Capítulo 3 #5
Marta anotó eso en el cuaderno con la letra apretada.
Familiaridad sin contenido. Era una descripción que podría parecer inútil y que en realidad era extremadamente precisa: describía a alguien que había trabajado para producir esa impresión, que la cara de cualquiera no era un rasgo físico sino un logro deliberado.
Hablaron con Neus diez minutos más, recogiendo detalles que por sí solos no significaban nada y que en conjunto añadían textura a lo que ya tenían.
Luego hablaron con la guía de pistas, Raquel, que los recibió en la sala de personal de la estación con una directness que contrastaba con la cautela de Neus pero que conducía al mismo territorio.
Raquel había visto al mismo tipo de persona, o al mismo tipo de situación, en dos de los tres casos anteriores: alguien haciendo preguntas sobre una de las víctimas en el entorno de la pista donde habían sido vistas por última vez.
Alguien que no resultaba alarmante. Alguien que desaparecía del recuerdo con la misma facilidad con que había entrado en él.
De camino de regreso a Vielha, ya oscurecida la tarde, Erik condujo en silencio durante los primeros dos kilómetros. Marta tampoco habló. Los dos dejaban que lo que habían escuchado se sedimentara sin apresurarlo.
—Alguien que conoce bien el entorno —dijo Erik finalmente.
—Alguien que lleva tiempo en él —dijo Marta—. El tiempo suficiente para saber que la mejor forma de no ser visto en un lugar lleno de gente es ser exactamente lo que ese lugar espera ver.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé todavía.
—Pero más de esta temporada.
—Sí. Más de esta temporada.
Erik asintió sin apartar los ojos de la carretera nevada. El coche bajaba con las cadenas sonando sobre el hielo y los faros iluminando el tramo de asfalto que la oscuridad de las seis de la tarde había devuelto a la penumbra de la montaña.
—Hay una cosa que no le he dicho todavía —dijo Erik, después de otro silencio.
—Dígamela.
—El mensaje que me llegó por teléfono. Las cuatro palabras. Tengo otro del mismo número, de hace tres semanas, que no supe interpretar en su momento.
Marta giró la cabeza hacia él.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
—Porque en su momento me pareció irrelevante. Era un número de teléfono desconocido que me mandó un mensaje con una sola palabra. Pensé que era un error, un mensaje equivocado, y lo guardé sin borrar porque tengo el hábito de no borrar nada que no entienda.
—¿Qué decía?
Erik dudó un momento antes de responder, como si nombrarlo en voz alta le diera un peso que quería asegurarse de estar listo para cargar.
—Decía: Busca antes de noviembre.
Marta procesó eso durante el tiempo que tardaron en recorrer la última curva antes de que Vielha apareciera abajo, iluminada en la oscuridad del valle con sus luces de pensión y restaurante y hotel de cinco estrellas, todo funcionando con la precisión de un organismo que ha aprendido a sostener la ilusión de que nada debajo de su superficie merece ser mirado.
Busca antes de noviembre. Noviembre era cuando había desaparecido Álvaro Mendoza.
Lo cual significaba que quien había enviado ese mensaje sabía lo de noviembre antes de que ocurriera noviembre.
O lo sabía inmediatamente después, en un momento en que todavía no había ningún expediente abierto que conectara los casos.
Alguien en el valle había estado viendo el patrón antes de que el patrón tuviera nombre.
Marta abrió el cuaderno en la penumbra del coche, con la única luz del salpicadero, y añadió una tercera pregunta a las dos que había escrito esa mañana.
¿Quién sabía y cuándo lo sabía?
No la escribió con el signo de interrogación detrás. Lo dejó como afirmación, porque era ya suficientemente sólido como para no necesitar la protección provisional del interrogante.
Llegaron a Vielha. Erik aparcó en la calle sin decir nada más y Marta bajó del coche con el cuaderno bajo el brazo y el frío del valle recibiéndola con su indiferencia de alta montaña.
Caminó hacia la pensión por la calle Mayor con el paso de quien lleva consigo algo más pesado que cuando salió, algo que no es exactamente conocimiento pero que se le parece, algo que tiene la forma de la certeza antes de que la certeza llegue pero que pesa igual.
En la habitación, con el calefactor encendido y todavía en el abrigo, abrió el cuaderno en la página donde había escrito la frase de las tres de la mañana.
Esto no es voluntario. Esto es caza.
La leyó. Luego escribió debajo, con la misma letra apretada y sin el signo de interrogación final:
Y lleva más tiempo del que nadie ha querido contar.
Cerró el cuaderno. El frío del exterior empujaba contra las ventanas con la paciencia de siempre, con la seguridad del frío que sabe que el tiempo juega a su favor y que lo que guarda bajo la nieve permanecerá guardado el tiempo que sea necesario.
Pero el tiempo necesario tenía un límite, y ese límite era la voluntad de alguien de seguir mirando cuando todo lo que lo rodeaba le decía que apartar la vista era más fácil y más útil y más rentable.
Marta Bosch no era buena apartando la vista. Era, quizás, la única destreza que nunca había necesitado aprender.