Capítulo 4 #3
Caminaron hacia el norte del pueblo, hacia la zona residencial donde los bloques de apartamentos de los residentes permanentes coexistían con los edificios de apartamentos turísticos con esa mezcla arquitectónica que era el mapa social del valle en formato de fachada.
Era un barrio donde la gente caminaba con otro ritmo, menos orientado al consumo, más funcional, y donde dos personas andando y hablando en voz baja no generaban el tipo de atención que habrían generado en el centro.
Erik le contó lo de Montse primero. Lo del registro informal de incidencias del Consell. Lo del protocolo de notificación previo que daba a la estación las horas de adelanto necesarias para gestionar la respuesta antes de que la noticia existiera.
Marta escuchó sin interrumpir, con el cuaderno cerrado porque era una conversación que necesitaba que los dos tuvieran las manos libres para pensar con todo el cuerpo.
—El protocolo es ilegal si interfiere con la obligación de denuncia —dijo cuando Erik terminó.
—¿Puede probarlo?
—Depende de qué quede por escrito y de si alguien está dispuesto a testificar. —Una pausa—. ¿La prima de Bernat hablaría?
—No lo sé. Tendrías que preguntárselo tú.
—Lo haré. —Marta se detuvo un momento frente a una fachada con una placa en aranés que anunciaba algo relacionado con la historia del edificio—.
Lo que me cuenta encaja con lo que encontré esta mañana.
Catorce casos en ocho años que existen en el sistema como incidencias sin categoría.
No están conectados entre sí en ningún documento.
No tienen seguimiento activo. Están archivados en tres sistemas distintos que no se comunican, que es exactamente lo que Puig me explicó el primer día sin que ninguno de los dos entendiéramos todavía lo que significaba.
—El sistema no los conecta porque nadie quería que se conectaran.
—El sistema no los conecta porque está diseñado para gestionar volumen, no para reconocer patrones. —Marta retomó el paso—. Pero la diferencia entre incapacidad técnica y elección deliberada es más pequeña de lo que parece cuando el resultado es el mismo en los dos casos.
Caminaron otro trecho en silencio. La niebla había bajado otro poco y los tejados de los bloques del barrio norte se difuminaban en la parte superior como si el mundo terminara ahí, como si por encima de esa línea gris no hubiera montaña sino simplemente ausencia.
—Hay algo que llevo toda la mañana pensando —dijo Erik—. Sobre cómo funciona el silencio aquí.
Marta esperó.
—El valle tiene una identidad muy específica.
El aranés como lengua, la percepción de que las instituciones de fuera, tanto las catalanas como las españolas, manejan el territorio sin escucharlo de verdad.
Esa sensación de ser una periferia administrada pero no entendida ha generado, durante décadas, un hábito de resolver las cosas internamente.
De no llamar la atención hacia fuera porque llamar la atención hacia fuera significa ceder el control de la narrativa a alguien que no entiende el contexto.
—Una comunidad que ha aprendido a no hablar a los de fuera de sus problemas.
—Exactamente. Y eso, que en muchos contextos es una forma legítima de preservar la autonomía cultural, en este contexto ha funcionado como cobertura.
No intencionada, probablemente. Pero funcional.
—Erik se detuvo junto a un banco cubierto de nieve que nadie había despejado—.
La gente del valle no habló de lo que no cuadraba porque hablar significaba traer gente de fuera, y traer gente de fuera significaba perder algo que ya era frágil.
La economía, la imagen, el control de su propia historia.
—El silencio como mecanismo de preservación que se convierte en cómplice.
—Sí. Sin que nadie haya tomado la decisión de ser cómplice. Que es lo más complicado de todo.
Marta lo miró con una atención que Erik ya reconocía como diferente de la atención técnica con que procesaba los datos: era la atención de alguien que está escuchando algo que encaja con algo que ya sabía pero que no había sabido formular todavía.
—En Lleida, cuando preparo los informes sobre áreas de alta presión turística, siempre hay un apartado sobre la coordinación con las comunidades locales —dijo Marta—.
Ese apartado siempre es el más corto. No porque no importe, sino porque es el más difícil de cuantificar.
Lo que usted acaba de describir es exactamente por qué ese apartado siempre falla: porque la comunidad y la institución tienen objetivos que en la superficie parecen compatibles y en la práctica son profundamente distintos.
Siguieron caminando. La tarde iba cerrándose con esa velocidad de los días de enero en el Pirineo, donde la luz no se despide gradualmente sino que simplemente deja de estar, como si alguien hubiera tomado la decisión de que era suficiente por hoy.
La tercera conversación importante de esa jornada no estaba en la lista del cuaderno de Erik.
Ocurrió sin que ninguno de los dos la hubiera planeado, en el camino de regreso hacia el centro, cuando pasaron por delante de la tienda de material de montaña de la calle Artau y el hombre que salía en ese momento con una mochila técnica bajo el brazo y la cara medio cubierta por una capucha se detuvo al ver a Erik con una expresión que era de reconocimiento y de algo más difícil de identificar, algo que en otro contexto habría parecido incomodidad pero que en este parecía más cercano al alivio.
—Erik —dijo el hombre.
Erik tardó un segundo en ubicarlo. Se llamaba Toni Subias, cincuenta y un años, técnico de mantenimiento de pistas de Baqueira desde hacía dieciocho temporadas.
Erik lo había entrevistado dos años antes para una pieza sobre el trabajo invisible en la estación, el trabajo de la gente que salía a las cuatro de la mañana en las motos de nieve para preparar las pistas antes de que abrieran, que hacía que el espacio funcionara con la perfección que los esquiadores daban por descontada sin pensar en quién la producía.
Toni era un hombre de pocas palabras y gestos económicos que Erik recordaba como alguien que sabía exactamente lo que decía y lo que no decía, con una frontera muy clara entre los dos territorios.
—Toni —dijo Erik—. ¿Cómo estás?
—Bien. —Toni miró a Marta con la mirada rápida de los que procesan a las personas en términos de necesidad de saber—. ¿Esta es la inspectora de Lleida?
Marta no reaccionó a que supiera quién era.
—Sí —dijo Erik.
Toni asintió con la cabeza. Luego miró la calle en las dos direcciones, con un gesto que no era paranoico sino simplemente el de alguien que ha aprendido que las conversaciones que importan requieren privacidad antes de empezar.
—Tengo algo que deciros —dijo—. Llevo días pensando si decirlo. Esta mañana me he decidido.
Erik señaló el bar de la esquina, un establecimiento pequeño y sin nombre visible, de los que frecuentan los trabajadores de la estación y no los turistas, con una barra de formica y cuatro mesas con sillas metálicas.
Dentro, con los tres cafés sobre la mesa y la única otra persona en el local siendo un hombre mayor que dormitaba frente a un vermut, Toni habló durante doce minutos.
Habló sin cuaderno, sin grabadora, con la voz baja de quien mide el volumen de sus palabras con la misma precisión con que mide todo lo demás.
Lo que contó era lo siguiente: en las últimas cuatro temporadas, había observado algo en los accesos forestales que conectaban la base de las pistas con la carretera del Puerto de la Bonaigua.
Accesos que él conocía bien porque parte de su trabajo de mantenimiento los requería: senderos de servicio para las motos de nieve, caminos de acceso a los generadores de nieve artificial, rutas de emergencia para la evacuación de esquiadores en caso de accidente en zonas sin remonte.
Rutas que en los mapas oficiales de la estación no aparecían o aparecían marcadas como uso exclusivo de personal técnico, y que en la práctica eran invisibles para los visitantes y para cualquier sistema de vigilancia porque nadie había considerado necesario instalar cámaras en rutas que no usaba el público.
En las últimas cuatro temporadas, Toni había encontrado en esos accesos señales de uso regular que no correspondían a ningún movimiento de personal técnico que él pudiera identificar.
Huellas en la nieve en momentos y con patrones que no coincidían con los turnos de mantenimiento.
En dos ocasiones, objetos que no debían estar ahí: una vez, una mochila pequeña apoyada en el lado interior de una alambrada de delimitación, vacía; otra vez, marcas en el suelo congelado de un acceso específico, el que llevaba desde el lado norte de las pistas hacia la zona boscosa que bordeaba el río Nere, marcas que parecían corresponderse con el arrastre de algo pesado.
Toni lo había anotado en su cuaderno personal, que era el que usaba para documentar anomalías en las instalaciones que no llegaban al nivel de incidencia oficial pero que valía la pena registrar para el historial del sector.
No lo había puesto en parte oficial porque las marcas podían tener explicaciones técnicas que él no había podido verificar, y en el entorno de la estación los partes de incidencia sin causa verificada generaban más papeleo que resolución.
—¿Lo has hablado con alguien? —preguntó Marta.
—Con el jefe de mantenimiento, el año pasado. Me dijo que si no había daño a las instalaciones no era incidencia. —Toni giró el vaso de café entre los dedos—. No lo puse por escrito porque él no lo pidió.
—¿Podrías mostrarme esos accesos?
—Sí. Pero no en horario de trabajo. Si mi jefe me ve llevando a la policía por las rutas de servicio, hay una conversación que no quiero tener.
—Mañana por la mañana, antes del turno —dijo Marta—. ¿A qué hora empieza?
—A las seis. Podríamos quedar a las cinco y media en el aparcamiento de la base.