Misterio en el valle de Aran Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

La diferencia entre los tres primeros casos y el cuarto era geográficamente significativa: los tres primeros habían ocurrido en el entorno de Baqueira, en la zona de las pistas y sus accesos.

El cuarto había ocurrido en el centro de Vielha, a cuatro kilómetros de la estación.

Eso podría indicar una variación de método.

O podría indicar que el cuarto caso había comenzado en el centro del pueblo y continuado en la dirección del corredor forestal que ahora el equipo de Puig estaba rastrillando bajo la nieve de domingo.

Marta abrió la segunda capa del análisis: las cámaras de vigilancia.

La estación de Baqueira Beret tenía cámaras en cuatro puntos: el área de aparcamiento principal, la zona de alquiler de material en la base, el acceso al telecabina de Orri y la entrada al área de aparcamiento secundario del sector Este.

Cuatro cámaras para una superficie de más de doscientos kilómetros cuadrados de territorio esquiable, lo cual dejaba un porcentaje de área no cubierta que era matemáticamente casi total.

En el municipio de Naut Aran, la cobertura de videovigilancia pública era aún más limitada: la cámara del Ajuntament en la plaza de Arties, dos cámaras privadas de bancos en el centro de Vielha que grababan las entradas de sus establecimientos, y la cámara del aparcamiento del hotel Oriol que cubría únicamente su propio acceso privado.

El tramo entre Baqueira y Vielha, los cuatro kilómetros de carretera que seguían el río Nere y que incluían el corredor forestal donde esta mañana el equipo forense había encontrado ropa enterrada, no tenía una sola cámara.

Ninguna en los accesos forestales. Ninguna en los senderos de servicio.

Ninguna en los cuatro kilómetros de carretera que unían la estación de esquí más cara de España con la capital comarcal del valle.

Eso no era un descuido. Era el resultado de años de decisiones de inversión que habían priorizado la cobertura de los puntos de servicio al cliente sobre cualquier otra consideración.

En términos de rentabilidad inmediata, era una decisión perfectamente racional.

En términos de lo que esa ausencia de vigilancia había permitido, durante cuánto tiempo y con qué consecuencias, la racionalidad dejaba de ser la palabra correcta.

Marta dibujó en el mapa de la pared, con un rotulador rojo que sacó del maletín, el contorno de la zona sin cobertura de cámara.

Resultó ser una mancha que cubría aproximadamente el ochenta y siete por ciento del territorio de la comarca.

El centro comercial y de servicios del valle, el dos por ciento restante, brillaba en el mapa como una isla de visibilidad rodeada de invisibilidad total.

Quien conocía ese mapa podía moverse en él con una impunidad que ningún sistema diseñado para proteger a los visitantes del valle era capaz de contrarrestar.

Y quien lo conocía con esa precisión no lo había aprendido de un mapa, sino de la experiencia acumulada de moverse por ese territorio durante el tiempo suficiente para que el conocimiento se volviera instinto.

Eso reducía la hipótesis del visitante ocasional o del turista oportunista a algo que ya no podía sostenerse con ninguna honestidad intelectual.

Esto era alguien del interior. Alguien con acceso permanente o semipermanente al territorio.

Alguien que formaba parte de la infraestructura visible del valle con la suficiente regularidad como para que nadie lo viera de verdad, porque ver de verdad requiere que lo que observas contraste con lo que esperas y cuando alguien forma parte del paisaje esperado deja de generar ese contraste.

Esto era, pensó Marta mientras miraba el mapa con la mancha roja, la invisibilidad perfecta: no el disfraz ni la oscuridad ni la huida, sino la presencia tan completa y tan familiar que se vuelve parte del fondo sobre el que los demás se mueven sin mirar.

A las once y cuarenta llamó Puig con novedades del rastreo.

—El equipo forense amplió el radio —dijo Puig—.

Encontraron dos cosas más. Una mochila de montaña enterrada a ciento cuarenta metros del primer punto, a mayor profundidad.

Y a doscientos diez metros, al borde del cauce del Nere, una zona con alteración del suelo que los técnicos quieren examinar mañana con mejor equipamiento.

Marta esperó.

—¿La mochila?

—Con contenido. Documentación personal, un monedero con tarjetas sin efectivo, un cargador de teléfono.

—Puig hizo una pausa—. Los documentos corresponden a una chica de diecinueve años de Bilbao.

Desaparición registrada hace dos temporadas en los archivos de la Guardia Civil.

Caso archivado como voluntaria sin resolución.

Dos temporadas. Hacía dos temporadas. Antes de los cuatro casos que Marta había venido a investigar. Antes incluso del patrón que la coordinación de Lleida había identificado en los registros estadísticos como la anomalía que justificaba su desplazamiento.

—El caso de la chica de Bilbao —dijo Marta—. Tráigame el expediente esta tarde.

—Lo tengo en camino. —Otra pausa—. Marta. La zona del cauce del Nere que los técnicos quieren examinar mañana. El técnico principal me dijo algo antes de colgar que prefiero decirte en persona.

—Dígamelo ahora.

Un silencio breve.

—Dijo que la alteración del suelo no es reciente. Y que el cauce del Nere en ese tramo, en los meses de mayor caudal, cubre la orilla hasta aproximadamente dos metros de donde encontraron la alteración. En invierno, con el río bajo y parcialmente congelado, esa zona queda al descubierto.

Marta procesó eso durante el tiempo exacto que necesitaba para procesarlo y no un segundo más.

—¿Cuándo puede estar el equipo completo de análisis mañana?

—Con luz. Las siete de la mañana.

—Estaré ahí.

Colgó y se quedó mirando el mapa en la pared.

La mancha roja de la zona sin cobertura de cámara.

El sendero forestal marcado con línea discontinua verde, que correspondía a la ruta que Toni Subias les había mostrado.

El punto rojo donde el equipo forense había excavado esa mañana.

Y ahora dos puntos más, marcados a lápiz porque todavía no tenían la categoría definitiva que merecía el rotulador rojo: la mochila de la chica de Bilbao, la alteración del cauce del Nere.

El mapa estaba cambiando. No la geografía, que llevaba siglos siendo lo que era, sino la lectura de esa geografía, que hasta esa mañana había sido la lectura de un territorio turístico y que ahora empezaba a parecerse a la lectura de algo completamente diferente: el territorio de alguien que llevaba años usando el paisaje como los paisajes nunca deben ser usados.

Erik llegó a las doce en punto con el abrigo cubierto de nieve fina que había empezado a caer en la última media hora, esa nieve de cristales pequeños y secos que el Pirineo produce cuando el viento baja del norte con la temperatura justa.

Llamó a la puerta de la habitación y cuando Marta abrió, lo primero que vio fue el mapa en la pared con sus marcas de rotulador y sus puntos de lápiz, y se detuvo en el umbral un momento mirándolo con la expresión de quien reconoce la forma de algo antes de haber leído cada uno de sus detalles.

—Siéntese —dijo Marta.

Erik se sentó en la única silla de la habitación. Marta se quedó de pie frente al mapa.

Le contó lo de la mañana. Le contó la chaqueta roja, el guante negro, el teléfono con la batería extraída.

Le contó la mochila de la chica de Bilbao, dos temporadas atrás, con los documentos personales todavía dentro.

Le contó la alteración del cauce del Nere que los técnicos querían examinar al día siguiente con el material adecuado, y le contó lo que Puig había dicho sobre la relación entre el cauce y la orilla y los meses de mayor caudal, sin necesidad de explicitar lo que esa relación podría significar porque Erik era suficientemente inteligente para entenderlo sin que se lo explicaran y suficientemente honesto para no pretender que no lo había entendido.

Erik escuchó sin interrumpir. La expresión de su cara durante los diez minutos que duró el relato de Marta fue cambiando de la concentración al reconocimiento y del reconocimiento a algo que no era exactamente miedo pero que ocupaba el mismo espacio que el miedo cuando una persona entiende que el mundo al que creía pertenecer tiene una dimensión que no había percibido aunque hubiera estado delante de sus ojos durante todo el tiempo.

Cuando Marta terminó, hubo un silencio que ninguno de los dos interrumpió de inmediato.

—La chica de Bilbao —dijo Erik finalmente—. Hace dos temporadas.

—Caso archivado en la Guardia Civil como voluntaria sin resolución.

—Marta señaló el mapa—. Lo que encontré esta mañana en GECOR, el sistema de análisis de datos telefónicos, son cuatro casos con el mismo patrón de corte de señal.

Pero si añadimos los expedientes archivados que Puig identificó el viernes, que son catorce en ocho años, y empezamos a verificar los datos de telefonía de esos casos más antiguos, el patrón puede ser mucho más largo de lo que tenemos documentado.

—¿Y la aplicación de la estación?

Era la pregunta que Marta había estado guardando para este momento, porque era la pregunta que conectaba los cuatro casos recientes con algo que todavía no podía verificar plenamente pero que tenía una dirección suficientemente clara.

—Esta mañana, mientras el equipo forense trabajaba en el bosque, solicité al juez de Lleida la orden de acceso a los mensajes privados de las cuentas de las cuatro víctimas en la aplicación de Baqueira Beret.

La solicitud estaba avalada por Puig y fundamentada en los datos de telefonía que ya teníamos. El juez la autorizó a las once y media.

Erik la miró.

—¿Tan rápido?

—Le adjunté el informe preliminar del equipo forense de esta mañana. Cuando hay objetos enterrados en el bosque, los jueces tienden a considerar que la urgencia está justificada.