Capítulo 6 #2
No había visto una chaqueta roja en los expedientes de los cuatro casos recientes.
Lo que había visto, en la descripción de los objetos hallados que Hèctor Gessa había leído de su libro de incidencias cuatro años antes, era una chaqueta de esquí roja de talla pequeña, marca sin recordar, entregada a la Guardia Civil como objeto hallado en zona forestal.
Sacó el cuaderno. Buscó la nota. La referencia topográfica que había copiado la noche en que estuvieron en la casa de Hèctor en Les. La comparó con la ubicación GPS que Casamitjana había tomado cuando comenzaron la excavación.
La distancia entre las dos referencias era de trescientos metros.
Tres cientos metros en un bosque donde en invierno la visibilidad no superaba los cuarenta y la nieve borraba cualquier rastro en horas.
—Casamitjana —dijo Marta—. Necesito que cuando analicen la chaqueta verifiquen si la descripción coincide con el objeto que la Guardia Civil registró como hallazgo forestal hace cuatro años. Número de expediente que les paso esta tarde.
Casamitjana asintió sin preguntar por qué. Era uno de esos profesionales que han aprendido que el porqué llega después y que mientras tanto lo que importa es la precisión del proceso.
Marta se apartó del escenario de excavación unos metros y miró el bosque a su alrededor.
La luz de las nueve de la mañana ya llegaba con más ángulo que a su llegada, y entre los abetos el territorio se revelaba con una claridad diferente a la de la primera hora, con más sombras y más textura, con esa complejidad del bosque de montaña en invierno que desde las pistas de esquí parece simplemente blancura y desde dentro resulta ser un sistema denso de información que requiere saber leerlo.
Alguien sabía leer esto. Alguien conocía este bosque como se conoce un lugar que se ha frecuentado durante tiempo suficiente para que el conocimiento sea corporal, anterior a cualquier mapa o descripción.
Alguien sabía que esta explanada entre estos tres abetos específicos quedaba fuera de cualquier ruta de servicio, fuera de cualquier patrulla regular, fuera de la zona de cobertura que los sistemas de vigilancia de la estación alcanzaban aunque los sistemas hubieran querido alcanzarla, que era discutible.
Llamó a Puig.
—El equipo forense encontró objetos enterrados en la zona boscosa —dijo, cuando Puig respondió al primer tono con la señal de que también había estado esperando—.
Ropa y un teléfono. Nada biológico de momento.
Pero la excavación está en curso. Necesito que amplíes el radio de búsqueda en esta área antes de que acabe el día.
—¿Cuánto radio?
—Trescientos metros en todas las direcciones desde el punto de hallazgo. Con el equipo de la Guardia Civil si puedes coordinarlo, porque las competencias forestales son suyas y no quiero que haya disputas de jurisdicción cuando más importa que no las haya.
Una pausa al otro lado. Marta podía imaginar a Puig calibrando los recursos disponibles en domingo y lo que cada llamada que tenía que hacer iba a costarle en términos de favores institucionales y de la moneda invisible de las deudas entre cuerpos que en zonas de montaña se acumulan durante años.
—Lo gestiono —dijo Puig—. Dame una hora.
—Tienes cuarenta minutos. La luz en esta zona empieza a perderse antes de las cinco.
Colgó y caminó de vuelta hacia el punto de hallazgo.
Casamitjana estaba completando el inventario de los objetos con la metodología precisa de los registros forenses, nombrando cada pieza en voz alta para que la técnica auxiliar lo transcribiera en el formulario correspondiente.
Marta escuchó el inventario con la atención de quien tiene en la cabeza simultáneamente la lista de lo que están encontrando y la lista de lo que podría haber en los trescientos metros restantes que todavía no habían tocado.
El teléfono con la batería extraída era el objeto que más le interesaba en términos de investigación inmediata.
Sin batería, era imposible encenderlo en campo.
Con batería, y asumiendo que el tiempo de enterramiento no hubiera dañado irreversiblemente la memoria interna, podría contener información que ningún servidor remoto habría conservado: fotos sin subir, mensajes borrados de aplicaciones que no hacían copia de seguridad automática, historial de ubicaciones almacenado localmente.
Era el tipo de información que los teléfonos guardaban en sus propias entrañas sin que nadie lo hubiera pedido deliberadamente, el rastro de la presencia en el mundo que los sistemas digitales producían como subproducto de su funcionamiento.
Alguien había extraído la batería. Eso no era un accidente.
Extraer la batería de un smartphone no es un gesto instintivo: requiere herramientas en la mayoría de los modelos actuales y conocimiento de que un teléfono con batería puede ser localizado incluso apagado, a través de las señales de red que emite periódicamente.
Era un gesto que delataba conocimiento técnico de los sistemas de localización.
No el conocimiento de un especialista en telecomunicaciones, pero sí el de alguien que había buscado esa información y la había aplicado con método.
Marta fotografió el teléfono en su bolsa de evidencia antes de que Casamitjana la cerrara definitivamente.
Llamó a Erik a las nueve y cuarenta.
—Necesito que vengamos al lugar de análisis esta tarde —dijo—. Tengo algo que contarle que cambia la dirección de la investigación.
Erik no preguntó qué. Lo que Marta le había dicho la noche anterior sobre el equipo forense y los indicios del acceso forestal era suficiente para entender que lo que venía ahora no era una pista más sino algo de otra categoría.
—¿A qué hora?
—A las doce, como quedamos. Pero en la pensión, no en un bar. Necesito que lo que hablemos no tenga testigos.
La mañana que siguió fue la mañana más larga que Marta recordaba haber pasado en un caso desde hacía años.
No por la falta de actividad, que era todo lo contrario, sino por la densidad de las horas, que iban cargándose progresivamente con información que se acumulaba sin que el marco general todavía la contuviera toda con comodidad.
El análisis digital comenzó a las diez y media en la habitación de la pensión, que para esa hora tenía los expedientes de los cuatro casos extendidos sobre la cama, el mapa del territorio en la pared, y un ordenador portátil conectado a la red institucional de los Mossos mediante VPN a través del cual Marta había solicitado acceso a la plataforma de análisis de datos telefónicos de la unidad de coordinación de Lleida.
El sistema, llamado internamente GECOR, era una herramienta desarrollada en colaboración con las operadoras para la reconstrucción de movimientos de personas a través de los registros de antenas de telefonía.
No necesitaba una orden judicial para el análisis de datos de antenas que ya obraban en los expedientes de los casos, porque esos datos habían sido solicitados formalmente por los cuerpos policiales en el momento de las denuncias.
Lo que necesitaba era tiempo y alguien que supiera leer lo que el sistema producía.
Marta sabía leerlo. Era, junto con la capacidad de escuchar lo que la gente no decía, la habilidad técnica en la que más había invertido en los últimos años de carrera.
Los datos de telefonía de los cuatro casos mostraban un patrón que individualmente era invisible y que en conjunto resultaba de una claridad que le produjo ese frío particular que no venía del exterior sino del interior cuando algo confirma lo que habías empezado a sospechar pero todavía esperabas que no fuera verdad.
Álvaro Mendoza, el menor de Burgos: último registro de red a las 17:42 del diecisiete de noviembre, en una antena de Baqueira.
Siguiente registro: nada. El teléfono desapareció de la red sin el proceso progresivo de alejamiento de las antenas que produce cualquier desplazamiento voluntario en vehículo o a pie.
La desaparición de la red fue abrupta, del tipo que produce el apagado de un dispositivo o la extracción de su batería.
Paula Giró, la chica de Tarragona: último registro de red a las 16:18 del cuatro de diciembre, en una antena del pueblo de Arties.
Misma pauta: corte abrupto, sin gradación de alejamiento.
El teléfono de Paula tenía un modelo de los que requieren herramienta para la apertura de la tapa trasera y extracción de batería.
En el expediente inicial, ese detalle no había sido recogido como relevante.
Laura Valls, la chica de Barcelona: último registro de red a las 17:31 del lunes anterior, en la antena más cercana al sector de la pista Escornau.
Corte abrupto. El modelo del teléfono de Laura era uno de los que tienen la batería integrada no extraíble, lo que significaba que para eliminar su señal alguien habría tenido que apagarlo mediante el sistema operativo o introducirlo en un contenedor de bloqueo de señal, los llamados bolsos de Faraday, que son materiales conductores que aislan los dispositivos electrónicos de cualquier comunicación de red.
Iñigo Larrea, el chico de San Sebastián: último registro de red a las 22:47 del viernes anterior, en una antena del centro de Vielha. Corte abrupto.
Cuatro dispositivos. Cuatro cortes abruptos de señal. Cuatro momentos en que una persona con un teléfono activo dejaba de existir para la red con la inmediatez de quien ha sido desconectado, no de quien se aleja gradualmente hasta perder cobertura.