Capítulo 4 #4
Marta asintió sin consultar ninguna agenda porque la agenda que llevaba en la cabeza era perfectamente funcional para este tipo de planificación.
—Cinco y media. Estoy ahí.
Toni se levantó, cogió la mochila que había dejado en el suelo al lado de la silla, y antes de salir se giró una vez hacia ellos con una expresión que era de algo que no había terminado de decir.
—Sé que tendría que haberlo dicho antes —dijo—. Pero no sabía a quién decírselo. Y tampoco sabía si lo que veía era lo que parecía. —Hizo una pausa—. Ahora sé que sí.
Salió al frío de la calle sin esperar respuesta.
Erik y Marta se quedaron en el bar sin hablar durante un momento, con los cafés ya fríos y el hombre mayor de la barra durmiendo todavía su vermut con la indiferencia de quien ha vivido suficiente para que poco de lo que ocurre a su alrededor le resulte suficientemente nuevo como para interrumpir el sueño.
—Los accesos forestales —dijo Marta finalmente.
—La ruta invisible —dijo Erik.
—Alguien que conoce el territorio desde dentro.
Que lleva años conociéndolo. Que sabe exactamente qué rutas existen que no existen en los mapas públicos.
—Marta cerró el cuaderno con un gesto que era de conclusión, no de clausura—.
Eso no es un forastero oportunista. Eso es alguien que forma parte de la infraestructura del lugar.
La idea se instaló entre los dos con el peso de las ideas que no puedes dejar donde las has encontrado y llevar contigo es incómodo, porque son demasiado sólidas para ignorarlas y demasiado incompletas para actuar sobre ellas con la certeza que requerirían.
Salieron a la calle. La niebla había bajado más y la oscuridad de las cinco de la tarde en enero era total, una oscuridad que no era la oscuridad de la ciudad, que siempre tiene fugas de luz, sino la oscuridad de un fondo de valle rodeado de montañas que cuando quieren retener la noche lo hacen con la eficiencia de algo que tiene práctica en ello.
—Hay una persona más con la que quiero hablar hoy —dijo Erik, mirando la calle—. No estaba en mi lista esta mañana, pero después de lo de Toni me parece necesario.
—¿Quién?
—Hèctor Gessa. Setenta y dos años. Vive en Les, al fondo del valle.
Ha sido guarda forestal del Parc Natural de l'Alt Pirineu durante veinte años, jubilado desde hace seis.
Conoce cada sendero, cada acceso, cada ruta no oficial del territorio aranés con la precisión de alguien que ha pasado dos décadas caminándolo.
—¿Por qué no lo entrevistó antes?
—Porque es difícil. —Erik lo dijo con la honestidad de quien describe una dificultad técnica sin intentar suavizarla—.
Hèctor no habla con periodistas por principio.
Tiene una relación complicada con los medios desde una historia hace doce años sobre el acceso a zonas protegidas que él considera que se publicó mal.
Pero si viene usted, puede ser distinto.
—¿Por qué sería distinto si viene la policía?
—Porque a usted no le va a hablar de lo que publicó el Diari hace doce años. Le va a hablar de lo que sabe. Y lo que sabe puede ser lo que necesitamos.
Marta lo evaluó durante un momento.
—¿Puedes concertar la cita?
—Lo intento ahora mismo.
Llegaron a Les, el pueblo más meridional del valle, a las seis y cuarto.
La carretera que bajaba desde Vielha siguiendo el Garona tardaba veinte minutos en condiciones normales y esta noche era normal, con las cadenas sobre el asfalto mojado y la niebla que en la parte baja del valle era más densa porque el río la generaba con su diferencia térmica respecto del aire.
Les era un pueblo de doscientas personas en invierno, sin hoteles de cinco estrellas ni tiendas de material de esquí, con la arquitectura de piedra oscura de los pueblos pirenaicos que no se habían renovado para el turismo porque el turismo no había llegado hasta ellos con la misma intensidad que al núcleo del valle.
Esa diferencia era también la razón por la que la gente de Les miraba la estación de Baqueira con una ambivalencia que en Vielha habría resultado extraña: dependían de la economía que generaba pero no formaban parte de la imagen que proyectaba.
Hèctor Gessa vivía en el último tramo de la calle principal del pueblo, en una casa de dos plantas con jardín delantero y un cobertizo lateral donde guardaba la furgoneta vieja con la que había recorrido el territorio durante su carrera.
Era un hombre alto y delgado, con el pelo completamente blanco y las manos de alguien que ha pasado décadas al aire libre, esas manos que tienen una textura específica de la exposición prolongada al frío y al trabajo manual.
Los recibió en la puerta con la expresión de alguien que ha aceptado tener la conversación pero que no ha prometido nada sobre lo que va a decir en ella.
—El periodista lo conozco —dijo Hèctor, mirando a Marta—. Usted no.
—Marta Bosch. Mossos d'Esquadra, Unitat de Persones Desaparegudes, Lleida.
—¿Tiene placa?
Marta la sacó. Hèctor la miró durante el tiempo necesario para verificarla y se hizo a un lado para dejarlos pasar.
Dentro, la casa olía a leña y a algo que podría haber sido estofado o podría haber sido simplemente el olor acumulado de una cocina que ha producido comida durante décadas.
La sala principal tenía estanterías de libros en dos paredes, mapas topográficos enmarcados en la tercera, y en la cuarta una ventana que en verano daría al jardín y en enero daba a la oscuridad.
Hèctor les ofreció agua y no preguntó si querían café, lo cual Erik interpretó como una señal de que la visita tenía un límite temporal implícito.
—¿Qué quieren saber? —preguntó Hèctor, sentado en la silla frente a los dos sin haber quitado la chaqueta de forro polar, como si la posibilidad de levantarse y terminar la conversación requiriera seguir vestido para el frío.
Marta habló. No empezó por los casos recientes sino por los accesos forestales, por la descripción de Toni Subias, por la geografía específica del corredor entre Baqueira y el Puerto de la Bonaigua.
Habló con precisión técnica, sin apelaciones emocionales, sin intentar construir una narrativa que condujera a ningún lugar predeterminado.
Simplemente describió lo que sabía y lo que quería entender.
Hèctor la escuchó sin interrumpir. Su expresión, a lo largo de los tres minutos que habló Marta, fue cambiando con una lentitud que era la lentitud de alguien que reconoce lo que escucha pero necesita tiempo para decidir qué hacer con ese reconocimiento.
Cuando Marta terminó, Hèctor se levantó y fue a la pared de los mapas. Señaló uno de ellos, un topográfico de escala 1:25.000 que cubría el área entre Baqueira y el Port de la Bonaigua con el detalle de los senderos de mantenimiento incluidos.
—Este sendero —dijo, señalando una línea discontinua que bajaba desde el lateral norte de las pistas hacia el cauce del Nere—.
Lo conozco desde hace veinte años. No aparece en los mapas de la estación porque cruza por tierra de uso forestal que no es competencia de la estación.
Lo usamos nosotros, los guardas, para los recuentos de fauna en la zona tampón del parque.
Tiene tres accesos desde la carretera principal, ninguno de ellos señalizado.
—¿Hay cobertura de móvil en ese tramo? —preguntó Marta.
—Mínima. Hay un punto entre el segundo y el tercer acceso donde la señal desaparece completamente independientemente de la operadora. La topografía del valle en ese punto crea una sombra de radio que nadie ha resuelto porque nadie ha considerado que valiera la pena resolverla.
Marta miró el mapa. Luego miró a Erik. Luego volvió al mapa.
—¿Sabe si alguien usa ese sendero fuera de los trabajos forestales?
Hèctor tardó en responder. No con la vacilación de quien no sabe sino con la pausa de quien sabe y está decidiendo la forma exacta de decirlo.
—Hace cuatro años, en el control de primavera después de que se deshiciera la nieve, encontré marcas que no correspondían a ningún trabajo nuestro de esa temporada.
Huellas de bota, no de esquí. En una zona del sendero que en invierno queda completamente enterrada bajo la nieve y que en primavera, cuando se deshiela, devuelve todo lo que guardó.
—Una pausa—. También encontré ropa. Poca.
Una chaqueta de esquí enrollada debajo de un abeto.
No tenía documentación. La entregué a la Guardia Civil como objeto hallado en zona forestal.
—¿Qué hicieron con ella?
—La registraron. Nunca supe qué pasó después.
Marta abrió el cuaderno.
—¿Recuerda la descripción? Color, marca, talla.
—Roja. Marca de esquí, no recuerdo cuál. Talla pequeña, de mujer o de joven.
—¿Tiene registro del hallazgo?
—Sí. En el libro de incidencias del año de servicio. Lo tengo en algún sitio.
Hèctor se levantó, fue al cobertizo lateral, y regresó diez minutos después con un archivador de cartón verde lleno de folios ordenados cronológicamente.
Buscó durante un tiempo que nadie interrumpió y encontró la hoja.
Leyó la descripción en voz alta: fecha, ubicación precisa con referencia topográfica, descripción del objeto, procedimiento seguido.
Era la prosa seca y exacta de los partes técnicos, la prosa de los que han aprendido que el adjetivo innecesario en un parte de trabajo crea ambigüedad donde no debe haberla.
Marta copió la referencia topográfica en el cuaderno. Luego miró a Hèctor con una pregunta que todavía no era una pregunta, solo la disposición a escuchar una cosa más si había una cosa más que decir.
—¿Cuántos inviernos lleva observando ese sendero? —preguntó.
—Veinte, más o menos.
—¿Ha encontrado anomalías similares en otros años?
Hèctor miró el mapa en la pared durante un momento largo.