Capítulo 5 #4
—Hay tres mensajes en el correo de la redacción —dijo—. Familiares de casos anteriores. Antes de los que tenemos documentados.
Una pausa al otro lado.
—Mándamelos.
—Los mando ahora.
—Erik.
—¿Sí?
—El equipo forense terminó el análisis inicial del acceso forestal esta tarde.
—La voz de Marta tenía esa calidad que él había aprendido a identificar como la calidad de las frases que preceden a algo que no tiene marcha atrás—.
Hay marcas de arrastre en el tramo entre el segundo y el tercer acceso, en dirección al cauce del Nere.
Hay también lo que el técnico ha descrito preliminarmente como indicios de actividad humana no reciente en una zona boscosa a unos ciento veinte metros del sendero principal.
No puede precisar más hasta que hagan la excavación. Eso será mañana, con luz.
Erik dejó de escribir.
—¿Qué tipo de actividad?
—No lo especificó. —Una pausa—. Pero pidió que mañana venga el equipo completo.
La frase cayó en el silencio de la redacción vacía con el peso específico de las frases que no necesitan amplificación para llegar a donde llegan.
Erik miró la pantalla, donde el artículo que había publicado esa mañana seguía sumando visitas con la indiferencia de los procesos digitales que no se detienen porque las personas que los leen se queden sin palabras.
—¿Cuándo sabrás algo concreto?
—Mañana a mediodía, si las condiciones de nieve lo permiten. Si no, el lunes.
—¿Puig tiene suficiente con su equipo?
—Por ahora sí. Si mañana confirman lo que el técnico insinuó esta tarde, dejará de ser suficiente. —Marta hizo una pausa—. Y si deja de ser suficiente, esto deja de ser un caso de la unidad de Lleida y pasa a ser otra cosa.
—¿Qué otra cosa?
—El tipo de caso que genera refuerzos que yo no pedí y que no controlo.
Era la primera vez que Erik escuchaba algo parecido a la tensión en la voz de Marta.
No miedo, porque Marta no operaba en esa frecuencia, o al menos no en las formas que resultaban audibles.
Era algo más cercano a la anticipación de perder el control sobre algo que hasta ese momento había podido gestionar con la geometría precisa de quien trabaja en espacios acotados.
—¿Qué hago yo? —preguntó Erik.
—Los tres mensajes de las familias —dijo Marta—. Respóndales mañana por la mañana. No publique nada hasta que yo hable con usted. Y mañana, a las doce, quedamos.
Colgó.
Erik cerró el ordenador. La redacción estaba completamente en silencio excepto por el ruido de la calle que entraba amortiguado por el cristal de la ventana.
El ruido del sábado por la noche en Vielha, con sus restaurantes llenos y sus grupos moviéndose entre el après-ski y las cenas y los bares de la calle Mayor, con toda la maquinaria de la temporada alta funcionando exactamente como debía funcionar, con la eficiencia de un mecanismo que ha aprendido que la interrupción es el único error que no puede permitirse.
Esa noche, en algún bar de esa calle, habría gente brindando por la jornada de esquí. Y en algún hotel de esa misma calle, los Larrea estarían en una habitación con el teléfono entre las manos esperando que sonara.
La distancia entre esas dos realidades era de cuarenta metros lineales y de un abismo que ninguna geografía del valle había tenido nunca que cartografiar porque nunca había sido necesario.
Hasta ahora.
Erik apagó la luz de la redacción, salió a la calle, y se quedó un momento en la puerta mirando la animación del sábado por la noche con esa sensación de quien ha estado viendo el mundo de una forma y de repente no puede volver a verlo de la anterior.
El artículo que había publicado esa mañana había sacado algo del interior del sistema donde llevaba tiempo viviendo y lo había puesto en la superficie donde la luz lo alcanzaba.
Lo que la luz iba a revelar, lo que el equipo forense iba a encontrar mañana en el acceso forestal que bordeaba el Nere, eso todavía no lo sabía.
Pero la pregunta ya no era si había algo que encontrar.
Era cuánto tiempo llevaba esperando que alguien lo encontrara.
Caminó hacia su apartamento por la calle Sant Miquèu, entre los grupos que volvían de cenar y los que iban hacia los bares, entre las voces de un fin de semana que se negaba a saber nada todavía de lo que ocurría a cuatro kilómetros de distancia en un acceso forestal que no aparecía en los mapas de la estación.
Mañana lo sabría. Mañana el valle empezaría a saber lo que Erik ya sabía, y Marc ya sabía, y Marta ya sabía, y Montse y Bernat y Toni y Hèctor ya sabían cada uno desde su propio ángulo: que la historia que el valle se contaba a sí mismo sobre sí mismo tenía una fractura que había estado creciendo en silencio durante demasiado tiempo como para que cuando se hiciera visible pudiera gestionarse con ningún comunicado de prensa.
El frío de la noche era el mismo frío de siempre. Pero algo en su textura había cambiado, como cambia la textura del aire en los días anteriores a la tormenta aunque el cielo todavía esté despejado y nadie que no supiera mirar notara la diferencia.
Erik lo notó. Y siguió caminando.