Capítulo 3 #3
Tres escenas. Tres composiciones visuales con la misma firma implícita. No el caos de alguien que desaparece en el pánico o la prisa, sino el orden de alguien que tiene tiempo, que no está nervioso, que considera la presentación de lo que deja atrás parte del proceso.
Eso decía algo sobre el perfil que empezaba a formarse en su mente con la lentitud de las imágenes que se revelan en un cuarto oscuro.
No era alguien impulsivo. No era alguien oportunista que actuara sobre el momento.
Era alguien que planificaba, que tenía paciencia, que entendía la importancia de los detalles en la construcción de la escena que los demás verían después.
Alguien que sabía exactamente cuánto tiempo tenía antes de que alguien empezara a buscarlo y que usaba ese tiempo con una economía que sugería práctica.
La práctica era quizás el dato más perturbador de todos.
Nadie hace algo así por primera vez con esa precisión.
Marta volvió al centro de Vielha por la calle Maior, que a esas horas tenía la quietud de los martes de temporada sin el ruido del fin de semana y sin la ausencia total de los lunes profundos.
Pasó por delante de la pensión sin entrar y continuó hasta la redacción del Diari de la Vall, donde la luz del interior ya estaba encendida aunque eran las ocho y cuarenta y la cita era a las nueve.
Erik estaba en su mesa cuando ella entró. No tenía café. Tenía el cuaderno abierto y la expresión de alguien que ha pasado la noche haciendo el mismo ejercicio que ella, por su propio lado y con sus propias herramientas, y que ha llegado a algún lugar que necesita confirmar con otro.
—¿Durmió? —preguntó Erik.
—No —dijo Marta—. ¿Usted?
—Tampoco.
—Bien. Entonces los dos tenemos la misma cantidad de información.
Se sentó en la silla que había al lado de la mesa de Erik, la que usaban los colaboradores cuando venían a entregar sus piezas, y extendió el cuaderno sobre la mesa. Erik hizo lo mismo con el suyo.
Lo que siguió fue la primera conversación técnica real entre los dos, la que venía después de los acuerdos y los protocolos y los gestos de demarcación territorial y entraba directamente en el territorio compartido de lo que ambos habían encontrado.
Era una conversación con la textura de las conversaciones entre personas que tienen distintas partes de un mapa y están tratando de ver qué forma tiene el territorio cuando se juntan.
—Las fuentes de la estación —dijo Erik, sin preámbulo—. Hablé ayer por la tarde con dos personas. Una trabaja en el área de alquiler de material. Lleva seis temporadas. La otra es guía de pistas en el sector de Baqueira, encargada de los grupos de esquiadores con licencia junior.
—¿Conocían los casos?
—El del menor de Burgos, de oídas. El de Paula Giró, más directamente porque Arties es pequeño y se habla. El de Laura Valls, lo supieron el lunes por la noche cuando el parte del pistero circuló entre el personal.
—¿Y?
Erik pasó una página del cuaderno.
—Los dos, de forma independiente, me dijeron lo mismo. No sobre los casos en sí, sino sobre algo anterior a los casos. Me dijeron que en los días previos a cada una de las desapariciones, alguien había preguntado por las víctimas en distintos puntos del entorno de la estación.
Marta no reaccionó externamente. Esperó.
—No de forma que resultara alarmante. Preguntas que podrían ser de cualquiera.
¿Habéis visto a esta chica? ¿Saben si sigue en las pistas?
¿A qué hora cierra este sector? El tipo de preguntas que cualquier conocido, cualquier familiar, cualquier amigo haría.
Pero las preguntas existían. Y las existía en los tres casos.
—¿El mismo perfil de quien preguntaba?
—Nadie supo describirlo de forma precisa.
—Erik dudó un momento—. Eso es lo curioso, en realidad.
Cuando les pedí que describieran a la persona, los dos se bloquearon.
No porque no la hubieran visto. Sino porque la descripción que intentaban hacer era la descripción de alguien completamente normal en ese entorno.
Equipo de esquí. Edad indeterminada, entre treinta y cincuenta.
Sin rasgos marcados. Sin nada que se quedara grabado.
—Alguien que se confundía con el paisaje.
—Exactamente. —Erik cerró el cuaderno un momento—.
Hay un concepto que usamos en periodismo para las fuentes que no quieren ser vistas: la invisibilidad de lo habitual.
Nadie memoriza a la persona que siempre está ahí porque estar siempre ahí es la razón por la que no la ves.
Este hombre, si era siempre el mismo hombre, sabía eso.
Marta anotó eso en su cuaderno. No el hecho concreto, que ya lo tenía, sino la formulación.
La invisibilidad de lo habitual. Era una forma de decir lo mismo que ella estaba pensando desde las tres de la mañana, pero con una precisión que el lenguaje policial no tenía y que el lenguaje periodístico, en sus mejores momentos, sí.
—¿Sus fuentes estaban en la estación en los tres períodos?
—La del alquiler de material, sí. La guía, en dos de los tres.
—¿Compararon sus recuerdos entre ellas?
—No se conocen entre sí lo suficiente como para haberlo hecho por su cuenta. Lo hice yo, con los dos testimonios por separado.
—¿Estarían dispuestas a ampliar el testimonio de forma oficial?
Erik hizo una pausa que Marta ya sabía leer.
—Con garantías de que sus nombres no aparecerán en ningún documento público en esta fase.
—Puedo garantizar discreción, no invisibilidad indefinida. Si el caso va a juicio, lo que me digan puede ser relevante como material de contexto.
—Se lo diré así.
—¿Cuándo puede hablar con ellas?
—Hoy por la tarde si quiere. Las dos tienen turno de mañana en la estación.
Marta cerró el cuaderno.
—Una cosa que no está en los expedientes y que necesito entender.
—Hizo una pausa que era menos de cálculo que de búsqueda de la formulación exacta—.
¿Hay algo en los tres casos que conecte a las víctimas entre sí?
¿Algún punto de contacto previo, algún lugar donde coincidieran, alguna actividad común?
Erik la miró con una expresión que era de reconocimiento, como si esa fuera exactamente la pregunta que él había estado intentando formular la noche anterior sin conseguir articularla del todo.
—Es lo que no encuentro —dijo—. No hay nada obvio. Álvaro era de Burgos, Paula de Tarragona, Laura de Barcelona. Distintas edades, distintos colegios, distintos círculos sociales. Si alguna vez coincidieron en la estación antes de desaparecer, no hay registro de ello.
—¿Redes sociales?
—Las revisé todas. Sin conexión entre los tres perfiles. Sin seguidores comunes fuera del ruido estadístico normal. Sin menciones de los mismos lugares en el mismo momento.
—¿La aplicación de la estación?
Erik levantó la vista.
—¿Qué aplicación?
—Baqueira tiene una aplicación propia para esquiadores.
Estado de las pistas, parte de nieve, información de los sectores, sistema de valoración de rutas.
Con registro de usuario opcional. —Marta lo dijo sin dar a entender que fuera una revelación importante, porque técnicamente todavía no lo era, aunque algo en la combinación de los hechos que estaba construyendo la empujaba hacia esa dirección con una insistencia que no podía ignorar—.
¿Sabe si alguna de las víctimas la usaba?
Erik cogió el teléfono.
—Puedo comprobarlo ahora mismo. Las cuentas públicas son visibles sin registro.
Buscó el nombre de Álvaro Mendoza en la aplicación. No apareció nada. Buscó el nombre de Paula Giró. Tampoco. Buscó Laura Valls.
Hubo un momento de silencio.
—Laura Valls tiene perfil activo —dijo Erik—. Publicó dos valoraciones de pistas este mismo fin de semana.
—¿Tiene mensajes privados visibles?
—No. La bandeja de entrada es privada.
Marta asintió. Era una pista, no una certeza. Y las pistas a las ocho y media de la mañana del jueves de una semana que ya llevaba demasiadas cosas sin resolver tenían el peso exacto que le correspondía: suficiente para seguirlas, insuficiente para cargarlas con más de lo que podían soportar.
—Necesito acceso a las bandejas privadas de las cuentas de las tres víctimas —dijo—. Para eso necesito una orden. Lo gestionaré con Puig.
—¿Cuánto tarda?
—Depende de si el juez de guardia de Lleida tiene prisa o no. —Hizo una pausa—. Dos o tres días si tengo suerte.
—¿Y si no tiene suerte?
—Una semana.
Erik asintió con la resignación de quien conoce los tiempos de la burocracia judicial y ha aprendido que combatirlos consume más energía de la que merece.
La mañana avanzó con la lentitud específica de los procesos de investigación en su fase de construcción, que son siempre más lentos de lo que la urgencia del caso requeriría y más rápidos de lo que la cautela aconsejaría.
Marta pasó las dos horas siguientes en la comisaría con Puig, repasando los expedientes originales con un detalle que el sergent agradeció en el sentido de que valoró la minuciosidad, aunque su expresión durante el proceso era la de alguien que preferiría no estar viendo lo que estaba viendo.
Puig era un profesional que había construido su carrera sobre la capacidad de distinguir entre los casos que podía resolver y los que no, y este, lo sabía, era del segundo tipo, y era también el tipo que te encontraba sin que lo buscaras y que, una vez encontrado, no te dejaba volver al estado anterior con ninguna honestidad intacta.
—¿Necesita recursos adicionales de la coordinación de Lleida? —preguntó Puig, en un momento de la revisión.
—Todavía no. Cuando los necesite, le aviso.
—El sergent mayor de la demarcación querrá un informe de situación.
—Lo tendrá al final de la semana.
—¿Qué le digo mientras tanto?
—Que el caso está en fase de construcción y que la prioridad es no contaminar las fuentes con movimientos institucionales prematuros.
Era una formulación que Puig podía trasladar hacia arriba sin comprometerse demasiado y sin mentir, que era exactamente lo que ella le estaba ofreciendo, y los dos lo sabían.