Capítulo 9 #2
Doce años. Doce temporadas. Catorce casos verificados y probablemente más. Un hombre al que la gente describía como competente y amable y dispuesto a ayudar.
La tarde llegó con esa calidad de luz que tienen las tardes de enero en el Pirineo cuando el sol ha pasado ya su punto más alto y empieza a descender hacia las cimas del oeste, una luz que se vuelve más cálida en tono mientras más fría resulta en temperatura, con esa contradicción que el Pirineo practica con regularidad como para recordarles a los que lo viven que la belleza y el frío son la misma cosa vista desde distintos lados.
La reunión del Consell Generau comenzó a las cinco y cuarto, con retraso que nadie explicó y que todos entendieron como el retraso de quienes han tenido que prepararse para algo que no sabían exactamente cómo preparar.
La sala era grande, con sillas en semicírculo y una mesa presidencial donde el conseller de turismo, un hombre de cincuenta y seis años llamado Ferran Bonet que llevaba tres mandatos en el cargo y que esa tarde tenía la expresión de alguien que ha envejecido una cantidad indeterminada de años en los últimos cuatro días, presidía con la autoridad deteriorada de quien ha pasado de ser el gestor de una narrativa a ser uno de sus personajes.
Había representantes de los Mossos, del sector hotelero, de la Guardia Civil, del ayuntamiento de Naut Aran.
Había Puig, con los ojos de quien lleva días durmiendo menos de lo necesario y que ha decidido que eso es una condición temporal que pasará cuando pase.
Había abogados de Baqueira Beret, dos de ellos, que habían llegado esa mañana desde Barcelona con la velocidad de los abogados que saben que el tiempo entre el problema y la primera reunión es tiempo que se puede usar o perder, y que habían elegido usarlo.
Había Marc, junto a Erik, en las sillas de la segunda fila asignadas a los medios locales, que en este caso eran solo ellos dos porque el Diari de la Vall era el único medio local de la comarca y esa condición, que en semanas normales resultaba una limitación, esa tarde lo convertía en el interlocutor con más legitimidad en esa sala para decir lo que era necesario decir sobre el lugar donde todos estaban sentados.
El conseller Bonet abrió la reunión con una declaración que duró ocho minutos y que mencionó cuatro veces la expresión sin precedentes y tres veces colaboración institucional y que en ningún momento usó la palabra víctimas excepto una vez, al final, cuando dijo que el pensamiento del Consell estaba con las familias afectadas , que era la forma de nombrar sin nombrar, de reconocer sin reconocer, que los textos institucionales usan cuando el texto necesita existir sin que quien lo firma quede atado a ninguna consecuencia específica de su existencia.
Luego habló el representante de Baqueira Beret, uno de los abogados, que con la fluidez de quien ha practicado el texto muchas veces en pocas horas informó de que la empresa anunciaba la suspensión temporal de las operaciones en el área de Baqueira mientras las autoridades completaban la investigación en el corredor forestal, que era una decisión que había tomado de forma voluntaria y en estrecha colaboración con los cuerpos policiales , aunque todos los presentes sabían que la palabra voluntaria en ese contexto era la versión pública de una decisión que la fiscalía había hecho imposible aplazar.
Luego añadió que la empresa anunciaba la contratación de una auditoría externa de los protocolos de seguridad vigentes, y que esa auditoría comenzaría en las próximas semanas.
Erik tomó notas con la letra pequeña y apretada que usaba cuando quería que las notas no fueran visibles para quien pudiera estar mirando por encima de su hombro.
Luego habló el alcalde del municipio de Naut Aran.
Se llamaba Jordi Casadesús, sesenta y un años, nacido en Vielha, alcalde desde hacía nueve años con la reelección sistemática de los alcaldes pequeños de lugares que confían en la continuidad porque la continuidad se parece a la seguridad aunque no siempre sea lo mismo.
Era un hombre que Erik conocía desde siempre, desde antes de irse a Barcelona, desde la infancia, con esa clase de conocimiento que en los pueblos pequeños tiene la textura de lo inevitable porque hay personas que forman parte del paisaje de un lugar desde que tienes memoria de tener memoria de ese lugar.
Casadesús había sido siempre un hombre prudente con las palabras, de los que dicen exactamente lo que necesitan decir y nada más, de los que han aprendido que la economía del lenguaje en política local es también una forma de longevidad.
Esa tarde no habló como alcalde. O al menos no solo como alcalde.
Comenzó con las palabras protocolarias: el municipio está consternado, el municipio cooperará plenamente con la investigación, el municipio piensa en las familias de las víctimas.
Hasta ese punto era el texto que todos esperaban.
Pero después de ese punto, Jordi Casadesús hizo algo que nadie en esa sala había anticipado: se detuvo.
No para buscar las siguientes palabras, sino porque las siguientes palabras no estaban en el texto preparado y lo que iba a decir no era la declaración del alcalde sino algo que la declaración del alcalde le había estado impidiendo decir.
—Tengo que decir algo que no está en el comunicado que me han preparado —dijo Casadesús.
El silencio en la sala cambió de textura. El silencio antes había sido el silencio de la atención cortés. Este era el silencio de la atención real, el que se produce cuando una persona dice algo que no se esperaba que dijera.
—Hay personas en este valle, y yo soy una de ellas, que en los últimos años oyeron cosas que no cuadraban.
Rumores, conversaciones de bar, algo que alguien mencionó de pasada y que en su momento fue archivado en la categoría de las cosas que no son suficientemente concretas como para actuar sobre ellas.
—Una pausa—. El problema no es que no fueran suficientemente concretas.
El problema es que actuamos como si no fueran suficientemente cómodas.
Y hay una diferencia entre esas dos cosas que esta semana ha resultado imposible de seguir ignorando.
La sala seguía en silencio. El abogado de Baqueira Beret había dejado de tomar notas.
—Si hubiera hablado antes —continuó Casadesús, con la voz de quien ha llegado a una formulación después de muchas horas buscándola y que cuando la encuentra sabe que es exactamente la que necesitaba aunque no sea la que habría elegido en otras circunstancias—, ¿cuántos seguirían viviendo?
No lo sé. Y prefería no saberlo. Esa es la verdad que me resulta más difícil decir en voz alta esta tarde.
Que prefería no saber. Y que esa preferencia tuvo un costo que no fui yo quien lo pagó.
El conseller Bonet lo miraba con una expresión que Erik no supo cómo clasificar: podría ser incomodidad, podría ser alivio, podría ser el reconocimiento de alguien que ve a otra persona hacer algo que él mismo no habría tenido el coraje de hacer en ese momento y que lo sabe mientras lo ve.
La reunión continuó después de eso, con los puntos de agenda que quedaban: el protocolo de coordinación entre cuerpos policiales, las medidas de comunicación para las familias de las víctimas todavía no identificadas, el calendario de trabajo del equipo forense en el corredor del Nere.
Pero lo que Casadesús había dicho permanecía en la sala con la densidad específica de las cosas que no se pueden desescuchar, que cambian la temperatura del espacio en que fueron dichas aunque la conversación siga en otra dirección.
Erik salió de la reunión con Marc a las siete menos cuarto.
La noche ya había cubierto completamente el valle, con esa oscuridad de enero que en el fondo de la cuenca llegaba antes que en cualquier otro punto del territorio y que hacía que las luces de los hoteles y los restaurantes parecieran más cálidas de lo que eran porque contrastaban con una oscuridad más total que en la ciudad.
Los equipos de televisión seguían grabando en la calle Mayor con sus luces artificiales, que convertían el adoquín nevado en una superficie plateada bajo los focos y que hacían que todo lo que quedaba fuera del radio de esa luz pareciera, en comparación, más oscuro de lo que era.
—¿Qué piensas de lo que dijo Casadesús? —preguntó Marc, mientras caminaban hacia la redacción.
Erik tardó en responder.
—Pienso que es lo más honesto que he oído decir a un político en esta comarca en los cinco años que llevo de regreso.
Y pienso que llega tarde, que es inevitable que llegue tarde porque las cosas que requieren ese tipo de honestidad siempre llegan tarde, y que el hecho de que llegue tarde no invalida que haya llegado pero tampoco cancela el costo del retraso.
Marc asintió sin decir nada más.
En la redacción, Erik pasó las dos horas siguientes escribiendo la crónica de la reunión.
No era una crónica difícil en términos técnicos: tenía los datos, tenía las declaraciones, tenía el contexto.
Lo que la hacía difícil era otra cosa, más difícil de nombrar: la sensación de estar escribiendo sobre un momento que en los años siguientes va a ser citado como el punto de inflexión, el momento en que el valle dejó de poder seguir siendo lo que había sido, y la responsabilidad específica de esa posición, de ser quien lo escribe en el momento en que ocurre y no después, cuando la distancia temporal lo hace más claro pero también menos urgente.