Capítulo 8 #3
Era la pregunta que ninguno de los que estaban en esa sala quería hacer pero que todos sabían que era necesaria.
Si esperaban la identificación forense completa, el caso sería más sólido jurídicamente pero el tiempo que tardaba la confirmación de ADN, que en condiciones normales eran días pero podía extenderse, era tiempo en que alguien que el análisis de comportamiento de Andreu describía como capaz de reconocer el aumento de presión y adaptarse a él tendría para modificar su situación.
—Si los logs digitales son suficientemente sólidos —dijo Marta—, podemos proceder antes de tener la confirmación forense completa.
La detención preventiva no requiere la misma certeza que la condena.
Requiere indicios suficientes para que el juez instructor la autorice.
Con los logs digitales, el perfil de comportamiento, el análisis del corredor forestal y el historial de presencia en el entorno, deberíamos tener suficiente.
Solà asintió.
—Esperamos los logs. Si confirman lo que esperamos, movemos mañana.
La reunión terminó a las cinco en punto.
Marta pasó la hora siguiente en la habitación de la pensión con el portátil y el teléfono alternativamente, coordinando con Puig la logística del día siguiente en el escenario en que los logs confirmaran la hipótesis, y con el equipo de Casamitjana en el corredor forestal, que a las seis de la tarde tenía identificados cuatro puntos adicionales de alteración del terreno y había procedido a la excavación preliminar de dos de ellos, encontrando en uno más objetos personales y en el otro algo que Casamitjana describió en voz baja al teléfono con la economía de los forenses que han aprendido que las palabras exactas en esos momentos no añaden nada a los hechos pero sí determinan cómo los hechos se alojan en quien los escucha.
A las seis y veinte, Ruiz mandó un mensaje al grupo de coordinación.
Logs confirmados. IP y dispositivo consistentes con acceso desde red interna de la estación. Timestamps coinciden con interacciones del perfil SkiGuide_Pirineos en seis de los dieciséis días de actividad verificada. Cruce con horarios de trabajo en proceso.
Marta leyó el mensaje dos veces. Luego llamó a Solà.
—Los logs —dijo.
—Los vi —respondió Solà.
—¿Movemos mañana?
—Movemos mañana. Necesito que Puig tenga el operativo coordinado con la Guardia Civil antes de las ocho de la mañana. Si la persona está en la estación en su horario habitual, queremos que sea ahí.
—¿Por qué en la estación?
—Porque en un lugar abierto con mucha gente la resistencia es menos probable y el riesgo para el entorno es más controlable. Y porque si lo detenemos en casa o en la calle, tiene más margen para reaccionar de formas que no podemos predecir.
Era una lógica táctica que Marta entendía.
También entendía otra cosa que no dijo en esa llamada pero que había estado pensando desde que leyó la ficha de la séptima persona en la lista de Erik: que detener a alguien en el lugar donde ha construido su camuflaje durante más de una década tenía una dimensión que iba más allá de lo táctico, que era también la forma de devolver al lugar la consciencia de lo que había contenido sin saberlo.
—A las ocho en la comisaría —dijo Marta—. Con todo el equipo.
Cuando colgó, eran las siete menos cuarto.
La habitación tenía la luz de las tardes de enero del valle, esa luz que llegaba baja y lateral desde la ventana y que proyectaba las sombras de los expedientes sobre la cama en ángulos alargados que hacían que los papeles parecieran más grandes de lo que eran.
Marta los recogió con el orden metódico de quien ha trabajado con documentos toda su vida adulta y ha aprendido que el orden no es burocracia sino memoria, la forma de asegurarse de que lo que fue encontrado permanezca encontrado en la forma en que fue encontrado y no se pierda en el proceso de manejarlo.
Llamó a Erik.
Lo encontró en la redacción, donde había pasado la tarde trabajando en la declaración formal que Marta le había pedido.
La declaración sobre Sergi Palau, sobre el día que lo conoció en el bar Eth Pònt, sobre la conversación de los senderos y la recomendación del Tuc dera Molsa y los cuatro años en que había llevado eso consigo sin saber bien dónde ponerlo.
—¿Está terminada? —preguntó Marta.
—Sí. La entrego mañana por la mañana a Puig.
—Bien. —Una pausa—. Hay otra cosa.
—Dígame.
—Mañana por la mañana la investigación va a dar un paso que va a hacerse visible para todo el mundo. No hoy, sino mañana. Le digo esto porque usted ha sido parte del trabajo que ha hecho posible ese paso, y porque cuando ocurra va a querer escribir sobre ello, y tiene todo el derecho a hacerlo.
Erik tardó en responder.
—¿Es lo que creo que es?
—Sí.
Silencio.
—¿Quiere que espere a publicar hasta después de que ocurra?
—Hasta después de que ocurra y hasta que la situación esté suficientemente estabilizada como para que lo que publique no genere un riesgo para el operativo. Eso es una hora después, como máximo.
—De acuerdo.
—Erik.
—¿Sí?
—Lo de Sergi Palau que me contó esta mañana. Eso que llevaba cuatro años sin saber dónde poner. Mañana, cuando esto se haga público, va a tener un lugar donde ponerlo.
Hubo un momento de silencio que no era vacío sino lleno de algo que ninguno de los dos nombró porque nombrarlo habría sido reducirlo a algo más pequeño de lo que era.
—¿A qué hora es mañana? —preguntó Erik.
—A las diez. En la base de Baqueira.
—Estaré cerca.
—Lo sé —dijo Marta.
Colgó. Se levantó, fue a la ventana de la habitación, y miró la calle Mayor de Vielha en la oscuridad de las siete de la tarde de enero.
Los coches pasaban con sus luces de posición reflejadas en la nieve compactada del asfalto.
Un grupo de turistas con los abrigos de esquí todavía puestos salía de un restaurante con esa satisfacción corporal de los que han comido bien después de un día en las pistas.
Una mujer mayor con una bolsa de la compra caminaba por la acera contraria con el paso medido de quien conoce cada irregularidad del adoquín desde hace décadas y ya no necesita mirarlo para no tropezar.
El valle en su miércoles ordinario. Ajeno todavía a lo que ocurriría mañana en el aparcamiento de la base de Baqueira.
Ajeno todavía a que en el corredor forestal entre la estación y el río Nere había un equipo de doce personas que llevaría cuatro días más extrayendo del suelo congelado lo que el invierno había guardado durante años con la paciencia perfecta de los custodios que no eligen lo que custodian.
El invierno no borraba todo. Eso era lo que los siguientes días iban a demostrar con la claridad incómoda de las demostraciones que nadie había pedido pero que resultaban necesarias para seguir.
La nieve cubría. El frío preservaba. Y lo que quedaba bajo la superficie no desaparecía por el hecho de que nadie lo mirara: esperaba, con la misma indiferencia con que el territorio esperaba cualquier otra cosa, el momento en que alguien decidiera que ya era suficiente tiempo sin mirarlo.
Ese momento había llegado. No como epifanía ni como heroísmo.
Como el resultado acumulado de una semana de trabajo metódico, de conversaciones en bares y en casas de montaña y en habitaciones de pensión frías, de datos de telefonía y logs de servidor y varillas forenses introducidas en la nieve con la precaución de quien sabe que lo que encuentra al otro lado del gesto puede cambiar el peso de todo lo que viene después.
Y de una llamada que había hecho esa mañana a un padre de Bilbao que tenía un hijo de dieciséis años al que esa noche tendría que decirle lo que los expedientes archivados de la Guardia Civil no habían querido decirle durante dos años.
Marta se apartó de la ventana, cogió el abrigo del respaldo de la silla, y salió a cenar algo.
No porque tuviera hambre, sino porque el cuerpo tenía sus propios requerimientos con independencia del estado del caso, y ella había aprendido hacía tiempo que ignorarlos era también una forma de no estar disponible para el trabajo que todavía quedaba por hacer.
Afuera, el frío de dieciséis bajo cero la recibió con la puntualidad de siempre.
Las estrellas sobre el valle, en el cielo despejado de la noche, eran más claras y más numerosas de lo que eran en cualquier ciudad, porque aquí no había luz artificial suficiente para apagarlas.
Las montañas que rodeaban el fondo del valle eran masas oscuras contra el cielo azul oscuro, sin perfiles definidos pero con una presencia que se sentía más que se veía.
La montaña guardaba lo que le ponían debajo.
Y cuando alguien llegaba a buscar con las herramientas correctas y la voluntad de sostener lo que encontraba, la montaña no se resistía.
Simplemente esperaba que el trabajo se hiciera bien, con la indiferencia pura de los lugares que llevan suficiente tiempo siendo ellos mismos como para no tener ningún interés particular en el resultado.