Misterio en el valle de Aran Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Era la pregunta que Marta había estado esperando. No porque no supiera la respuesta, sino porque sabía que era la pregunta que Erik iba a formular tarde o temprano, la que llevaba implícita en todo lo que habían construido juntos durante la semana.

—Más de doce años en el entorno de la estación —dijo Marta—. El primer caso que los registros forenses vinculan provisionalmente con su actividad data de hace nueve temporadas. Puede que antes también, aunque en ese punto la evidencia se vuelve más difícil de anclar con precisión.

—Nueve temporadas —dijo Erik—. Nueve inviernos de llegada de turistas, de temporada alta, de la misma gente que seguía viniendo año tras año a esquiar y que lo veían sin verlo porque verlo habría requerido algo que nadie había decidido hacer.

—Sí.

—Y durante todo ese tiempo, ¿cuántas personas en el valle tuvieron alguna sensación de que algo no cuadraba?

Era la pregunta que tenía más peso de todas, la que apuntaba no hacia el culpable sino hacia el sistema, hacia la comunidad, hacia la economía del silencio que Casadesús había nombrado la tarde anterior con la honestidad de quien ya no puede sostener el costo de no nombrarlo.

—Más de las que hablaron —dijo Marta—. Menos de las que lo sabían. En algún punto entre esas dos cifras está la distancia entre lo que este valle podría haber hecho y lo que hizo.

Erik se quedó callado durante un momento.

—¿Cuántos casos quedan sin identificar?

—El equipo forense lleva cuatro días de rastreo del corredor. Han identificado seis puntos de hallazgo. Dos identificaciones confirmadas, cuatro en proceso. Puede haber más puntos que el rastreo todavía no ha alcanzado. El trabajo continúa durante días.

—¿Las familias saben?

—Las que tienen identificación provisional, sí.

Las otras esperan la confirmación de laboratorio.

Es el proceso más duro de esta parte del trabajo: mantener informadas a las familias sin darles certezas que todavía no podemos darles, ni dejarlas en la ignorancia cuando lo que saben es ya suficiente para que la esperanza resulte cruelmente imprecisa.

Otro silencio.

—Marta —dijo Erik.

—¿Sí.

—Voy a escribir algo esta semana que no es un artículo de noticias. Es un texto sobre el valle y sobre el silencio y sobre lo que cuesta en términos humanos la economía de no querer saber. Lo que dijo Casadesús ayer fue una parte de eso, pero solo una parte. Quiero escribir la parte completa.

—¿Qué necesita?

—Tiempo. Y que cuando el juicio comience, podamos hablar de lo que has visto desde adentro de la investigación. No para el artículo de ahora. Para cuando llegue el momento en que la historia completa pueda ser contada.

Marta pensó en eso un momento. No en los obstáculos institucionales, que los habría y que serían navegables, sino en la pregunta más fundamental de si eso era algo que tenía que existir en el mundo, si la historia completa del valle de Arán durante esos años, contada con la precisión de quien estuvo dentro de la investigación y la precisión de quien conocía el territorio desde dentro, era algo que necesitaba ser dicho.

La respuesta era que sí, y la respuesta era obvia, y sin embargo necesitaba un momento para alojarla correctamente porque las cosas obvias en los momentos importantes merecen ese momento y no la ligereza de lo que se da por descontado.

—Cuando llegue ese momento —dijo Marta—, hablamos.

Colgó.

El registro de la furgoneta de empresa duró noventa minutos.

Lo que encontraron los técnicos en ella fue catalogado con la metodología precisa de los registros forenses, cada objeto etiquetado y fotografiado antes de ser movido, cada elemento potencialmente relevante depositado en la bolsa correspondiente con la cadena de custodia que lo acompañaría desde ese momento hasta el final del proceso judicial que podía tardar meses o años pero que había empezado esa mañana en ese aparcamiento bajo ese sol de enero que no tenía nada de inocente.

Entre los objetos encontrados había cosas que el análisis del laboratorio determinaría si eran relevantes para el caso: herramientas de trabajo ordinarias de la empresa de logística, ropa técnica, el tipo de equipamiento que cualquier persona en ese puesto podría tener.

Y había otras cosas cuya relevancia el laboratorio confirmaría pero que Marta registró con una atención diferente cuando Solà se las mostró en sus bolsas de evidencia: un mapa topográfico de la zona forestal del Nere, plegado y con marcas a lápiz en varios puntos que el análisis debería cruzar con la localización de los hallazgos del equipo forense.

Un par de guantes de trabajo con material en el lateral derecho que podría ser tierra o podría ser otra cosa y que el laboratorio diría cuál en su momento.

Y, en el fondo de un compartimento lateral de la furgoneta, debajo de una capa de material de embalaje de la empresa, un teléfono prepago desactivado, sin SIM, del tipo que no deja rastro de red pero que podía contener información en su memoria local si alguien sabía cómo extraerla.

Ruiz lo cogió con las pinzas de evidencia y lo depositó en la bolsa con la expresión de quien ha encontrado exactamente lo que esperaba encontrar pero que aun así necesita un momento para que el encuentro deje de ser hipótesis y se convierta en objeto real con peso y temperatura.

—Este —dijo Ruiz—, con lo que puede tener en la memoria interna, puede ser el eslabón que conecta los perfiles digitales con casos anteriores a la creación de la aplicación de la estación.

—¿Cuánto tiempo para el análisis?

—Una semana para lo básico. Tres semanas para el análisis completo si la memoria no está dañada. —Pausa—. Si la memoria está dañada, más tiempo o nada, dependiendo del tipo de daño.

Marta asintió. Eso era el trabajo que venía: semanas de análisis, meses de proceso judicial, años de seguimiento.

La detención de esa mañana era el inicio visible de algo que tendría su continuidad en laboratorios y salas de juzgado y archivos de la fiscalía, con una lentitud que resultaba frustrante cuando se comparaba con la urgencia de lo que había ocurrido durante años en el corredor forestal del Nere, pero que era la única lentitud honesta disponible, la lentitud del proceso que construye certeza en lugar de apresurarse hacia una conclusión que podría resultar frágil.

A las once y cuarenta, cuando el registro de la furgoneta estuvo completo y los vehículos empezaron a salir del aparcamiento de Baqueira en dirección a Vielha, Marta se quedó un momento en el lateral del aparcamiento.

Sola, sin ninguna función operativa en los minutos siguientes, con el sol de media mañana sobre la nieve y el ruido de fondo de los esquiadores que seguían llegando con sus mochillas y sus esquís, completamente ajenos a lo que había ocurrido a cincuenta metros de donde colocaban sus bastones para la primera bajada del día.

La pista más visible desde ese punto del aparcamiento era la Escornau.

Era la pista favorita de Laura Valls, según había dicho su familia.

La pista donde la habían visto por última vez a las 17:20 de un lunes de enero, con su material de esquí que el pistero encontraría cuarenta minutos después apoyado contra el tronco de un pino con los bastones cruzados sobre la nieve en una geometría que llevaba diez días siendo la imagen que más le había costado apartar cuando necesitaba dormir.

Los bastones cruzados como una firma.