Capítulo 5 #3
Marta llegó a la redacción a las cinco menos cinco, veinte minutos antes de que empezara la reunión del Consell.
Entró sin quitarse el abrigo, miró a los Larrea con la mirada de inventario que Erik ya sabía leer, y se sentó en la silla que quedaba libre frente a ellos con la economía de movimientos de quien sabe que el tiempo que tiene disponible es limitado y que usarlo bien importa.
No les prometió nada. Era lo primero que Erik notó.
No les dijo que encontrarían a Iñigo. No les dijo que el caso estaba en buenas manos ni que la situación estaba controlada ni ninguna de las frases de contención que los familiares de las víctimas recibían habitualmente de las instituciones y que funcionaban como analgésico de corta duración.
Les dijo exactamente lo que estaba haciendo, en términos que podían entender, y les explicó qué necesitaba de ellos.
—Necesito que me digan todo lo que saben sobre Iñigo en los días previos al viaje —dijo Marta—. No lo que encontraron raro. Todo. Sus hábitos, sus aplicaciones de teléfono, los lugares que frecuentaba online, si tenía cuenta en la aplicación de la estación, si había venido antes al valle.
Begoña habló por primera vez. Tenía la voz de alguien que ha estado guardando muchas cosas en un espacio reducido y que cuando empieza a hablar no puede controlar exactamente el orden en que salen.
—Iñigo llevaba un mes hablando de este viaje —dijo—. Él y sus amigos lo habían planeado desde octubre. Buscaron el apartamento en internet, compraron los forfaits con antelación, investigaron las pistas.
—¿Usaba alguna aplicación de esquí?
Begoña y Jon se miraron.
—Tenía una app en el móvil —dijo Jon—. La descargó cuando empezó a preparar el viaje. No sé cómo se llama.
—¿Pueden verificarlo en su cuenta de la tienda de aplicaciones?
Jon sacó el teléfono. Buscó en el historial de compras compartido que tenía con Iñigo, uno de esos sistemas que los padres activaban cuando los hijos eran menores y que a veces seguían activos por inercia cuando dejaban de serlo. Encontró la descarga.
La aplicación de la comunidad de esquiadores de Baqueira Beret. Descargada hacía seis semanas.
Marta anotó eso en el cuaderno con la letra pequeña que Erik ya identificaba como la letra que usaba cuando algo encajaba en un lugar que había estado esperando que algo encajara.
—¿Puedo tener acceso a su cuenta de correo electrónico para verificar el registro? —preguntó Marta a los Larrea—. Necesitaré su contraseña o su autorización formal para que la operadora me la proporcione.
—La contraseña la tenemos —dijo Begoña—. Iñigo nos la dejó cuando se fue a la universidad. Por si había alguna emergencia.
La conversación con los Larrea duró cuarenta minutos más, cuarenta minutos en los que Marta extrajo de ellos, con la paciencia de quien sabe que la información no se prisa sino que se facilita, un perfil de Iñigo que ningún expediente policial habría construido con esa textura: sus hábitos de comunicación, los grupos de WhatsApp en los que participaba, los lugares de internet donde buscaba información sobre esquí, las personas con quien había hablado del viaje antes de hacerlo.
No era diferente en ningún aspecto significativo de cualquier chico de dieciocho años con acceso a internet y afición al esquí.
Era exactamente el tipo de perfil al que alguien con conocimiento de ese mundo y paciencia para construir una presencia online convincente podría haberse aproximado de forma que resultara completamente natural.
Cuando los Larrea salieron para ir al hotel donde se habían alojado, prometidos de que Marta los llamaría al día siguiente, Erik y Marta se quedaron en la redacción.
Marc se había ido a la reunión del Consell.
La redacción tenía esa quietud de los lugares que normalmente contienen actividad y que cuando se vacían revelan una estructura que el movimiento habitualmente oscurece.
—La aplicación —dijo Erik.
—Los cuatro casos —dijo Marta—. Los cuatro en la aplicación de la estación. Y los cuatro con actividad en las semanas previas a la desaparición. No puedo verificar los mensajes privados sin una orden, pero la dirección es suficientemente clara.
—¿Cuándo tendrás la orden?
—La solicité esta mañana cuando salí del acceso forestal. El juez de guardia de Lleida tiene el expediente. Puig la apoyó desde aquí, lo que acelera el proceso. —Marta cerró el cuaderno—. Veinticuatro horas, si el juez considera que la urgencia lo justifica.
—¿Y si no lo considera?
—Entonces cuarenta y ocho. Y mientras tanto, sigo trabajando con lo que tengo.
Afuera, en la calle, el volumen de la tarde de sábado en Vielha había alcanzado el nivel de máxima temporada: las voces en castellano y en catalán entremezcladas con el ruido de los coches y las ruedas de las maletas sobre el adoquín y los grupos que esperaban en la puerta de los restaurantes con la energía de quien lleva una semana trabajando y llega al fin de semana con la disposición de gastar todo lo que no gastó de lunes a jueves.
Era el ruido de la normalidad funcionando con precisión de reloj, con su maquinaria calibrada para producir exactamente esa sensación de bienestar y afluencia que el valle había construido durante tres décadas.
Y dentro de ese ruido, como debajo de él, había cuatro familias que no sabían dónde estaban sus hijos.
—¿Cómo fueron los Larrea? —preguntó Erik, sin un motivo técnico preciso para la pregunta.
Marta tardó un momento.
—Como son siempre —dijo—. La madre llora poco en público y mucho en privado.
El padre habla demasiado cuando está nervioso y luego se calla de repente porque se da cuenta de que hablar no está trayendo a su hijo de vuelta.
Los dos tienen la misma cara que tienen todos los padres en este tipo de casos: la cara de alguien que ha entendido que el mundo puede romperse sin que ellos hayan hecho nada para romperlo.
No era una descripción técnica. Era lo que Marta había visto, dicho en la voz de quien generalmente reserva ese tipo de observación para los cuadernos y no para las conversaciones. Erik lo notó. No lo comentó.
La reunión del Consell duró dos horas y cuarto.
Marc regresó a la redacción a las siete y media con el abrigo todavía puesto y la expresión de alguien que ha estado sentado en una sala escuchando cosas que ya sabía que iba a escuchar y que resultan igualmente agotadoras cuando las escuchas en persona.
—¿Cómo fue? —preguntó Erik.
Marc se sentó en la silla de su despacho y la hizo girar levemente, un gesto que hacía cuando procesaba algo antes de hablar.
—El conseller de turismo del Consell presidió.
Estaban los responsables de la Policia Local, dos representantes de los Mossos, alguien de Baqueira Beret y tres representantes del sector hotelero.
—Hizo una pausa—. Pasaron los primeros cuarenta minutos debatiendo si convocar una rueda de prensa o emitir un comunicado.
Pasaron los siguientes cuarenta debatiendo el tono del comunicado.
Los últimos treinta fueron sobre quién tiene la responsabilidad de coordinar la comunicación pública.
—¿Y los casos?
Marc lo miró.
—Los casos se mencionaron como contexto. No como objeto principal de la reunión.
Erik absorbió eso durante un momento.
—¿Hay alguna medida concreta?
—Baqueira Beret anunciará mañana un refuerzo de seguridad visible en la estación.
Personal adicional en los accesos a las pistas, mejora de la señalización en las zonas de après-ski.
El comunicado insistirá en que las instalaciones de la estación son seguras y que las desapariciones no han ocurrido dentro del perímetro gestionado por la empresa.
—Que técnicamente es verdad.
—Que técnicamente es verdad —confirmó Marc—. Y que en términos de comunicación de crisis es exactamente el tipo de verdad técnica que funciona como escudo frente a la responsabilidad moral.
Erik miró la pantalla del ordenador. El contador de visitas del artículo había pasado de treinta y cinco mil.
En el lateral de la pantalla, la bandeja de entrada del correo de la redacción tenía cuarenta y siete mensajes nuevos desde la última vez que la había revisado.
Algunos eran de medios nacionales que pedían declaraciones.
Algunos eran de lectores que escribían desde la distancia segura del anonimato digital, algunos con rabia, algunos con gratitud, algunos con esa mezcla de los dos que producen las historias que tocan algo que la gente llevaba tiempo sabiendo que existía pero no había nombrado.
Y tres de ellos, esto lo verificó al abrir la bandeja, eran de personas que se identificaban como familiares de jóvenes desaparecidos en el entorno del valle en temporadas anteriores, con fechas que precedían en varios años a los casos que Erik había documentado.
Leyó los tres mensajes dos veces cada uno. Luego abrió un documento nuevo en el ordenador y empezó a copiar los datos que contenían: nombres, fechas, circunstancias descritas. Era el material de otras historias que nadie había contado porque nadie había tenido la pregunta correcta para formularlas.
Llamó a Marta.