Misterio en el valle de Aran Capítulo 6
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Capítulo 6

El mapa de los invisibles

Lo que las cámaras no graban y los algoritmos no detectan

El domingo amaneció con el mismo cielo despejado del sábado, pero algo en la luz era distinto.

No era la intensidad ni el ángulo, que a esa hora de enero en el fondo del valle siempre llegaba oblicuo y tardío, sino algo más difícil de nombrar: la sensación de que el aire contenía una carga que la claridad no disipaba sino que revelaba.

Marta lo notó cuando salió de la pensión a las seis y cuarenta de la mañana, con el cuaderno en el bolsillo y el termo de café que había pedido a Dolors la noche anterior con la delicadeza de quien no quiere pedir demasiado pero sabe que va a necesitar más de lo que tiene.

El aparcamiento de Baqueira a las siete de la mañana era un lugar completamente diferente al aparcamiento de las once de la mañana.

No había familias con los esquís al hombro ni grupos de amigos deliberando sobre qué sector abrir primero.

Había coches oscuros, el calor de los motores dibujando volutas sobre la nieve compactada, y tres hombres del equipo forense que Puig había conseguido movilizar en domingo con la eficiencia de quien lleva décadas siendo capaz de hacer funcionar una institución a golpe de voluntad personal.

Eran técnicos de la Unitat de Investigació Criminal de la demarcación de Lleida, que habían llegado esa mañana temprano con el material de análisis y la expresión de quien ha aprendido a no anticipar lo que va a encontrar hasta encontrarlo.

Toni Subias llegó en su furgoneta del mantenimiento a las siete y diez, con el mono de trabajo y el gorrito de lana que llevaba siempre en los turnos de madrugada, y los guio hacia el primer acceso forestal sin hablar más de lo necesario.

Era un hombre que entendía que en ese contexto las palabras sobraban y los pasos no.

El sendero que bordeaba el río Nere empezaba donde terminaba el asfalto del último aparcamiento de la base, en un punto que durante el día quedaba cubierto por el tráfico de esquiadores y vehículos de servicio y que a esa hora de la mañana revelaba su geometría real: una apertura estrecha entre dos filas de abetos, marcada solo por una señal metálica oxidada que decía USO EXCLUSIVO PERSONAL TÉCNICO en catalán y castellano.

Más allá de esa señal, el mundo de la estación terminaba y empezaba algo que no tenía nombre en los folletos de la empresa.

Marta caminó detrás de Toni con los técnicos forenses siguiéndola, observando el terreno con la atención de quien sabe que la superficie de la nieve guarda información que no se repite, que las marcas se cubren o se deforman y que lo que el equipo del día anterior había descrito en términos preliminares podía haber cambiado con las heladas nocturnas.

El tramo entre el primer y el segundo acceso era una recta de unos doscientos metros, con el río invisible bajo la nieve a la derecha y el muro de roca viva del monte a la izquierda.

La nieve ahí tenía una compacidad diferente a la nieve de las pistas: no tratada, no comprimida por las máquinas, sino dejada como la ponía el viento y la temperatura, con una superficie de cristales irregulares que bajo la luz lateral de las siete de la mañana producía un efecto casi irreal, como si el suelo fuera de vidrio mate.

El segundo acceso era el punto donde Toni había encontrado las marcas que describió el día anterior.

Era también, según la información de Hèctor Gessa verificada con el mapa topográfico que Puig había conseguido de los archivos forestales, el punto donde la cobertura de telefonía móvil alcanzaba su mínimo en todo el corredor.

En la zona entre el segundo y el tercer acceso, un tramo de aproximadamente ciento ochenta metros, tres de las cuatro operadoras principales del territorio perdían la señal completamente durante periodos variables dependiendo de las condiciones atmosféricas.

La cuarta mantenía una cobertura emergencia que los técnicos de telecomunicaciones describirían como funcionalmente inútil para cualquier uso que no fuera la llamada de socorro más básica.

Marta se detuvo en el segundo acceso y miró el terreno con la metodología de los que han aprendido que mirar con prisa es no mirar.

Las marcas que el equipo del día anterior había documentado preliminarmente estaban ahí, parcialmente modificadas por la helada nocturna pero todavía legibles para quien sabía leerlas.

No eran huellas de bota en el sentido convencional, que habrían sido lo más obvio y también lo más fácil de explicar como tráfico casual de personal de mantenimiento.

Eran algo más sutil: una compresión lineal de la nieve en una dirección que no correspondía a ninguno de los accesos marcados, que iba desde el borde del sendero hacia el interior del bosque en un ángulo de unos treinta y cinco grados respecto al eje del río.

Una línea de presión discontinua, interrumpida por zonas donde la nieve había sido levemente perturbada a los lados como si algo hubiera sido arrastrado y hubiera dejado pequeñas acumulaciones laterales al desplazarse.

Marta lo señaló al técnico forense principal, un hombre de unos cuarenta años llamado Casamitjana que tenía esa manera de moverse en los escenarios que tienen los que llevan suficientes años en el oficio como para que la urgencia haya dejado de alterar su ritmo de trabajo.

—La dirección —dijo Marta—. No corresponde a ninguna de las rutas de servicio que aparecen en el mapa forestal.

Casamitjana se agachó junto a la compresión lineal y la examinó con una linterna de pequeño formato aunque la luz del día era suficiente.

—Arrastre —dijo—. No pisado. Algo fue movido en esta dirección. Con peso.

—¿Cuándo?

—La helada de anoche ha conservado la estructura exterior.

Sin eso, no habríamos podido leer nada. —Casamitjana se incorporó—.

No puedo darte una fecha precisa sin análisis de laboratorio.

Pero la capa de nieve sobre la compresión tiene un espesor que sugiere que esto ocurrió antes de las últimas nevadas del miércoles. Días antes, al menos.

Siguieron en dirección al interior del bosque siguiendo el ángulo de la marca, con Casamitjana abriendo paso y los otros dos técnicos documentando fotográficamente cada metro antes de que nadie lo pisara.

Toni Subias se quedó en el sendero principal porque Marta le había pedido que marcara el punto de entrada y no avanzara más: era ya territorio del equipo forense y la contaminación del escenario era un riesgo que en esa fase no podían permitirse.

A unos noventa metros del sendero, el bosque se abría ligeramente en una zona donde tres abetos grandes formaban un triángulo natural que en verano habría parecido una pequeña explanada de hierba y que en invierno, bajo la nieve, era simplemente una zona de relieve diferente al resto, sin los montículos de las raíces superficiales ni las irregularidades del suelo arbóreo que el resto del bosque producía.

Esa regularidad, en un terreno que por definición era irregular, era en sí misma una anomalía.

Casamitjana se detuvo.

—Aquí —dijo.

Lo que había en esa zona no era visible a primera vista.

Lo que Casamitjana señaló era una diferencia en la textura de la nieve: en el centro de la explanada natural, la superficie tenía una compacidad mayor que en los bordes, como si hubiera sido comprimida desde arriba con un peso uniforme durante un tiempo prolongado, y luego cubierta por las nevadas posteriores que habían igualado el aspecto superficial pero no habían borrado completamente la diferencia de densidad que la presión anterior había producido.

El técnico sacó del maletín una varilla metálica fina, del tipo que usan los equipos de búsqueda en avalanchas para explorar el manto de nieve, y la introdujo con cuidado en distintos puntos de la zona.

La resistencia que ofrecía la nieve era diferente en el centro respecto a los bordes: más compacta, más dura, con algo debajo que la varilla alcanzaba a los ochenta centímetros de profundidad y que no era roca ni raíz.

—Excavamos —dijo Casamitjana.

Tardaron cuarenta minutos.

Lo que encontraron a ochenta y tres centímetros de profundidad, en el centro exacto de la explanada entre los tres abetos, era ropa.

No restos humanos. Ropa: una chaqueta de esquí de color rojo oscuro, enrollada con una precisión que no era la de quien tira algo sino la de quien lo guarda; debajo de la chaqueta, un guante de esquí izquierdo de color negro, sin el derecho; más abajo, envuelto en una bolsa de plástico transparente que había preservado su contenido de la humedad, un teléfono móvil con la pantalla rajada y la batería extraída.

Casamitjana los fue sacando uno por uno, con la delicadeza de quien maneja objetos que han estado esperando exactamente este momento, y los depositó en las bolsas de evidencia etiquetadas que su técnica auxiliar abría y cerraba con la eficiencia silenciosa de quien ha hecho ese mismo gesto muchas veces y sabe que el gesto importa más que la velocidad.

Marta los miraba sin acercarse más de lo necesario.

Miraba la chaqueta roja. Miraba el guante negro.

Miraba el teléfono con la pantalla rajada.

Y en algún lugar de su mente estaba calculando no lo que esos objetos significaban en términos técnicos de evidencia, que eso lo procesaría después, sino lo que significaban en términos de lo que llevaban bajo la nieve y el tiempo que llevaban allí.

La chaqueta tenía una etiqueta de talla visible desde donde estaba: talla XS.

Talla de mujer pequeña o de joven. El rojo del tejido era todavía relativamente vivo, lo que sugería que la degradación no había avanzado mucho, que la temperatura del suelo congelado había actuado como conservante.