Misterio en el valle de Aran Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—La estación va a emitir un comunicado esta tarde —dijo Castells finalmente, con un tono levemente distinto, el de alguien que ha recalibrado la conversación—. Nos gustaría que usted lo recibiera antes de que se publique. Como cortesía.

—Puede enviarlo a la redacción. Lo publicaremos íntegro si lo considera oportuno.

—Y también nos gustaría que en futuras informaciones sobre estos temas tuviera en cuenta el impacto que pueden tener en la economía de la comarca y en los trabajadores que dependen de la temporada.

Erik tardó exactamente lo suficiente antes de responder como para que Castells entendiera que la pausa era deliberada.

—Señor Castells, cuatro personas jóvenes han desaparecido en las inmediaciones de su estación en menos de dos meses. Le garantizo que el impacto de eso en la economía de la comarca es considerablemente menor que el impacto de no haberlo dicho.

Colgó.

Marc llamó dos minutos después.

—Castells acaba de hablar conmigo.

—Ya sé lo que te dijo.

—¿Y?

—Y nada. El artículo está publicado y está contrastado. Si tienen algo que rebatir, que lo rebatan con hechos.

Marc hizo una pausa.

—También me ha llamado el Consell Generau. Quieren una reunión esta tarde.

—¿Contigo o conmigo?

—Con los dos.

—¿Vas a ir?

—Voy a escuchar lo que tienen que decir. Luego decidimos. —Una pausa más corta—. Hiciste bien, Erik. Ahora vienen las consecuencias.

Las consecuencias llegaron con la velocidad específica de las cosas que la gente lleva tiempo esperando que ocurran y que cuando ocurren generan una energía acumulada que no se puede gestionar de forma ordenada.

A las doce y media, el artículo tenía dieciséis mil visitas, una cifra que era más o menos el doble de la audiencia mensual habitual del Diari de la Vall.

A la una de la tarde, dos periodistas de medios nacionales habían llamado a la redacción solicitando el contacto de Erik para hablar de los casos.

A las dos, la cuenta de Instagram de una influencer de esquí con doscientos mil seguidores había publicado el artículo con una historia que decía ¿Esto es lo que está pasando en Baqueira?

Qué miedo y había generado doscientas treinta respuestas en cuarenta minutos.

Marta llamó a las dos y cuarto.

—He visto el artículo —dijo.

—¿Y?

—Es sólido. —Una pausa—. También es el final de la discreción.

—Ya lo era —dijo Erik—. La discreción dejó de ser una opción el día que Iñigo Larrea desapareció con testigos. Con tres casos podías mantener el silencio. Con cuatro y testigos, el silencio es otra cosa.

—Lo sé. —La voz de Marta tenía una temperatura diferente a las conversaciones anteriores, no más alta en términos de emoción sino más cargada en términos de densidad, como si contuviera más cosas de las que estaba diciendo—. Esta mañana fui con Toni a los accesos forestales.

Erik esperó.

—Encontramos las marcas que describió. Huellas en la nieve, en el tramo entre el segundo y el tercer acceso, en el punto de cobertura mínima.

No es una sola serie de huellas. Son varias, en distintos estadios de conservación, lo que sugiere uso a lo largo de más de una jornada.

También hay una zona donde la nieve ha sido removida de forma que no corresponde ni al viento ni al paso de animales.

Pedí a Puig que enviara el equipo de análisis forense esta tarde.

La frase llegó con el peso de las cosas que se dicen cuando ya no hay forma de que no tengan consecuencias.

—¿Puig lo gestiona?

—Puig lo gestiona con lo que tiene. Si encuentran lo que podría haber ahí, dejará de ser gestionable con lo que tiene.

—¿Cuándo sabrás?

—Esta tarde. Mañana a más tardar.

Erik colgó y miró la pantalla del ordenador.

El contador de visitas del artículo había seguido subiendo mientras hablaba.

Veinte mil. Veintidós mil. Era un número que en el contexto del Diari de la Vall no tenía precedente y que en el contexto de lo que estaba ocurriendo resultaba irrelevante excepto por lo que significaba: la historia había salido del espacio controlable y estaba moviéndose sola, con la velocidad y la dirección de las cosas que encuentran su propio camino una vez que alguien las pone en movimiento.

A las tres de la tarde, el Consell Generau d'Aran publicó en su web un comunicado convocando una reunión de emergencia para esa misma tarde a las cinco, con asistencia de la Policia Local, los Mossos d'Esquadra, representantes de la estación y del sector hotelero del valle.

El comunicado usaba la expresión situación de alerta informativa para describir lo que el artículo de Erik había producido, que era una forma de nombrar la alarma sin usar la palabra alarma, con la misma habilidad institucional de nominar los problemas de modo que sonaran manejables.

A las tres y media, la primera cámara de televisión apareció en Vielha.

Era un equipo de una televisión autonómica catalana que había llegado desde Lleida en cuanto el artículo empezó a circular en los grupos de periodistas de la demarcación.

Un reportero con chaqueta de la marca del canal, una cámara y un micrófono que plantó delante del edificio del Consell con la velocidad de los que saben que la primera imagen en antena tiene un valor que las siguientes no tienen.

Detrás de ellos, en el transcurso de las siguientes dos horas, llegarían otros dos equipos: uno de una televisión privada nacional y otro de una radio que emitía para toda Cataluña y que mandó solo a un periodista con un móvil y un grabador porque los equipos completos en desplazamiento requieren procesos de autorización que las radios ágiles no esperan.

Erik los vio llegar desde la redacción con la sensación compleja de quien ha invitado a gente a su casa y cuando llegan entiende que la casa que conoce y la que ellos van a ver son dos versiones distintas del mismo lugar.

Los periodistas de fuera llegarían al valle con la historia que ya habían construido en el coche: estación de esquí de lujo, desapariciones de jóvenes, miedo en la nieve, alerta de seguridad.

Era una historia correcta en sus elementos y completamente insuficiente en su comprensión del territorio.

Producirían piezas buenas para sus audiencias y piezas que resultarían extrañas para cualquiera que conociera el valle de verdad.

Eso también era una consecuencia del artículo, y Erik la asumía con la incomodidad de quien sabe que no podía haberse hecho de otra forma.

A las cuatro y veinte llegaron los padres de Iñigo Larrea.

Erik los reconoció antes de que llegaran a la puerta de la redacción porque los había visto en la fotografía que acompañaba la denuncia que los Mossos habían registrado el sábado anterior: el padre, un hombre de unos cincuenta años con el pelo entrecano y el abrigo de quien no viaja a la montaña con frecuencia, demasiado ligero para el frío que hacía; la madre, más pequeña, con la expresión de alguien que ha estado llorando recientemente y ha decidido que en este momento no puede seguir llorando porque hay cosas que hacer.

Venían del País Vasco, habían conducido cuatro horas, y esa mañana habían leído el artículo de Erik en el teléfono desde la gasolinera de Lleida donde habían parado a repostar.

Entraron a la redacción. Erik se levantó.

—Soy Jon Larrea —dijo el padre—. Mi hijo es Iñigo.

—Lo sé —dijo Erik—. Siéntense, por favor.

Se sentaron. La madre, Begoña, se llamaba, no dijo nada durante los primeros minutos.

Miró los expedientes que había sobre la mesa de Erik con esa mirada de los padres que buscan a sus hijos en cualquier superficie que podría contener información sobre ellos, esa mirada que no es racional sino instintiva, la mirada del que lleva días buscando y ha aprendido a buscar en cualquier lugar donde pueda existir una respuesta.

Jon habló. Lo que dijo era lo que Erik ya sabía en términos de hechos: la llegada de Iñigo al valle, el jueves por la tarde; el viernes en la estación con los amigos; la separación del grupo esa noche; la cama sin deshacer del sábado.

Lo que no sabía en términos de hechos pero que Jon añadió era lo que los padres sabían de su hijo que los expedientes no podían contener: que Iñigo no era de los que se iban sin decir nada, que tenía el hábito desde pequeño de mandar un mensaje cuando llegaba a cualquier sitio, que el último mensaje que habían recibido era del jueves por la tarde cuando llegó al valle, y que ese silencio de cuarenta y ocho horas era incompatible con cualquier versión de Iñigo que ellos conocieran.

—Los amigos dicen que todo estaba bien —dijo Jon—. Que no hubo nada raro ese día. Que Iñigo estaba contento. Que simplemente dijo que le dolía la cabeza y se fue.

—¿Los amigos han dado declaración a los Mossos?

—Sí, ayer por la tarde. —Jon miró la mesa—. El agente que los entrevistó les dijo que lo más probable era que Iñigo hubiera conocido a alguien esa noche y se hubiera ido con esa persona. Que los chicos de esa edad a veces hacen esas cosas.

Erik no respondió de inmediato. Lo que el agente había dicho era una hipótesis legítima.

Era también la hipótesis más cómoda, la que no requería ninguna acción urgente y que permitía que el fin de semana de mayor afluencia de la temporada transcurriera sin que nadie cerrara nada ni declarara ninguna alerta.

Esa coincidencia entre la hipótesis más cómoda y la que los profesionales elegían aplicar era parte del patrón que Marta y él llevaban días documentando.

—¿Han hablado con la inspectora Bosch? —preguntó Erik.

—Con quién.

—Marta Bosch. Es la inspectora de los Mossos que llegó al valle esta semana específicamente para los casos de desapariciones. —Erik cogió el teléfono—. Voy a llamarla ahora mismo.