Misterio en el valle de Aran Capítulo 4 #5
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Capítulo 4 #5

—Sí —dijo—. Tres veces más. En distintos puntos del mismo corredor.

En años distintos. —Hizo una pausa que tenía el peso de algo que había estado esperando este momento—.

Nunca lo puse en relación con nada porque nunca tuve razón para ponerlo en relación con nada.

Pero lo recordé siempre. Las cosas que no tienen explicación se recuerdan.

Erik escribió en el cuaderno sin levantar la vista.

Marta no escribió. Se quedó mirando el mapa en la pared con esa mirada que había aprendido a reconocer en los días que llevaba trabajando con ella, la mirada que usaba cuando algo había encajado en el lugar que le correspondía y el encaje era demasiado preciso para que el azar fuera una explicación suficiente.

Salieron de la casa de Hèctor a las ocho menos cuarto con el frío de Les, que en el fondo del valle era más denso que en Vielha, y con la referencia topográfica en el cuaderno de Marta y tres datos nuevos que antes de esa tarde no tenían: el corredor exacto, la prueba de uso anterior no documentado oficialmente, y el testimonio de alguien que llevaba dos décadas viendo los márgenes del territorio que la estación no miraba porque los márgenes, por definición, son lo que queda fuera de la imagen que quieres proyectar.

—El sendero forestal —dijo Erik en el coche, de camino de regreso a Vielha.

—El sendero forestal —confirmó Marta.

—Todo lo que Toni vio. Todo lo que Hèctor encontró. Todo lleva al mismo corredor.

—Un corredor que existe entre los mapas públicos y los mapas reales.

Que requiere conocimiento técnico del territorio para saber que existe.

Que tiene cobertura de móvil mínima en el tramo relevante.

—Marta hablaba con la cadencia de quien ordena en voz alta lo que acaba de terminar de organizar en la cabeza—.

Alguien que conoce ese corredor no lo conoce desde esta temporada. Lo conoce desde hace tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Si los hallazgos de Hèctor se distribuyen a lo largo de veinte años, el tiempo mínimo es el del primer hallazgo verificable. —Una pausa—. Pero el primer hallazgo verificable es solo el primero que alguien documentó. Lo que ocurrió antes de ese primer hallazgo es un territorio que todavía no tengo.

Erik condujo en silencio durante el tramo de curvas que seguía el Garona de regreso al centro del valle.

La niebla había bajado hasta el nivel de la carretera en algunos puntos y los faros del coche iluminaban una visibilidad de cincuenta metros que hacía que conducir requiriera toda la atención disponible.

Afuera, el río negro y el bosque blanco se alternaban a los lados de la calzada con la regularidad de algo que no tiene prisa, que sabe que el tiempo es una dimensión en la que lleva más ventaja que cualquiera de los que lo recorren.

Cuando llegaron a Vielha, Marta le dijo que mañana a las cinco y media estaría en el aparcamiento de Baqueira para ir con Toni a los accesos forestales. Le dijo que si Toni encontraba las marcas que había descrito, necesitaría un equipo forense en esa zona antes del fin de semana.

—¿Lo puede gestionar con Puig?

—Sí. Puig lo puede gestionar con los recursos disponibles. Si encuentro lo que creo que voy a encontrar, tendrá que gestionarlo con más gente de la que tiene ahora.

—¿Y si no encuentra nada?

Marta abrió la puerta del coche y salió al frío de la calle antes de responder.

—Entonces el corredor es solo un corredor y alguien usó ese sendero por razones que no tienen nada que ver con lo que estoy pensando.

—Se giró hacia Erik desde la puerta—. Pero lo que Montse me dijo esta mañana, y lo que Bernat le contó a usted, y lo que Toni nos explicó en el bar, y lo que Hèctor encontró cuatro veces en veinte años en el mismo corredor, todo eso no es una coincidencia.

La coincidencia tiene límites estadísticos, y este caso los ha cruzado.

Lo dijo sin énfasis, con la frialdad de quien trabaja con hechos y ha aprendido que la frialdad es la única temperatura a la que los hechos mantienen su forma sin deformarse por el deseo de que sean distintos de lo que son.

Erik la vio alejarse por la calle Mayor hacia la pensión, con el abrigo cerrado hasta el cuello y el cuaderno bajo el brazo, en ese paso que no era de prisa sino de propósito, la diferencia siendo que la prisa es reacción y el propósito es dirección.

Se quedó en el coche un momento, con el motor apagado y el calor residual ya desapareciendo, mirando la calle iluminada de Vielha con sus hoteles y sus restaurantes y su economía perfectamente calibrada para sostener la ilusión de que este era un lugar donde las cosas funcionaban porque alguien se había ocupado de que funcionaran.

La memoria del valle era larga. Lo que Montse sabía.

Lo que Bernat había oído de su prima. Lo que Toni había visto en los accesos.

Lo que Hèctor había encontrado en cuatro inviernos distintos en el mismo corredor, lo había anotado en su libro de incidencias y lo había llevado consigo durante años sin tener a quién dárselo porque nadie le había preguntado hasta esta tarde.

El valle sabía. El valle callaba. Y el silencio que había construido, capa sobre capa, temporada sobre temporada, con la paciencia de las cosas que se construyen sin que nadie las diseñe deliberadamente pero que terminan siendo igual de sólidas que las que sí tienen arquitecto, ese silencio era ahora el obstáculo que separaba lo que había ocurrido de lo que necesitaba ocurrir a continuación.

Erik salió del coche, lo cerró, y empezó a caminar hacia su apartamento con la lista de cinco nombres pendientes en el cuaderno del bolsillo y la certeza de que mañana esa lista iba a ser más larga, porque en un lugar donde la gente lleva años guardando cosas, una vez que alguien empieza a preguntar de verdad, lo que aparece no se parece en nada a lo que calculabas encontrar al principio.

El frío era el mismo frío de siempre. El valle era el mismo valle de siempre.

Pero el sonido que hacía ese frío sobre los tejados nevados, esa noche, era el sonido de algo que ya no podía seguir siendo lo que había sido, porque demasiadas personas habían decidido en el mismo día que el tiempo de guardarlo había terminado.