiempo en detenerse y recomponerse cuando recibe algo para lo que ningún tiempo es suficiente preparación.
—¿La encontrarán? —preguntó la voz de la madre, con la pregunta que no era sobre la investigación sino sobre el único resultado que seguía importando.
—Estamos trabajando para ello —dijo Marta—. El equipo forense sigue en el área de búsqueda. Le daré noticias en cuanto haya algo definitivo.
Era la única respuesta honesta. No la más fácil, no la que la madre quería escuchar, pero la única que Marta podía dar sin violar la única norma que se había impuesto a sí misma al principio de cada caso: no prometer lo que no podía garantizar, porque las promesas rotas en esos contextos no eran solo promesas rotas sino una segunda traición añadida a la primera.
Colgó. Marcó el siguiente número.
El sol seguía alto sobre las pistas de Baqueira, con su claridad de anticiclón que no tenía nada de inocente.
Los esquiadores seguían llegando y descendiendo y llegando de nuevo con el ritmo perpetuo de los días de temporada alta en que las condiciones son perfectas y el mundo parece haberse organizado exclusivamente para que la experiencia de deslizarse sobre la nieve resulte exactamente tan hermosa como prometen los folletos.
La normalidad como escenario del horror.
Eso era lo que Solà había elegido como lugar para la detención, con una lógica táctica que Marta había entendido y aceptado.
Y era también algo más que táctica: era la honestidad de reconocer que el horror no había ocurrido en ningún lugar excepcional sino exactamente ahí, en el corazón del funcionamiento normal del lugar, en el centro visible de la imagen que el valle proyectaba de sí mismo al mundo, en el aparcamiento de la estación de esquí más exclusiva de España mientras los turistas llegaban a pasar el fin de semana con sus esquís al hombro y su expectativa de días perfectos sobre la nieve.
Marta hizo las cuatro llamadas. Las hizo con la misma voz para cada una, neutral y precisa y sin falsa calidez pero sin la frialdad de quien ha aprendido a no sentir lo que manda al hablar, porque las personas al otro lado del teléfono merecían que la voz que les hablara fuera la de alguien que entendía lo que llevaban consigo y no la de un protocolo bien ejecutado.
Cada llamada duró entre tres y ocho minutos.
Cada una terminó con una promesa que Marta podía sostener: la de que tendría noticias cuando hubiera algo definitivo.
No antes. No con más certeza de la que tenía. Exactamente eso.
Cuando terminó la última llamada, sacó el cuaderno del bolsillo interior del abrigo y lo abrió en la última página escrita, la de esa mañana temprana en la pensión, con las notas de la coordinación y los timestamps del operativo.
Debajo de las notas, con la letra pequeña que usaba para las cosas que no eran para el expediente sino para ella, escribió la hora: 12:23.
Luego escribió una sola frase.
Doce años. Un aparcamiento. El mundo siguiendo.
La miró durante un momento. No la borró.
No añadió nada. Cerró el cuaderno y lo guardó en el bolsillo, arrancó el coche, y salió del aparcamiento de Baqueira hacia la carretera que bajaba por el Nere hacia Vielha, con la nieve nueva reluciendo bajo el sol de las doce y cuarto y el valle extendido abajo con su geografía de siempre, exactamente igual que había sido siempre, sin que nada en su superficie indicara que esa mañana algo había cambiado en él de una forma que ninguna nueva temporada de nieve podría cubrir del todo.