Capítulo 3 #4
Salió de la comisaría a las doce menos cuarto y fue al bar de la calle del Forn, donde la dueña le sirvió el café solo antes de que lo pidiera, como si en dos días ya hubiera aprendido cuáles eran sus hábitos, lo cual era un recordatorio de lo pequeño que era el territorio en el que estaba operando y de lo difícil que sería en ese territorio mantener cualquier cosa en los márgenes de la discreción.
Revisó el cuaderno mientras esperaba.
Cinco variables compartidas en tres casos.
Preguntas sobre las víctimas en el entorno de la estación, hechas por alguien cuya descripción era la descripción de lo invisible por habitual.
Material de esquí abandonado con composición deliberada.
Teléfonos muertos o sin señal después del punto de desaparición.
Y ahora la posibilidad de un vector de contacto previo que todavía no podía verificar pero que existía como hipótesis con suficiente solidez para trabajar sobre ella.
Abrió una página nueva en el cuaderno y escribió dos preguntas.
La primera: ¿cómo se elige a las víctimas? La segunda: ¿cuánto tiempo lleva este patrón antes de estos tres casos?
La primera pregunta tenía respuestas parciales que podía construir.
La segunda era la que le producía el tipo de inquietud que no se disuelve con más información sino que crece a medida que la información se acumula, porque cada nuevo dato que encontraba era un dato que podría haber existido antes y no había sido visto, y ese podría haberlo que no fue visto tenía una extensión temporal que todavía no conocía pero que sospechaba era mayor de lo que nadie en el valle había querido calcular.
Por la tarde, Erik la llevó en coche hasta Baqueira.
No en el coche oficial, que Marta tenía aparcado en un garaje privado dos calles detrás de la pensión porque conducirlo hasta la estación era hacer demasiado visible una presencia que todavía necesitaba operar sin el peso del uniforme institucional.
En el coche de Erik, un Volkswagen de diez años con las cadenas puestas que crujían sobre el hielo de la carretera de acceso con esa regularidad metálica del equipo de invierno que trabaja bien.
La carretera hacia Baqueira subía desde Vielha siguiendo el Nere, el río pequeño que bajaba del puerto con una velocidad que en enero estaba parcialmente frenada por el hielo de los bordes, y que tenía en sus orillas los últimos bosques de hayas antes de que el territorio se abriera a la alta montaña con la desnudez específica de las zonas por encima del límite arbóreo.
Marta miraba el paisaje por la ventanilla del coche con esa atención que le prestaba a los entornos nuevos en los primeros días, cuando todavía estaban cargados de potencial informativo antes de volverse familiares y por tanto invisibles.
Cuatro kilómetros de carretera entre Vielha y la base de Baqueira.
Cuatro kilómetros de curvas y rectas cortas con el río a la derecha y la pared del monte a la izquierda y muy pocos accesos laterales visibles desde la calzada, aunque los había, senderos forestales que llevaban a los pastos de altura y a los refugios de montaña que en invierno permanecían cerrados. Marta los fue contando mentalmente.
—¿Hay cámaras en este tramo? —preguntó.
—En la carretera, no que yo sepa —dijo Erik—. En la zona de aparcamiento de la base, sí. Las puso la estación hace tres temporadas después de un incidente de vandalismo en los vehículos.
—¿Y en el pueblo de Arties?
—Una cámara del Ajuntament en la plaza principal. Eso es todo.
—¿Cobertura de móvil?
—Irregular. Hay zonas sin señal entre la curva del kilómetro dos y la recta del acceso al aparcamiento. Depende de la operadora y del tiempo.
Marta anotó eso. Cuatro kilómetros entre los dos puntos principales del caso, con cobertura irregular y accesos laterales no vigilados.
Era exactamente la clase de corredor que alguien con conocimiento del territorio y voluntad de no ser visto podría usar sin que ningún sistema de registro lo detectara.
La base de Baqueira a media tarde de jueves tenía una actividad moderada.
Los esquiadores del fin de semana todavía no habían llegado, de modo que el área de aparcamiento y la zona de servicios funcionaban con el ritmo más lento de los días de semana, con el personal visible y menos solapado bajo la masa de visitantes.
La mujer de alquiler de material con la que Erik había hablado estaba en su turno en la ventanilla del módulo de alquiler, una instalación de madera y cristal con el logo de la estación en la parte superior y una fila de tres personas esperando que les ajustaran las botas.
Marta y Erik esperaron a que la fila se vaciara.
La mujer, que se llamaba Neus y tenía esa cara de persona que lleva muchos inviernos en un mismo lugar y ha aprendido a mirar a la gente con una economía de atención que no es frialdad sino eficiencia, los vio acercarse con la expresión de quien ya esperaba que llegaran.
—Neus —dijo Erik—. Gracias por recibirnos.
—No hice ninguna promesa de que fuera a hablar —dijo Neus, sin que sonara hostil, sino simplemente preciso.
—No. Pero aquí estamos. —Erik le presentó a Marta sin especificar su cargo, solo con el nombre—. Marta lleva el tema de los chicos.
Neus miró a Marta durante un momento con la evaluación rápida de alguien que ha aprendido a leer personas en el tiempo que tarda un cliente en acercarse a su ventanilla.
—¿Es policía?
—Sí —dijo Marta.
—¿Me voy a meter en problemas?
—Si dice lo que sabe, no.
Neus se apoyó en el mostrador de la ventanilla con los brazos cruzados, postura que Marta reconoció como la de alguien que ha decidido hablar pero que necesita sentir que lo hace desde una posición de control.
—La chica de la semana pasada —empezó Neus—. La de Escornau. La vi el sábado cuando vino con sus padres a renovar el pase de temporada. Siempre lo hacían en nuestra ventanilla porque llevaban años viniendo y conocían a mi compañera de la temporada pasada.
—¿Y?
—El lunes, el día que desapareció, hubo alguien que preguntó por ella antes de que cerráramos. Sobre las cuatro y cuarto. Me preguntó si había venido a renovar algún equipo ese día, si había pasado por aquí.
—¿Cómo era esa persona?
Neus frunció los labios levemente.
—Eso es lo que no puedo explicarle bien.
—Hizo una pausa—. Equipo de esquí completo.
Gafas puestas todavía aunque ya estaba en la zona cubierta.
Edad que podría ser la mía o diez años más o menos.
No lo sé. Habló en castellano, sin acento marcado.
Preguntó con naturalidad, como si fuera algo sin importancia, y cuando le dije que no había venido por aquí ese día, asintió y se fue. Así. Sin más.
—¿Hombre o mujer?
—Hombre. Creo. Con el equipo puesto y las gafas no estoy segura, pero creo que sí.
—¿Alto, bajo, corpulento?
—Estatura normal. No gordo, no delgado. —Neus hizo un gesto de frustración consigo misma—. Sé que parece que no me fijé en nada. Pero es que parecía cualquiera. Literalmente cualquiera de los que pasan por aquí cada día.
—¿Lo habría reconocido si lo hubiera visto antes o después?
Neus tardó en responder.
—En el momento, pensé que me resultaba familiar. Pero ahora no sé si es que realmente lo había visto antes o si es que era el tipo de persona que parece familiar aunque no la hayas visto nunca. Esos los hay, ¿no? Personas que tienen una cara que podría ser de cualquiera.