Capítulo 5
Pánico en temporada alta
Cuando la economía del miedo amenaza la economía del esquí
El sábado amaneció con una claridad brutal, de esas que el Pirineo produce cuando el frío ha barrido toda la humedad del aire y la nieve reciente devuelve la luz del sol con una intensidad que obliga a entornar los ojos desde el primer momento en que abres las persianas.
Erik lo notó antes de levantarse: la habitación tenía una luminosidad diferente a la de los días con nubes, más fría y más definida, como si alguien hubiera aumentado la resolución del mundo mientras dormía.
A las siete de la mañana, el aparcamiento de la calle que veía desde su ventana ya tenía tres coches con matrículas de Madrid aparcados en doble fila con la convicción del que ha llegado antes de que nadie y considera que eso le da derechos.
Erik se hizo el café en silencio. No había dormido bien, pero no por el insomnio de los días anteriores, denso de información y de hipótesis que se reorganizaban solas, sino por algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo: la anticipación de lo que iba a ocurrir cuando publicara el artículo.
Lo tenía escrito desde las dos de la madrugada.
Tres mil ochocientas palabras que había revisado cuatro veces, que tenía contrastadas con dos fuentes institucionales y cuatro fuentes locales, que no especulaba más de lo que los hechos verificados permitían especular y que, aun así, tenía el peso de algo que iba a cambiar irreversiblemente el estado de las cosas en cuanto existiera en el mundo.
El artículo vinculaba las cuatro desapariciones.
No lo hacía por primera vez en términos del trabajo de investigación que él y Marta llevaban días construyendo, sino en términos de lo que el público sabía.
Hasta ese momento, cada caso había circulado de forma aislada: el chico de Burgos como nota breve de noviembre, Paula Giró como mención de diciembre, Laura Valls como la pieza que Marc le había impedido escribir la semana anterior.
El chico de San Sebastián era el más reciente, y la más reciente también era la más visible, porque había ocurrido en la zona de après-ski del viernes por la noche y había tenido más testigos que ninguno de los anteriores.
Iñigo Larrea. Dieciocho años. San Sebastián.
Había llegado al valle el jueves con tres amigos, todos ellos mayores de edad, en lo que habían descrito a sus familias como un fin de semana de esquí sin más programa que el que dictaran las pistas y el buen tiempo.
El viernes por la noche, sobre las diez y media, Iñigo se había separado del grupo en la zona de bares del centro de Vielha con la explicación de que volvía al apartamento porque le dolía la cabeza.
Sus amigos se quedaron. A la mañana siguiente, el sábado, cuando llamaron al teléfono de Iñigo para coordinarse para el desayuno, el teléfono no respondía.
Cuando fueron al apartamento, la cama de Iñigo estaba sin deshacer.
La diferencia con los casos anteriores era que esta vez había dos testigos que habían visto a Iñigo en la calle después de que se separara de sus amigos, caminando solo en dirección contraria a la del apartamento.
Ambos testigos eran turistas que habían presentado declaración voluntariamente cuando los Mossos publicaron la solicitud de información.
Ninguno de los dos había visto nada que resultara alarmante.
Habían visto a un chico de dieciocho años caminando solo por una calle concurrida a última hora del viernes por la noche en una zona turística, que es exactamente el tipo de imagen que en cualquier otra circunstancia pasaría desapercibida porque es exactamente lo que se espera ver.
Pero ahora había cuatro. Y cuatro tenían un patrón que uno, dos y tres podían no tener.
Erik abrió el ordenador y leyó el artículo una vez más desde el principio, con esa distancia que da el haber dormido, aunque poco, entre la escritura y la revisión.
Era un buen artículo. No en el sentido de que fuera a gustar, sino en el sentido de que era honesto y estaba bien hecho, que no siempre son la misma cosa pero en este caso coincidían.
Presentaba los cuatro casos con los datos verificados.
Señalaba las coincidencias de forma explícita sin afirmar más de lo que podía sostener.
Incluía las respuestas oficiales que había solicitado: la Policia Local había respondido con un comunicado estándar sobre investigaciones en curso, los Mossos habían declinado comentar casos abiertos, la estación de Baqueira Beret no había respondido en el plazo de doce horas que él había concedido.
El silencio de Baqueira en el artículo era, en sí mismo, un dato.
Llamó a Marc a las ocho y cuarto. Marc respondió al segundo tono, lo cual significaba que ya estaba despierto y probablemente ya sabía lo que Erik iba a decirle.
—Tengo el artículo —dijo Erik.
Un silencio breve.
—¿Está contrastado?
—Cuatro fuentes para los datos de los casos. Dos institucionales para el número de expedientes. Todo lo que afirmo tiene respaldo documental o testimonial verificable con más de una fuente.
—¿Has dado derecho a réplica?
—Anoche a las ocho. Baqueira no respondió. La Policia Local respondió con comunicado estándar. Los Mossos sin comentarios por protocolo. Todo eso aparece en el artículo.
—¿Cuándo quieres publicar?
—Ahora. Esta mañana. Si espero al lunes, el ciclo mediático del fin de semana me come la historia. Si la publico ahora, el sábado de máxima afluencia en la estación, tiene la mayor visibilidad posible.
Otro silencio. Este más largo.
—Erik —dijo Marc, con la voz del que ha tomado una decisión y está verificando que sea la decisión que quiere tomar—. Si publicas esto esta mañana, este periódico va a recibir más presión de la que ha recibido en veinte años.
—Lo sé.
—Ferran Castells va a llamarme antes de que pase una hora.
—Lo sé también.
—Y tengo que estar seguro de que lo que publicas es indestructible. No casi indestructible. Indestructible.
—Lo es.
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Era el silencio de alguien que ha verificado todo lo que necesitaba verificar y está en ese momento anterior al acto en que el acto todavía puede no ocurrir pero ya no hay razones honestas para que no ocurra.
—Mándamelo —dijo Marc.
Erik lo envió. Fueron doce minutos de espera, durante los que terminó el café y miró por la ventana cómo la calle se llenaba con la afluencia del sábado, esa marea que llegaba con una puntualidad de fenómeno natural, con sus matrículas y sus esquís y su certeza de que el valle existía principalmente para ellos durante los tres días que duraba su estancia.
—Publica —dijo Marc cuando llamó.
Erik publicó.
Las primeras dos horas fueron tranquilas en la superficie, que es como son siempre las primeras horas de las cosas que luego resultan no ser tranquilas en absoluto.
El artículo apareció en la web del Diari de la Vall a las nueve menos cuarto con el titular que Erik había elegido con cuidado: Cuatro jóvenes desaparecidos en el entorno de Baqueira en menos de dos meses.
Los casos comparten un patrón que los cuerpos policiales no habían analizado en conjunto.
Sin exclamaciones. Sin adjetivos que no estuvieran sustentados.
Con la frialdad técnica de quien sabe que la temperatura de un titular determina cómo lo lee la gente y que este titular debía ser leído primero como información y solo después, si los hechos lo merecían, como alarma.
A las nueve y cuarenta y cinco, el artículo tenía ochocientas visitas.
A las diez y media, cuatro mil trescientas.
A las once, había sido compartido en cuatro grupos de WhatsApp de familias de esquiadores que Erik no conocía y que se lo había enviado alguien a quien tampoco conocía.
A las once y veinte, la cuenta de Twitter del Diari, que tenía habitualmente tres mil seguidores y una interacción modesta, tenía el artículo retuiteado ciento veintisiete veces.
El teléfono de Erik empezó a sonar a las once y cuarto.
La primera llamada fue de una mujer que no se identificó, con la voz rota de quien lleva semanas sin dormir bien, que le preguntó si era el periodista del artículo y cuando él dijo que sí, ella dijo: Mi hijo es el chico de Burgos.
Llevan meses sin decirnos nada. Gracias.
Colgó antes de que Erik pudiera responder.
Él se quedó con el teléfono en la mano durante un momento mirando la pantalla, y esa llamada fue la primera de tres que en la siguiente hora recibió de familiares de las víctimas anteriores que habían estado coordinándose a través de un grupo de mensajería y que habían llegado al artículo de Erik con la desesperación de quien lleva meses llamando a puertas que no se abrían y de repente encuentra una entreabierta.
La segunda llamada, a las once y cuarenta y cinco, fue de Ferran Castells.
—Señor Vidal —dijo Castells, con esa cordialidad específica de los profesionales de la comunicación de crisis, que habían aprendido que la hostilidad directa era contraproducente y que la presión funcionaba mejor envuelta en buenos modales—. He leído su artículo.
—Bien.
—Me habría gustado tener más tiempo para prepararle una respuesta institucional adecuada.
—Le di doce horas —dijo Erik—. Suficiente tiempo para un comunicado básico.
—El tipo de afirmaciones que hace su artículo requería una respuesta más elaborada que la que se puede preparar en doce horas.
—El tipo de situación que describe mi artículo requería una respuesta de los cuerpos policiales que no llegó en cuarenta días.
—Erik lo dijo sin subir la voz, con la misma temperatura que Marta usaba cuando quería que una frase llegara sin que la envoltura emocional distrajera del contenido—.
El plazo no es mi problema, señor Castells.
Silencio al otro lado.