Misterio en el valle de Aran Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Entregó la crónica a Marc a las nueve. Marc la leyó, quitó dos párrafos que consideró redundantes, y la publicó a las nueve y cuarto.

En veinte minutos tenía tres mil visitas.

En una hora, ocho mil. Era mucho menos que el artículo del sábado, pero era un número diferente en su naturaleza: no era el número de la sorpresa sino el número de la confirmación, el número de la gente que ya había empezado a entender lo que estaba pasando y que seguía buscando la versión más completa y más honesta de esa comprensión.

A las diez de la noche, Erik salió de la redacción y caminó sin destino concreto durante veinte minutos, que era su costumbre cuando terminaba un día que había sido demasiado para procesarlo sentado en una silla.

Las calles del centro de Vielha tenían una quietud diferente a la de los miércoles anteriores: era la quietud de un lugar que está procesando algo, que ha recibido un impacto y está reconfigurándose alrededor de él sin saber todavía qué forma va a tener cuando termine de reconfigurar.

Los turistas que quedaban, que eran menos que en cualquier fin de semana de la temporada pero más de los que Erik habría esperado dado lo que había ocurrido, caminaban con una energía diferente a la de los días anteriores: más discreta, más atenta, como si hubieran bajado el volumen de su presencia en deferencia a algo que no terminaban de entender pero que entendían que requería un volumen más bajo.

Pasó por delante del bar Eth Pònt y vio por la ventana empañada que había dos grupos de residentes permanentes en las mesas interiores, algo que en plena temporada alta era inusual porque el bar solía estar lleno de turistas durante esas horas.

No entró, pero los vio desde fuera con esa visión difusa que da el cristal con vaho, y lo que vio le pareció la imagen de algo que no había sido así en semanas: la gente del valle ocupando su propio espacio, hablando entre ellos, sin el ruido de los visitantes cubriendo su conversación como cubría tantas otras cosas.

Siguió caminando hasta llegar al puente sobre el Garona, donde se detuvo un momento mirando el río en la oscuridad.

El agua era visible solo donde la luz de las farolas del puente alcanzaba la superficie, una franja estrecha y negra entre los bordes helados, moviéndose con esa velocidad de los ríos de montaña que en enero corre bajo una capa de quietud aparente.

El ruido que hacía era el ruido de siempre, constante y sordo y completamente ajeno a cualquier cosa que ocurriera encima de él.

Sacó el teléfono y llamó a Marta.

Tardó tres tonos en responder.

—¿Cómo fue la reunión? —preguntó Marta.

—Casadesús dijo algo que va a estar en los artículos durante semanas. —Erik le repitió la frase, lo más fielmente que pudo.

Silencio al otro lado.

—¿Cómo lo dijo?

—Con la cara de alguien que ha decidido que ya no puede seguir sin decirlo aunque decirlo no lo libere de nada.

—¿Y cómo lo recibió la sala?

—Como se reciben las cosas que todos saben y que nadie ha dicho todavía en voz alta. Con ese silencio que es más ruidoso que cualquier reacción.

Marta estuvo callada un momento.

—El juez instructor ha formalizado la detención esta tarde. El expediente está en la fiscalía. El proceso judicial va a ser largo.

—Lo sé.

—¿Qué vas a escribir sobre lo de Casadesús?

Erik miró el río desde el puente.

—La verdad. Que un alcalde que lleva nueve años en el cargo dijo en una reunión oficial que prefería no saber, y que esa preferencia tuvo un costo.

Y que el hecho de que lo haya dicho en voz alta hoy no lo borra sino que lo nombra.

—Una pausa—. Que nombrar las cosas no las deshace.

Pero que no nombrarlas tampoco las hace desaparecer.

—¿Y el valle?

—¿Qué quiere decir con eso?

—Qué vas a escribir sobre el valle.

Erik pensó en la pregunta durante un momento. Era una pregunta que tenía muchas respuestas posibles y que probablemente no tenía ninguna que fuera completa.

—Voy a escribir que el valle no era el escenario del crimen en el sentido en que los medios nacionales van a usarlo durante las próximas semanas, como decorado de postal que contrasta con el horror.

El valle era también el sistema que hizo posible que el horror se prolongara.

Que la economía del silencio que construyó durante décadas para proteger lo que entendía que necesitaba proteger tuvo un precio que no pagaron quienes lo construyeron.

Y que eso es algo que el valle va a tener que mirar directamente durante mucho tiempo, más allá de la temporada que está cerrando ahora mismo.

Marta no respondió de inmediato.

—¿Cómo está usted? —preguntó finalmente.

Era la primera vez que Marta le hacía esa pregunta de esa forma directa, sin envoltorio profesional, como si la pregunta fuera sobre la persona y no sobre el colaborador de la investigación o el periodista del caso.

Erik la recibió con la sorpresa leve de las cosas que no se esperan y que cuando llegan resultan necesarias.

—Estoy bien —dijo—. En el sentido de que sé dónde estoy y por qué. No en el sentido de que no pese.

—Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

—Sí —dijo Erik—. Eso he aprendido esta semana.

El río seguía corriendo debajo del puente con su ruido de siempre.

Las luces del valle parpadeaban en el frío.

Desde donde estaba Erik, si levantaba la vista hacia el norte, podía ver las últimas estribaciones de los montes que rodeaban Baqueira, invisibles en la oscuridad excepto por la ausencia de estrellas que producía su masa contra el cielo.

Ahí arriba estaba la nieve. Ahí abajo, cubierta por la nieve, estaba todo lo que el invierno había guardado durante años con la paciencia de los custodios que no tienen opinión sobre lo que custodian.

—¿Cuándo regresa a Lleida? —preguntó Erik.

—Cuando el caso esté suficientemente estabilizado para que no necesite mi presencia física. Unos días más.

—¿Y después?

—Después, el trabajo. El expediente. El juicio cuando llegue. Las víctimas que todavía no han sido identificadas.

—¿Hay más?

—Probablemente. El rastreo del corredor forestal tardará días más en completarse.

Eso se instaló entre los dos en el silencio de la llamada con el peso que tienen las cosas que están por ocurrir y que ya se saben aunque no hayan ocurrido todavía.

—Marta —dijo Erik.

—¿Sí.

—Lo que dijimos al principio, que el que llegó desde fuera y el que creció aquí ven cosas distintas del mismo sitio. Era verdad.

—Era verdad.

—Pero también resultó que las dos perspectivas solas eran insuficientes. Que se necesitaban las dos para ver lo que había que ver.

Marta tardó en responder.

—Las investigaciones que funcionan siempre funcionan así —dijo—. No por una sola inteligencia sino por la suma de las que están disponibles. El problema es que el sistema rara vez está diseñado para que esas inteligencias se encuentren.

—¿Y cuando se encuentran?

—Cuando se encuentran, a veces pasan cosas como esta semana.

Era una respuesta que no cerraba nada sino que dejaba abierto exactamente lo que necesitaba estar abierto, y eso, en ese momento, era suficiente.

Erik colgó y se quedó un momento más en el puente mirando el río.

La temperatura era de trece grados bajo cero, lo suficientemente fría como para que la respiración produjera vaho visible bajo las luces del puente, lo suficientemente fría como para que quedarse quieto más de unos minutos empezara a tener consecuencias.

Pero Erik se quedó el tiempo que necesitó para asentar las últimas horas en el lugar correcto dentro de sí mismo, que era un lugar que esa semana había tenido que ampliarse varias veces para contener lo que iba llegando.