Capítulo 8
El invierno no borra todo
Lo que la montaña guarda bajo la nieve
El miércoles amaneció con el cielo despejado y una temperatura que el termómetro del exterior de la pensión marcaba en dieciséis grados bajo cero, el frío más intenso de las últimas dos semanas, el tipo de frío que hace que el metal de las bisagras de las puertas se contraiga y las ventanas de madera queden selladas como si el invierno hubiera decidido, finalmente, tomarse en serio su propio trabajo.
Marta lo notó cuando intentó abrir la ventana de la habitación para ventilar antes de la ducha y la ventana no cedió hasta que aplicó una fuerza que le pareció desproporcionada para ese gesto tan cotidiano.
El frío de afuera entró en dos segundos y tardó diez minutos en irse, aunque técnicamente no se fue: solo se distribuyó de forma más uniforme por el espacio pequeño de la habitación hasta que el calefactor lo igualó con su calor eléctrico y eficiente.
Los refuerzos de Barcelona habían llegado el martes por la tarde.
Eran cuatro personas de la Unitat Central de Homicidis, dirigidas por una inspectora jefe llamada Carmen Solà que tenía cuarenta y ocho años y la autoridad tranquila de quien lleva décadas en casos de este tamaño y ha aprendido que la tranquilidad no es indiferencia sino la condición de trabajo más productiva disponible.
La reunión de coordinación del martes por la tarde había durado tres horas y había resultado, contra el pronóstico de Marta, más útil de lo que esperaba: Solà había escuchado el resumen del caso con atención genuina, había hecho preguntas que eran las preguntas correctas, y al final de la reunión había dicho algo que Marta no olvidaría: Usted construyó el mapa.
Nosotros somos los que venimos a recorrerlo. No cambiemos los roles ahora.
Era un reconocimiento que Marta no había pedido y que recibió con la incomodidad de quien no sabe bien qué hacer con la aprobación pero entiende que resulta funcional.
El miércoles a las siete y cuarto, Marta estaba en el aparcamiento de la base de Baqueira con Solà y dos de los técnicos del equipo de Barcelona.
El equipo forense de Lleida, con Casamitjana al frente, seguía trabajando en el corredor forestal con el rastreo ampliado que Puig había coordinado el día anterior con la Guardia Civil.
La nueva nieve de la noche había cubierto parte del trabajo previo, lo cual era un problema para algunos aspectos del análisis y no para otros, porque la nieve nueva también preservaba las capas inferiores con la eficiencia que solo tiene el frío sostenido de alta montaña.
Fue a las nueve y diecisiete de esa mañana cuando Casamitjana salió del perímetro del corredor forestal y caminó hacia donde estaban Marta y Solà con esa caminata específica que tienen los forenses cuando han encontrado algo que cambia la escala del caso.
—Hay más —dijo, cuando llegó a la distancia en que podía hablar sin subir la voz.
Marta esperó.
—A trescientos metros del cauce del Nere, en dirección noroeste, hay una zona de terreno que el rastreo con varilla identifica como alterado en múltiples puntos.
No es un solo depósito. Son varios, a profundidades distintas y con grados de conservación distintos.
El técnico de la Guardia Civil que coordina el rastreo estima que necesitaremos cuatro días más de trabajo sistemático para cubrir el área completa.
—¿Objetos o restos? —preguntó Solà.
—Las dos cosas, en distintos puntos. Los objetos en algunos casos son anteriores a los restos del cauce que encontramos ayer.
La dispersión temporal sugiere un período de actividad que el laboratorio tendrá que acotar con más precisión, pero que el técnico forense no querría poner por debajo de ocho años.
Ocho años. El número que Marta había llevado en la cabeza desde que la coordinación de Lleida le había puesto sobre la mesa la anomalía estadística, el número que había dado forma al caso antes de que el caso tuviera nombre, convertido ahora en una estimación forense provisional que lo sacaba del territorio de la estadística y lo instalaba en el territorio de lo concreto e irreversible.
Solà miró a Marta con la expresión de quien acaba de recibir una confirmación que esperaba y que aun así tiene el peso de las confirmaciones que una parte de uno preferiría no recibir.
—Necesitamos más equipo —dijo Solà.
—Lo sé.
—Esta tarde hablo con Barcelona. Mañana por la mañana habrá más personas.
—Bien.
Casamitjana volvió al perímetro. Marta y Solà se quedaron un momento en el borde del aparcamiento, con el frío de las nueve de la mañana asentado en el aire con la estabilidad de los días en que la temperatura no va a cambiar durante las horas de luz, y las pistas de Baqueira al fondo, visibles desde donde estaban, con sus telesillas en movimiento y sus figuras de colores descendiendo por las pendientes con la alegría de los que han venido exactamente a esto y no saben, o no quieren saber, que a cuatrocientos metros de donde están esquiando hay hombres y mujeres de rodillas sobre la nieve extrayendo del suelo cosas que llevan años esperando que alguien las sacara.
—Tengo que hacer una llamada —dijo Marta.
Solà asintió y se alejó hacia el coche donde los dos técnicos esperaban con el motor encendido.
Marta sacó el teléfono y buscó en la agenda el número que había guardado bajo las iniciales J.U.
, que correspondían a Joseba Urresti, el padre de Ane Urresti, la chica de Bilbao cuyo teléfono y mochila habían sido encontrados el domingo en el corredor forestal.
Era la llamada que sabía desde el domingo que tendría que hacer en algún momento de esa semana, la llamada que en la escuela de formación de la unidad describían con eufemismos institucionales que nunca captaban del todo lo que era en realidad: el momento en que le decías a alguien que la esperanza que había llevado consigo durante dos años tenía que ser reformulada en términos que ya no la incluían.
Marcó el número. Sonó dos veces.
—¿Señor Urresti?
—Sí. —La voz era la misma que había reconocido el domingo: la voz de alguien que ha aprendido a contestar el teléfono con precaución porque sabe que las llamadas que importan de verdad no avisan.
—Soy la inspectora Bosch. Le llamo porque esta mañana el equipo forense ha encontrado nuevas evidencias en la zona de búsqueda.
Un silencio al otro lado. No largo. Del tipo que produce la contención de quien ha estado preparándose durante dos años para este silencio y aun así, cuando llega, no sabe exactamente cómo habitarlo.
—¿Es ella?
Marta eligió las siguientes palabras con la precisión de quien sabe que en determinados momentos la exactitud no es un lujo sino la única forma posible de decencia.
—La identificación forense definitiva llevará tiempo.
Pero los indicios que tenemos esta mañana son consistentes con que Ane está en la zona de búsqueda.
—Una pausa—. Señor Urresti, lo que le digo ahora es difícil.
Y lo voy a decir así, directamente, porque creo que usted merece que se lo diga directamente: las condiciones en que encontramos los restos sugieren que Ane no podría haber sobrevivido desde la fecha de su desaparición. Lo siento.
El silencio que siguió fue diferente. Era el silencio de alguien en quien algo acaba de cambiar de forma irreversible, el silencio de los que han sabido durante mucho tiempo que la respuesta era probablemente esta y que al recibirla descubren que saberlo con anticipación no prepara nada.
—Dos años —dijo Joseba Urresti, finalmente, con una voz que era completamente plana, sin inflexión, como si la emoción hubiera decidido retirarse temporalmente para dejar espacio a algo más básico, más antiguo que la emoción.
—Sí.
—Dos años buscando. Dos años llamando. Dos años que me dijeron que probablemente se había ido sola.
—Lo sé.
—¿Lo sabe de verdad?
Era una pregunta honesta y Marta la recibió como lo que era.
—Sé lo que dice el expediente y sé lo que eso significa en términos de lo que usted vivió durante esos dos años. No es lo mismo que haberlo vivido. Pero entiendo la diferencia entre las dos cosas.
Joseba Urresti no respondió de inmediato. Marta escuchó el silencio con la paciencia de quien sabe que el silencio en esos momentos no es ausencia sino presencia de algo que no tiene todavía palabras suficientes para expresarse.
—¿Van a encontrar quién lo hizo?
—Eso es en lo que trabajo.
—¿Cuándo?
—No puedo darle un plazo. Pero la investigación tiene ahora más elementos que hace una semana. Y tiene personas trabajando en ella que no van a parar.
Otra pausa.
—Tengo un hijo de dieciséis años —dijo Joseba Urresti—. El hermano de Ane. —Una pausa más corta—. Esta noche tengo que decírselo a él.
Marta no respondió a eso. No porque no tuviera qué decir, sino porque había cosas que no podían ser respondidas desde fuera, que pertenecían a un espacio que era solo de las personas que estaban dentro de ellas y donde cualquier palabra que llegara del exterior, aunque fuera bien intencionada, reducía algo que necesitaba su tamaño completo para ser honesto.
—Señor Urresti —dijo Marta, después de un momento—. Cuando tengamos la identificación definitiva, le llamo antes de que salga ninguna información pública. Eso se lo garantizo.
—Gracias.
Colgó.
Marta guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y se quedó quieta en el borde del aparcamiento durante un momento que no era de reflexión sino de algo más físico: el proceso de asentar lo que acababa de ocurrir en el lugar del cuerpo donde se alojan las cosas que son demasiado pesadas para el pensamiento solo y que necesitan también el peso de la carne para mantenerse en su sitio.
El frío de dieciséis bajo cero era perfectamente ajeno a todo eso.
Las pistas de Baqueira seguían llenas de esquiadores.