Capítulo 9
La temporada que no cerrará jamás
Cuando el valle tiene que mirarse en el espejo
El jueves por la mañana, antes de que los periodistas de las cadenas nacionales hubieran terminado de montar sus equipos en la calle Mayor, ya circulaban en los grupos de WhatsApp de los residentes permanentes del valle imágenes tomadas desde los coches que subían a Baqueira: la cinta policial que seguía rodeando el corredor forestal del Nere, visible desde la carretera en varios tramos, y los vehículos oficiales aparcados en el lateral de la calzada con una concentración que no dejaba margen para la interpretación cómoda.
Nadie necesitaba que le explicaran qué significaba eso.
El valle llevaba días sabiendo lo que se estaba encontrando en ese bosque, o al menos lo suficiente de ello para que la imagen de los vehículos oficiales funcionara como confirmación de lo que ya se sabía y se temía al mismo tiempo.
A las once de la mañana, el Consell Generau d'Aran emitió un comunicado que convocaba una reunión de urgencia para esa misma tarde.
El comunicado hablaba de la gravísima situación que atraviesa la comarca y de la necesidad de coordinación institucional ante los hechos que están siendo investigados por las autoridades competentes .
Era un texto que no decía nada que pudiera ser atacado porque no afirmaba nada concreto, construido con la habilidad específica de los textos institucionales que necesitan existir sin comprometer al que los firma con ninguna posición que pueda resultar incómoda más adelante.
Marta lo leyó en el teléfono mientras esperaba que Solà terminara la llamada con Barcelona y pensó que en algún otro momento esa habilidad institucional le habría parecido simplemente política, el ruido de fondo de las instituciones que se protegen antes de proteger.
En ese momento, después de los días que habían sido esos días, le parecía otra cosa.
Le parecía el sonido de un sistema que había aprendido a sobrevivir haciendo exactamente lo que había permitido que el horror se prolongara.
Las cadenas de televisión llegaron durante la mañana.
Primero las autonómicas, luego las nacionales, después los equipos internacionales, que en los días siguientes convertiría Vielha en el tipo de lugar que solo existe en las noticias cuando algo terrible ha ocurrido en él y que los habitantes permanentes reconocerán después como el período en que su valley se convirtió en otra cosa, en un decorado de una historia que les pertenecía pero que ya no podían controlar.
Los reporteros plantaban sus cámaras frente al ayuntamiento, frente a la entrada al túnel de Vielha, frente a la base de Baqueira, y grababan con esa energía específica de los profesionales que han llegado a un lugar importante y saben que lo que hagan en las próximas horas definirá cómo el mundo conocerá ese lugar durante años.
Erik lo vio desde la redacción y sintió algo que tardó en identificar.
No era celos ni orgullo herido de periodista local al que los grandes llegan a ocupar su territorio.
Era algo más parecido a la tristeza de quien ve que su lugar se convierte en noticia de una forma que él mismo había contribuido a hacer posible y que aun así resulta extraña cuando la ves desde dentro, como si la historia que habías estado contando perteneciera de repente a nadie y a todos al mismo tiempo.
Marc Torrent entró a la redacción a las once y media con el abrigo todavía puesto y la expresión de alguien que ha tenido tres conversaciones difíciles antes de mediodía y está procesando la última mientras ya anticipa la siguiente.
—Ferran Castells llamó esta mañana —dijo.
—Imagino —dijo Erik, sin levantar la vista del ordenador.
—Esta vez fue diferente. No llamó para presionar. Llamó para preguntar qué sabemos y qué van a saber.
Erik levantó entonces la vista.
—¿Qué le dijiste?
—Que somos un periódico local y que publicamos lo que es verificable.
—Marc se sentó en la silla de su despacho con la puerta abierta, lo cual era su forma de decir que no quería paredes de cristal entre los dos en ese momento—.
También le dije que lo que ha ocurrido en este valle no es culpa de un periodista que hizo su trabajo.
Era la primera vez en cinco años que Marc decía algo así con esa claridad, sin el envoltorio de la cautela institucional que había aprendido a usar como segunda piel, y Erik lo registró sin comentarlo porque comentarlo habría reducido el gesto a algo que era más grande que el comentario.
—Hay una reunión del Consell esta tarde —dijo Erik.
—A las cinco. El conseller me ha pedido que asista como representante del único medio local de la comarca. —Marc lo miró—. Quiero que vengas conmigo.
Erik asintió. A las cinco.
Pasó las horas de la mañana haciendo lo que el periodismo requería en esos momentos: no anticipar, no especular, verificar.
Llamó a las familias de las víctimas cuyos contactos tenía para confirmar que la información que circulaba en los medios era exacta antes de que él mismo la publicara.
Habló con el padre de Iñigo Larrea, que había regresado al País Vasco el lunes pero que esa mañana había llamado a Erik antes de que Erik lo llamara a él, con la urgencia de quien ha leído las noticias y necesita que alguien de confianza le diga si lo que está leyendo es lo mismo que está ocurriendo o si existe una versión más verdadera y más difícil que los medios no están contando todavía.
—No sé lo de Iñigo —dijo Erik, con honestidad—. La investigación sigue. Pero lo que están encontrando en el bosque confirma que el patrón era real y que era largo.
El padre de Iñigo estuvo en silencio durante un momento.
—Cuando dice largo, ¿cuánto tiempo?
—Más de una década. Eso es lo que el equipo forense ha determinado preliminarmente.
Otro silencio.
—¿Y nadie lo vio?
Era la pregunta que Erik llevaba días escuchando en distintas variaciones, con distintas voces, con distintos grados de rabia y de incredulidad y de ese dolor específico de los que descubren que el sistema al que habían confiado algo no podía o no quería verlo.
No tenía una respuesta única a esa pregunta porque la respuesta única habría sido una simplificación que no honraba la complejidad de lo que había fallado.
Había cosas que el sistema no podía ver porque no estaba diseñado para verlas.
Había cosas que el sistema podía haber visto y no quiso porque verlas resultaba económicamente inconveniente.
La diferencia entre esas dos categorías importaba, aunque a efectos del resultado final para las familias la diferencia no cambiaba nada.
—Algunas personas vieron cosas que no sabían cómo conectar —dijo Erik finalmente—. El sistema no tenía mecanismos para que esas personas pudieran conectarlos. Y hay razones para que esos mecanismos no existieran que no son todas inocentes.
El padre de Iñigo tardó en responder.
—¿Eso quiere decir que alguien tendrá que responder por eso?
—Eso quiere decir que habrá que hacer muchas preguntas. Algunas de ellas tendrán respuestas difíciles.
Era lo más honesto que podía decir sin comprometerse con afirmaciones que todavía no podía sostener, y el padre de Iñigo lo recibió con el asentimiento silencioso de quien entiende que el periodista que le habla le está dando lo que puede y que lo que puede, en este momento, es más de lo que le ha dado nadie hasta ahora.
A las dos de la tarde, Marta llamó.
—¿Dónde estás?
—En la redacción.
—Necesito que te pase algo. Un nombre. Un dato. —Una pausa—. Quiero que sepas quién es antes de que la reunión del Consell lo haga público.
Erik cogió el bolígrafo.
Lo que Marta le dijo en los cuatro minutos siguientes era lo que Erik ya sabía a medias, construido en fragmentos a lo largo de la semana desde la lista de once personas y la séptima ficha y el análisis de Andreu Prats y los logs del servidor de la estación.
Pero oírlo dicho con la precisión de quien ha verificado cada parte y ha añadido las partes que él no podía haber verificado tenía un peso diferente al de las hipótesis, el peso de los hechos que ya no son hipótesis sino territorio firme sobre el que pisar sin miedo de hundirse.
No era nadie llegado de fuera.
Era alguien que llevaba más de doce años trabajando en el entorno de Baqueira en distintas funciones, desde instructor de esquí eventual hasta colaborador logístico de la estación, una presencia tan regular que había dejado de ser percibida como presencia y se había convertido en parte del paisaje funcional del lugar.
Un hombre de cuarenta y tres años que los que lo conocían describían como competente, como amable, como el tipo de persona que siempre estaba dispuesta a ayudar y que conocía el territorio mejor que casi nadie y que eso, el conocimiento del territorio, era la cualidad que todos mencionaban cuando hablaban de él porque era la más visible y la más útil y la que más había admirado la gente que había tenido ocasión de trabajar con él.
Erik escribió el nombre en el cuaderno y lo miró durante un momento.
—¿Lo conocías? —preguntó Marta.
—De vista —dijo Erik—. Lo había visto en la estación varias veces. No hablamos nunca.
—¿Alguien lo habría considerado sospechoso?
Erik pensó en eso con la honestidad de quien intenta ver sin el peso de lo que ya sabe.
—No —dijo—. Nadie lo habría considerado sospechoso. Era exactamente el tipo de persona que encajaba tan bien en ese entorno que encajar era lo único que hacías con él: darle por hecho.
—Eso es exactamente lo que Andreu me dijo.
Colgaron. Erik se quedó mirando el nombre en el cuaderno durante un momento más, con esa sensación extraña de las personas que durante días has estado construyendo como una forma sin contenido y que de repente tienen un nombre y con el nombre tienen una realidad que la forma abstracta no tenía, que es más cercana y más perturbadora que cualquier perfil psicológico, más difícil de alojar en el sistema nervioso que la estadística de ocho años de actividad criminal.