Capítulo 7 #5
No porque hubiera nada en esa ficha que gritara.
Sino exactamente porque no había nada que gritara, que era diferente.
La séptima ficha describía a alguien cuyo perfil era la suma perfecta de todo lo que Andreu Prats había descrito la tarde anterior con su precisión analítica de consultor que no necesita saber los nombres para hablar de las formas: presencia en el valle durante más de doce temporadas en distintas funciones, desde instructor eventual hasta colaborador con empresas de logística de la estación; conocimiento del territorio que incluía tanto las pistas como los accesos forestales por haber trabajado en ambas áreas en distintos momentos; manejo fluido de las plataformas digitales del sector con historial de actividad que se remontaba a varios años; y, el detalle que Marta subrayó con el bolígrafo mientras lo leía, una descripción de presencia que encajaba exactamente con lo que Neus y Raquel habían intentado articular sobre el hombre que preguntó por Laura Valls: alguien que parecía conocido sin ser identificable, que era parte del paisaje sin ser elemento central de él, que había aprendido la utilidad del segundo plano con la eficiencia de quien lo ha practicado suficiente tiempo como para que ya no requiera esfuerzo.
Llamó a Erik.
—La séptima —dijo.
Un silencio al otro lado. Breve.
—Lo pensé también —dijo Erik—. Pero no tengo nada que lo conecte directamente con ningún caso. Solo encaja en el perfil.
—Por ahora es suficiente para empezar a verificar. —Marta miró el mapa en la pared—. No le diga nada a nadie. Todavía no. Cuando lleguen los de Barcelona voy a necesitar que lo que hemos construido tenga tiempo de ser presentado correctamente antes de que ellos empiecen a moverse sin contexto.
—Entendido.
—Y Erik.
—¿Sí?
—Lo que publicó el sábado abrió algo que necesitaba abrirse. Pero lo que viene ahora requiere una precisión distinta. Publicar un nombre sin certeza destruye a una persona inocente si nos equivocamos. Y si nos equivocamos también destruye la investigación.
—Lo sé —dijo Erik.
Lo dijo con la calma de quien lleva días sosteniendo la tensión entre las dos lógicas que habían definido cada conversación entre ellos desde el martes anterior, la lógica de la investigación que necesita tiempo y la lógica del periodismo que construye protección mediante la visibilidad, y que esa mañana había decidido, sin haberlo dicho explícitamente, en cuál de las dos confiaba más en este momento específico de las cosas.
—Publico cuando me digas que es el momento —dijo Erik—. No antes.
Era la primera vez que lo decía con esa claridad, y Marta lo registró no como concesión sino como lo que era: la decisión de alguien que ha entendido que en determinadas circunstancias la forma de ejercer la responsabilidad periodística es precisamente la de esperar, que el coraje no siempre tiene la forma de la publicación inmediata sino a veces la de la paciencia que protege la posibilidad de publicar la verdad completa cuando la verdad completa esté disponible.
—Cuando sea el momento, lo sabrá —dijo Marta.
Colgó. Se terminó el café de un trago, aunque ya estaba frío.
Cogió el cuaderno, repasó las notas de los últimos tres días con la visión de conjunto que solo se tiene cuando los elementos ya están todos sobre la mesa y lo que falta no es información sino el gesto de juntarlos, y salió a la calle con el abrigo abrochado y el frío del martes de enero del valle de Arán recibiéndola con su indiferencia perfecta de alta montaña.
Los refuerzos de Barcelona llegaban en dos horas.
El equipo forense seguía en el cauce del Nere.
Puig estaba coordinando el rastreo ampliado con la Guardia Civil en el corredor forestal.
Y en algún punto de ese valle que esta mañana brillaba con la nieve nueva sobre la nieve vieja, completamente ajeno a todo lo que se movía a su alrededor o actuando como si lo fuera, que no era lo mismo pero podía parecerlo desde fuera, había alguien que hacía exactamente lo que Andreu había descrito: mantener la normalidad estudiada de quien sabe que la amenaza ha aumentado y ha decidido que la única respuesta posible es ser todavía más perfectamente ordinario.
Marta caminó hacia la comisaría por la calle Mayor con el paso de quien tiene una dirección y no la mayor urgencia del mundo para llegar a ella, porque la urgencia que no se nota es la que protege mejor el trabajo que tiene que hacerse antes de que nadie lo interrumpa con la urgencia de los que llegan de fuera con sus propios métodos y sus propias certezas y su falta absoluta de conocimiento del territorio donde todas esas certezas tendrán que aplicarse.
El valle a esa hora de la mañana era el valle de siempre: piedra y nieve y cielo y el río invisible bajo el hielo de los bordes.
Pero en el cuaderno de Marta, en los once nombres del archivo de Erik, en el mapa con sus puntos rojos y su mancha de zona sin cobertura, la forma de lo que buscaba ya existía con una claridad que los días anteriores no tenían.
Un nombre que todavía no era una certeza pero que ya tenía la consistencia de las hipótesis que han sobrevivido suficientes pruebas como para que descartarlas requiriera más esfuerzo que sostenerlas.
Alguien que conocía la nieve. Alguien que había hecho de ese conocimiento, durante más de una década, el instrumento de algo que la nieve guardaba con su paciencia perfecta de materia que no juzga lo que cubre.
La nieve nueva de esa mañana cubría la nieve vieja.
Y debajo de la nieve vieja había capas anteriores, y debajo de esas capas había tierra, y debajo de la tierra había lo que el equipo forense estaba levantando metro a metro en el cauce del Nere con la metodología precisa de quien sabe que lo que saca del suelo no puede volver a ponerse donde estaba, y que eso, en este caso, era exactamente lo que hacía falta.