Misterio en el valle de Aran Capítulo 4
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Capítulo 4

Lo que el valle sabe y calla

La memoria de los que siempre han estado aquí

El viernes por la mañana, Erik Vidal se despertó con la sensación de que había dormido sobre algo duro y descubrió que era el cuaderno, que había dejado abierto sobre la almohada la noche anterior y que ahora tenía las páginas arrugadas en el centro, exactamente en la hoja donde había escrito la lista de nombres de personas con las que necesitaba hablar antes del fin de semana.

La lista tenía ocho entradas. Tres estaban tachadas.

Las cinco restantes eran conversaciones que requería tener en persona, no por teléfono, porque había cosas que la gente del valle solo decía cuando podía ver la cara del que preguntaba y calibrar en tiempo real hasta dónde era seguro llegar.

Se levantó, calentó agua en el cazo porque la cafetera había muerto en noviembre y no había encontrado el momento de reemplazarla, y bebió el café de sobre de pie junto a la ventana mirando la calle Sant Miquèu todavía a oscuras.

En enero, la luz no llegaba al fondo del valle antes de las ocho y media.

Hasta entonces, Vielha existía bajo esa penumbra azulada que hacía que los edificios parecieran más viejos y los sonidos, más cercanos.

El camión de la basura pasó a las siete y veinte con su ruido específico de metal y motor diesel, y detrás de él, un rato después, los primeros coches con matrículas de fuera empezaron a bajar desde el túnel con esa anticipación del fin de semana que en temporada alta empezaba el viernes antes del amanecer.

Erik se duchó, se afeitó con más cuidado del habitual porque tenía una conversación importante a las nueve y la gente a la que iba a ver prestaba atención a esas cosas, y salió a la calle con el cuaderno en el bolsillo interior del abrigo y la lista de nombres en la cabeza ordenada según un criterio que no era geográfico ni jerárquico sino algo más intuitivo: el orden en que la información de uno podía preparar el terreno para la información del siguiente.

La primera conversación era con Montse Arán.

Montse tenía sesenta y tres años y llevaba quince trabajando en la recepción del Baqueira Palace, uno de los hoteles de cinco estrellas de la carretera de acceso a la estación, un edificio de piedra y madera con la arquitectura de los grandes hoteles alpinos que la dirección había construido en los años de expansión turística del valle con la convicción de que el lujo y la montaña eran una combinación que nunca pasaría de moda.

Montse era aranesa de Bossòst, del pueblo más bajo del valle, el que ya tiene clima casi mediterráneo y vides en las laderas del sur.

Había llegado a Baqueira siguiendo a un marido que se dedicaba al mantenimiento de remontes y que había muerto de un infarto en la temporada de 2018, y desde entonces había seguido en el hotel con esa persistencia de las personas que han decidido que un lugar es suyo independientemente de las circunstancias que las llevaron a él.

Erik la conocía desde hacía cuatro años.

La había entrevistado para una pieza sobre el empleo estable en el sector turístico del valle, una de esas piezas que el Diari publicaba cada cierto tiempo para equilibrar las noticias sobre la precarización de los contratos de temporada con testimonios de personas que habían construido algo durable en ese entorno.

Desde entonces habían mantenido el tipo de relación que en los pueblos pequeños existe entre el periodista local y las fuentes que han decidido que confiar en alguien de dentro es menos arriesgado que confiar en alguien de fuera: no amistad exactamente, pero sí algo que se le parecía en los aspectos que importaban.

Erik la encontró en la sala de desayunos del hotel, antes de que abriera al público, donde Montse supervisaba la colocación de los elementos del bufet con la autoridad silenciosa de alguien que ha hecho lo mismo suficientes veces como para saber exactamente qué está mal antes de que nadie se lo diga.

Llevaba el uniforme del hotel, negro con detalles dorados, y el pelo recogido con la precisión de los que entienden que el aspecto en ese tipo de trabajo no es vanidad sino protocolo.

—Erik —dijo sin girarse, con esa capacidad de los que trabajan de cara al público de percibir la presencia de alguien sin necesidad de verlo.

—Montse. Gracias por el rato.

Ella terminó de corregir la posición de una bandeja de bollería y se giró hacia él con las manos apoyadas en las caderas.

—Tienes diez minutos antes de que lleguen los primeros huéspedes. —Señaló una mesa en la esquina, la más alejada de la puerta principal—. Ahí.

Se sentaron. Una camarera joven les dejó dos cafés sin que nadie los pidiera, con la eficiencia invisible de los que conocen los hábitos de su jefa.

Montse cogió el suyo y lo sostuvo con las dos manos, en un gesto que no era de frío sino de concentración, de quien se prepara para decir algo que lleva tiempo guardando y que ha decidido que ya es suficiente tiempo.

—Sé para qué has venido —dijo.

—¿Sí?

—La chica de la semana pasada. Y las otras.

Erik esperó.

—Antes también desaparecían chicos —dijo Montse, con una calma que no era indiferencia sino la serenidad específica de quien ha dicho algo difícil tantas veces en su cabeza que cuando finalmente lo dice en voz alta ya ha perdido la capacidad de sorprenderle a él mismo—.

Pero nadie juntó los puntos porque cada vez era distinto el que preguntaba.

Erik sintió algo que en otro contexto habría llamado mareo, pero que en este era más preciso que eso: era la sensación física de cuando una hipótesis que has construido con cuidado durante días recibe la confirmación que la convierte en otra cosa, en algo que ya no es hipótesis sino territorio sobre el que pisar.

—¿Cuándo dices antes?

—Hace cuatro años, un chico. Antes, hace seis, una chica.

No los conozco bien porque ninguno de los dos era cliente del hotel.

Me enteré después, por la gente del pueblo.

—Montse dejó el café sobre la mesa—. En los dos casos fue lo mismo: temporada alta, final de tarde, y luego nada.

Y en los dos casos la policía lo dejó como voluntario y nadie volvió a hablar de ello.

—¿Nadie conectó los casos?

Montse le dirigió una mirada que no era de reproche pero que contenía algo de la fatiga de quien ha visto muchas veces cómo las preguntas obvias no se hacen y ha dejado de asombrarse.

—¿Quién iba a conectarlos? ¿La Guardia Civil, que tiene un expediente en un archivo y otro en otro?

¿Los Mossos, que llegaron al valle hace quince años y siguen siendo forasteros para la mitad del pueblo?

¿El Ajuntament, que cada vez que hay una desaparición llama primero a la empresa de comunicación de la estación antes de llamar a los padres?

La última frase la dijo con una precisión que Erik reconoció como la precisión de quien ha guardado una opinión mucho tiempo y cuando finalmente la suelta ha elegido cuidadosamente cada palabra.

—¿Cómo sabes lo de la empresa de comunicación?

—Porque trabajo aquí desde hace quince años y he visto cómo funcionan las cosas. Cuando hay algo que puede dañar la imagen de la estación, la primera llamada no es a quien debería ser. —Montse cogió el café de nuevo—. No te digo que sea ilegal. Te digo que es lo que hay.

Erik anotó en el cuaderno con la letra pequeña que usaba cuando tomaba notas que necesitaba que parecieran otra cosa.

—¿Recuerdas algún nombre de los casos anteriores?

—De la chica de hace seis años, no. Sé que era del País Vasco porque alguien lo dijo, pero no sé el nombre. Del chico de hace cuatro, creo que era de Zaragoza. Me parece que se llamaba Iván o Iker, algo así. Pero no estoy segura.

—¿Sigue habiendo expediente?

—Si lo hay, no está en ningún sitio donde alguien lo esté buscando.

Fue la última cosa que Montse dijo antes de levantarse porque los primeros huéspedes habían empezado a bajar al desayuno y el hotel volvía a ser un hotel.

Erik se quedó un momento en la mesa de la esquina con el café a medias y la sensación de que la lista de ocho nombres en su cuaderno era, en realidad, la versión visible de una lista mucho más larga que existía en algún lugar del valle con una precisión que nadie había querido todavía transcribir.

La segunda conversación de esa mañana fue más corta y más difícil.

El bar Còr d'Aran abría a las ocho y media en invierno porque tenía el contrato de suministro de desayunos para los trabajadores del turno de mañana de dos de los hoteles más pequeños del centro, y su dueño, Bernat Escudé, había convertido esa circunstancia en una especialización: la mitad de su clientela habitual eran personas que llegaban en ropa de trabajo, pedían el mismo café y la misma tostada de cada día, decían cuatro palabras a los que conocían y se iban al turno con la eficiencia de quien tiene el tiempo medido.

El bar olía a café y a madera húmeda y a ese calor específico de los lugares que han estado llenos de gente y todavía guardan el rastro térmico.

Bernat tenía cuarenta y ocho años y era uno de esos hombres del valle que llevan su aranesidad como una segunda piel, algo que no necesitan proclamar porque es demasiado evidente para requerir proclamación.

Hablaba aranés en el bar con la misma naturalidad con que respiraba, pasaba al catalán cuando el cliente lo requería y al castellano con la leve resistencia de quien lo hace por cortesía y no por comodidad.

Conocía a Erik desde siempre, con esa clase de conocimiento que en los pueblos pequeños precede a la amistad porque viene de antes de que ninguno de los dos tuviera edad para elegir a quién conocer.

—Bernat —dijo Erik, sentándose en la barra cuando el último grupo de trabajadores salió hacia sus turnos—. Necesito preguntarte algo.

Bernat lo miró desde detrás de la barra con los brazos cruzados sobre el pecho, en esa postura que en él no era defensiva sino simplemente la posición natural de su cuerpo cuando estaba quieto.

—Ya sé qué vas a preguntar.

—¿Sí?