Capítulo 4 #2
—Llevas tres días haciendo la misma pregunta por el valle. La gente habla.
Erik no respondió a eso. Esperó.
—¿Qué quieres saber exactamente? —dijo Bernat.
—Lo que sepas.
Bernat descolgó los brazos y apoyó las manos planas sobre la barra, en un gesto que era de decisión más que de comodidad.
—Mi prima trabaja en el Consell Generau —dijo—.
En el área de turismo. Lleva cinco años llevando los datos de afluencia, los informes de temporada, toda esa información que el Consell usa para justificar las subvenciones de infraestructuras y para negociar con la estación.
—Hizo una pausa—. Hace dos años, en los informes internos, empezó a aparecer un apartado nuevo.
Incidencias de seguridad en entorno turístico.
No en el informe público, solo en el interno.
En ese apartado había tres entradas para la temporada anterior.
Las tres eran desapariciones de visitantes.
—¿Qué tipo de seguimiento?
—Ninguno visible. El apartado existe para que nadie pueda decir que no se sabía. Pero no hay ninguna acción derivada de él. Es un registro, no una respuesta.
Erik lo anotó con cuidado.
—¿Tu prima te dijo algo más?
Bernat vaciló durante un momento que Erik reconoció como el momento en que una persona decide cuánto del círculo de lo que sabe quiere incluir en la conversación.
—Me dijo que hay un protocolo informal. Que cuando hay una desaparición de visitante en temporada alta, la primera notificación no va a la policía. Va al responsable de comunicación de la estación. Para que tenga tiempo de preparar la respuesta mediática antes de que circule la noticia.
—¿Cuánto tiempo?
—Unas horas. No mucho. Pero suficiente para que el comunicado llegue antes que la noticia, si es que la noticia llega.
Erik dejó el bolígrafo sobre la barra. Lo miró durante un segundo sin tocarlo.
—Eso es obstaculización de una investigación.
—Eso es gestión de crisis —dijo Bernat, con una amargura que no era solo de ese momento sino de algo más largo—. Que son la misma cosa dicha de formas distintas dependiendo de quién pague tu sueldo.
Salió del bar Còr d'Aran a las diez menos cuarto con el frío golpeándole en la cara como una superficie plana y la sensación de que lo que estaba construyendo ya no era un mapa de casos sino la arquitectura de algo más antiguo y más sólido que los casos: la arquitectura de un sistema que había aprendido, con la eficiencia silenciosa de los organismos que sobreviven adaptándose, a procesar las anomalías convirtiéndolas en ruido de fondo antes de que alguien tuviera tiempo de escucharlas con la atención suficiente.
Necesitaba hablar con Marta.
La llamó caminando hacia la redacción, con el teléfono contra la oreja y el vaho de la respiración formando nubes breves en el aire de diez grados bajo cero.
—Tengo dos conversaciones esta mañana que necesita escuchar —dijo cuando ella respondió.
—¿Cuándo?
—Esta tarde.
—Bien. Y yo tengo algo de esta mañana que usted necesita escuchar.
La voz de Marta sonaba de la misma forma que siempre: seca, sin temperatura aparente, con esa cualidad de las personas que han aprendido a eliminar de su tono todo lo que no es información porque la información es suficientemente densa por sí misma como para no requerir decoración.
Pero había algo debajo de esa sequedad que Erik llevaba días aprendiendo a leer, algo que era la diferencia entre la calma técnica de quien trabaja sobre un caso y la calma tensa de quien trabaja sobre un caso que está creciendo más deprisa de lo que puede contenerlo.
—¿Puedo preguntar qué?
—Esta mañana he estado con Puig revisando el sistema de registro de incidencias de los últimos ocho años en el área de influencia del valle —dijo Marta—.
No solo los expedientes activos. También los archivados, los cerrados sin resolución, los que están en el sistema como incidencias menores sin categoría específica.
—¿Y?
Una pausa.
—Hay catorce entradas en ocho años que corresponden a personas que desaparecieron en el área durante la temporada de esquí y cuyos casos fueron cerrados sin resolución satisfactoria.
No todos son menores. No todos tienen el perfil exacto de los casos recientes.
Pero catorce en ocho años, en un área geográfica de este tamaño, con este nivel de control institucional del que se supone que dispone una estación de esquí de esta categoría, es un número que no cuadra con ninguna estadística normal.
Erik se detuvo en mitad de la acera. Un grupo de turistas con esquís al hombro pasó por su lado en la dirección contraria sin mirarlo, con la concentración hacia adelante de los que van a algún lugar al que tienen ganas de llegar.
—Catorce —repitió.
—Catorce en ocho años. Con los cuatro recientes, dieciocho. Y si el patrón del contacto previo que construimos ayer se aplica a los casos más antiguos, lo cual no puedo verificar todavía porque la documentación es insuficiente, estamos hablando de algo que no tiene cuarenta días. Tiene años.
La frase llegó con el peso de las cosas que, una vez dichas, no pueden volver a no haber sido dichas.
Erik miró la calle Mayor de Vielha con sus fachadas de piedra y sus hoteles y sus restaurantes con los menús del almuerzo en las pizarras de la puerta, con los turistas que compraban en las tiendas de souvenirs y los niños con los petos de esquí de colores que salían de una escuela de esquí camino a las pistas, con toda la maquinaria perfectamente engrasada de un lugar que había aprendido a funcionar con precisión de reloj suizo, y pensó que hay cosas que se ven siempre y no se miran nunca, que la diferencia entre ver y mirar es precisamente la voluntad de sostener la mirada cuando lo que encuentras al otro lado resulta más complicado de lo que esperabas.
—Esta tarde —dijo—. Hay un sitio donde podemos hablar sin que nadie nos esté mirando.
—Dígame dónde.
Les das el lugar. Colgó. Y siguió caminando hacia la redacción con el cuaderno en el bolsillo y las conversaciones de la mañana asentándose en el orden que les correspondía dentro de una historia que cada hora parecía más larga hacia atrás y más urgente hacia adelante.
En la redacción, Marc Torrent estaba en su despacho de cristal con el teléfono en la mano y una expresión que Erik reconoció como la de alguien que acaba de tener una conversación incómoda y todavía está procesando los términos de la incomodidad.
Cuando Erik entró, Marc dejó el teléfono sobre la mesa con una deliberación que era en sí misma un gesto comunicativo.
—¿De dónde vienes? —preguntó Marc.
—Tengo fuentes.
Marc se recostó en la silla con los brazos cruzados, en un gesto que era idéntico al de Bernat en el bar pero que en este contexto tenía una temperatura diferente.
—Esta mañana me ha llamado Ferran Castells.
Ferran Castells era el director de comunicación de Baqueira Beret.
Erik lo sabía porque lo había tratado en dos o tres ocasiones en contextos profesionales y porque su nombre aparecía regularmente en los comunicados de prensa que llegaban a la redacción del Diari con una frecuencia que aumentaba en proporción directa a la urgencia de lo que la estación necesitaba que el periódico no publicara.
—¿Y?
—Dice que tiene información de que estás haciendo preguntas sobre los casos de desapariciones a empleados de la estación.
—Marc midió las palabras con la cuidado de quien entiende que cada una de ellas importa—.
Me pide que te recuerde que el Diari tiene una relación institucional con la estación que incluye acuerdos de colaboración en publicidad y en la cobertura de los comunicados oficiales.
—Me está recordando quién paga los anuncios.
—Te está recordando que hay formas de hacer periodismo que son más o menos compatibles con el contexto en que este periódico opera.
Erik miró a Marc durante un momento largo. No con hostilidad, porque Marc no era el enemigo en este escenario y los dos lo sabían, sino con esa mirada que usaba cuando necesitaba entender exactamente dónde estaba la frontera de lo que el otro podía hacer.
—Marc —dijo finalmente—, hay catorce casos en ocho años.
Marc no respondió de inmediato.
—¿De dónde viene ese número?
—De los registros de los Mossos. Es un número verificable.
Silencio.
—¿Cuándo lo tienes documentado?
—Estoy en ello.
—No publiques nada hasta que lo tengas completo y contrastado con más de una fuente institucional.
—Marc lo dijo con una firmeza que no era de censor sino de editor, la diferencia entre los dos siendo que el censor quiere que la historia no exista y el editor quiere que la historia, cuando exista, sea indestructible—.
Si vas a publicar algo de este tamaño, tiene que aguantar todo lo que van a tirarle encima. Y te van a tirar mucho.
—Lo sé.
—Entonces trabájalo bien.
Erik asintió. Era el acuerdo más honesto que habían tenido en cinco años trabajando juntos, y lo era precisamente porque los dos estaban diciendo lo mismo desde lados distintos de la misma línea.
La tarde empezó con nubes bajas que venían del Port de la Bonaigua, esa niebla particular del Pirineo que no es niebla de humedad sino niebla de temperatura, aire frío sobre nieve reciente que produce una visibilidad de doscientos metros y convierte los bordes de todo en algo impreciso.
Erik y Marta se encontraron en la puerta de la iglesia de Sant Miquèu, a las cuatro de la tarde, en el punto donde el casco histórico de Vielha empezaba a vaciarse del tráfico turístico y donde las calles recuperaban algo de la textura de los martes, menos bulliciosas y más propias.