Capítulo 8 #2
Llegó a la redacción del Diari de la Vall a las diez y cuarto.
Erik estaba en su mesa con el cuaderno abierto y una taza de café que según la temperatura que desprendía llevaba un rato sin ser bebida.
Cuando Marta entró, levantó la vista con la expresión de quien lleva horas esperando una noticia sin saber exactamente cuál va a ser pero sabiendo con certeza que no va a ser fácil de recibir.
Marta se sentó en la silla junto a su mesa sin quitarse el abrigo.
—Esta mañana encontraron más —dijo.
Erik no preguntó más de qué. Esperó.
—El área de búsqueda se amplía. Cuatro días más de trabajo del equipo forense para cubrir el corredor completo.
Ocho años de actividad como estimación mínima.
—Una pausa—. Y hay identificación preliminar de los restos del cauce del Nere.
Ane Urresti, la chica de Bilbao. La llevo avisando media hora.
Erik cerró el cuaderno lentamente, con ese gesto de quien necesita que las manos hagan algo mientras el cerebro procesa lo que acaba de escuchar.
—¿El padre?
—Sí. Lo supe por cómo respondió al teléfono. Dos años esperando esa llamada.
Erik no dijo nada durante un momento. El silencio de la redacción tenía esa textura de los silencios en los espacios de trabajo vacíos de un miércoles de mañana en temporada alta, cuando los empleados están en otros sitios y el local conserva el rumor de una actividad que ha pausado temporalmente pero que sigue siendo la razón por la que el espacio existe.
—Hay algo más —dijo Marta—. Algo que necesito que escuche.
Erik la miró.
—Entre los objetos que el equipo forense sacó ayer del corredor forestal, en el tercer punto de hallazgo que encontraron ayer por la tarde, había una mochila de montaña.
Color verde oscuro, marca de equipo técnico, con el nombre del propietario bordado en el interior de la solapa en letras de hilo naranja.
Erik se quedó completamente quieto.
—El nombre es Sergi Palau. Diecinueve años. De Lleida. Desaparición registrada en los archivos de la Guardia Civil hace cuatro temporadas. —Marta hizo una pausa y lo miró—. Usted lo conocía.
No era una pregunta. Lo había entendido la noche anterior, cuando leyó la ficha que Erik había preparado con la lista de once personas y había visto, en los márgenes del documento, una nota escrita a lápiz con letra diferente a la del texto, más pequeña y más apretada, que decía simplemente no sé si esto importa y debajo un nombre y una fecha.
Erik no respondió de inmediato. Se levantó de la silla, fue a la ventana que daba a la calle Pas d'Arro, y se quedó mirando la calle durante un tiempo que Marta no interrumpió porque entendió que era el tiempo que necesitaba para decidir cómo decir lo que iba a decir.
—Sergi era de Lleida, como usted dijo —dijo Erik, sin girarse—.
Vino al valle cuatro años atrás con un grupo de amigos del instituto.
Era el tipo de chico que no podías no querer tener cerca: entusiasta, curioso, ese entusiasmo de los diecinueve años que todavía no ha aprendido a contenerse porque no ha encontrado razón para hacerlo.
—Una pausa—. Lo conocí en el bar Eth Pònt.
Estaba sentado en la mesa de al lado con sus amigos y me preguntó si podía recomendarle rutas de senderismo para el día siguiente, porque habían esquiado dos días y querían hacer algo diferente.
Le recomendé el sendero del Tuc dera Molsa.
Hizo una pausa.
—Al día siguiente desapareció. No en el sendero que le recomendé.
En las inmediaciones del aparcamiento de la base de Baqueira.
Pero durante semanas pensé que había algo que yo podría haber hecho diferente.
Que si no le hubiera dicho que había senderos de montaña, que si no hubiera puesto en su cabeza la idea de salir de las pistas, quizás se habría quedado con su grupo el día siguiente y no habría estado solo en ese aparcamiento.
—Eso no tiene ninguna lógica causal.
—Lo sé. —Erik se giró por fin—. Por eso nunca lo escribí. Porque sabía que no tenía lógica y sabía también que eso no hacía que dejara de ser lo que sentía.
Marta lo miró durante un momento con la mirada que usaba cuando necesitaba ver a alguien de verdad y no simplemente registrar su presencia.
—¿Cuándo fue la última vez que pensó en él?
—Hace tres semanas, cuando empecé a investigar los casos. Su nombre apareció en la búsqueda del archivo del periódico, el párrafo breve que publicamos en su momento. Lo vi y sentí que las dos cosas estaban conectadas, los casos nuevos y lo de Sergi, aunque todavía no tenía cómo probarlo.
—¿Por eso empezó a investigar?
Erik tardó en responder.
—Empecé a investigar porque J.M. me mandó el mensaje y porque era la historia que había que contar.
Pero hay una parte de mí que lleva cuatro años sabiendo que algo no cuadraba con lo de Sergi y que nunca encontró el momento de decirlo en voz alta.
—Hizo una pausa—. Supongo que investigar esto era también la única forma que tenía de decirlo.
Era una honestidad que no le habían pedido y que llegaba con el peso de las honestidades que se han guardado tanto tiempo que cuando salen no tienen nada de la suavidad de las confesiones preparadas y todo de la dureza de las cosas que se dicen porque ya no se puede seguir sin decirlas.
—Erik.
—¿Sí.
—La mochila de Sergi Palau va a ser una pieza clave de la investigación. Lo que usted acaba de contarme sobre haberlo conocido será relevante en el expediente. Necesito que eso quede en declaración formal.
—Lo sé.
—¿Puede hacerlo esta tarde?
—Sí.
—Bien. —Marta se levantó—. Y lo que está sintiendo ahora mismo respecto a Sergi no tiene ninguna relación con lo que ocurrió cuatro años atrás.
Nada de lo que usted hizo o dejó de hacer habría cambiado lo que le ocurrió a él.
Lo que cambió lo que le ocurrió a él fue la decisión de otra persona. Eso no está en usted.
Erik la miró sin responder. No porque no creyera lo que ella decía, sino porque había cosas que el cerebro entendía y el cuerpo tardaba más tiempo en aceptar, y esa diferencia de velocidad era parte del proceso y no un fallo de él.
Marta salió a la calle. El frío de las diez y media de la mañana era el mismo frío de las siete, sin variación perceptible, con esa constancia del invierno de alta montaña que no tiene los matices térmicos del invierno de las ciudades de llanura sino simplemente la misma temperatura como condición de fondo permanente.
Caminó hacia la pensión para recoger los expedientes que necesitaría para la reunión de la tarde con Solà y los técnicos de Barcelona, y durante ese camino corto de cuatro minutos hizo lo que hacía a veces cuando el peso de un caso llegaba a un punto determinado: calculó mentalmente cuántas llamadas como la de Joseba Urresti había hecho en quince años de trabajo en la unidad de desaparecidos.
No lo sabía con exactitud, nunca lo había contado, pero el número aproximado que su memoria producía era suficientemente grande como para que hubiera aprendido a alojar esas llamadas en un lugar específico de sí misma donde no interferían con la capacidad de seguir trabajando pero donde tampoco desaparecían, porque desaparecer habría sido otra forma de traicionar a quienes las recibían.
No era un sistema perfecto. Era el sistema que tenía.
La tarde del miércoles fue la más densa en términos de trabajo técnico desde el inicio del caso.
La reunión con Solà y el equipo de Barcelona duró desde la una hasta las cinco, con una pausa de veinte minutos para comer algo que ninguno de los cinco comió con verdadero apetito.
El foco era la convergencia entre los datos del perfil que Marta había construido con Andreu Prats, la lista de once personas que Erik había preparado y los registros de licencias y actividad laboral que Puig había extraído del sistema de la estación.
La séptima ficha de la lista de Erik estaba sobre la mesa.
Solà la leyó dos veces. Luego levantó la vista hacia Marta.
—¿Tiene algo que lo conecte directamente con alguno de los casos?
—No todavía. Tenemos coincidencia de perfil y presencia verificada en el entorno durante el período relevante. Y tenemos el análisis de la aplicación de la estación, que es donde tenemos que mirar ahora.
—¿La orden de acceso al historial completo de la aplicación?
—Solicitada ayer al juez instructor. Esperamos autorización hoy o mañana.
Lo que queremos es cruzar la actividad del perfil SkiGuide_Pirineos con los datos de acceso a la plataforma.
Todos los accesos a la aplicación dejan una huella de IP y dispositivo, aunque el perfil se haya eliminado.
Si la IP de creación del perfil corresponde a una red o dispositivo que podamos vincular a la séptima ficha, tenemos el eslabón que conecta el perfil digital con la identidad real.
Uno de los técnicos de Barcelona, un hombre joven llamado Ruiz que llevaba trabajando en análisis digital desde antes de que los casos de desaparición tuvieran una dimensión online significativa, señaló algo en su portátil.
—Si el perfil fue creado desde una red wifi de la propia estación, y muchas de las interacciones ocurrieron dentro del horario de trabajo de alguien con acceso regular a las instalaciones, eso es rastreable incluso si el usuario usó medidas básicas de anonimización.
Las redes de la estación tienen logs que la empresa está obligada a conservar por normativa.
—¿Baqueira tiene esos logs?
—Sí. Los solicitamos ayer como parte de la orden de acceso digital. Deberían tenerlos disponibles antes del final del día.
Marta miró a Solà.
—Si los logs confirman la IP y la coincidencia temporal con las interacciones del perfil SkiGuide_Pirineos, tenemos base para la detención.
—¿Y los objetos del corredor forestal?
—El laboratorio de Lleida está trabajando en la identificación de restos. Necesitamos al menos una identificación positiva con huella o ADN para que el caso sea sólido ante el juez instructor. Eso puede tardar varios días.
—¿Podemos esperar?