Capítulo 3 #2
La tercera carpeta era la más reciente y también la que tenía más peso.
No más páginas, que en realidad eran pocas, sino más peso en el sentido específico de los casos que se instalan en algún lugar del sistema nervioso y no se mueven, que es una forma de decir que Marta había visto la foto de esa chica y no había podido aparcar la imagen con la eficiencia técnica con que apartaba otras imágenes de otros expedientes.
Dieciséis años. Familia de Barcelona. Laura Valls.
Laura era el nombre que nadie había pronunciado todavía en ninguno de los documentos que Marta había manejado hasta ese momento, porque los expedientes de menores omiten los nombres en las primeras páginas por protocolo de protección, y el nombre había llegado de Erik la tarde anterior, casi de pasada, como si nombrarlo fuera un gesto que le costara pero que había decidido que era necesario porque los nombres hacen que las personas sean más difíciles de ignorar, que eso también lo había aprendido alguien.
Laura Valls. Diecisiete años. Habitual de la estación desde los cinco, cuando sus padres empezaron a venir al valle cada temporada con la regularidad de los que han encontrado en un lugar el tipo específico de normalidad que quieren para sus vidas.
Sabía esquiar desde los siete. Conocía Baqueira con la familiaridad de los que han esquiado las mismas pistas durante una década y saben exactamente dónde se forma el hielo después de un día de sol y dónde la nieve se mantiene en polvo más tiempo del que el parte meteorológico predice.
El lunes por la tarde, Laura se había quedado rezagada del resto de su familia en las pistas del sector de Baqueira porque quería hacer una última bajada por la pista Escornau, que era su preferida y que su padre consideraba demasiado técnica para el final de la tarde cuando el cansancio afecta al control.
Habían acordado verse en la base en cuarenta minutos.
Cuarenta minutos que la familia esperó primero con paciencia, luego con impaciencia, luego con la angustia que se instala en el cuerpo de los padres cuando el tiempo que debería haber sido suficiente lleva demasiado siendo insuficiente.
El pistero que hizo el último recorrido de control de la jornada a las 17:55 encontró los esquís apoyados en el tronco de un pino a medio camino de la pista y los bastones cruzados sobre la nieve con esa geometría que Marta había subrayado en el expediente la noche anterior.
El pistero había fotografiado la escena antes de llamar porque era protocolo en caso de abandono de material, y esa fotografía era la que había circulado después entre las familias con ese silencio de las cosas que no tienen canal oficial por donde moverse.
Marta había mirado esa fotografía muchas veces ya.
No porque los detalles cambiaran, sino porque cada vez que la miraba veía algo ligeramente distinto.
Esta vez lo que vio fue el ángulo de los bastones.
No simplemente cruzados, sino cruzados con una simetría que requería intención.
Un bastón en diagonal desde la izquierda hacia la derecha.
El otro en diagonal desde la derecha hacia la izquierda.
Formando una equis sobre la nieve, en el centro exacto de la franja de nieve entre el tronco del pino y el límite de la pista señalizado con redes.
Una equis.
Las marcas sobre la nieve no eran el residuo de alguien que se había ido. Eran algo colocado, construido, deliberado. Y esa deliberación tenía un significado que todavía no podía interpretar con certeza, pero que existía con la solidez de una firma.
Marta anotó eso en el cuaderno con tres signos de interrogación detrás.
El frío de la habitación se había intensificado hacia las tres de la madrugada, que era el momento en que el calefactor llevaba cuatro horas apagado y el frío exterior del enero aranés, que esa noche había bajado de los quince grados bajo cero en las zonas altas del valle, encontraba los resquicios de las ventanas viejas de la pensión y los aprovechaba con esa paciencia del frío, que nunca tiene prisa porque sabe que el tiempo juega a su favor.
Marta se levantó, fue al baño, se miró en el espejo un momento con la objetividad de quien se evalúa como se evaluaría cualquier otra variable del caso, y volvió a la cama con el abrigo técnico encima de las mantas.
Volvió a los expedientes.
Lo que tenía hasta ese momento era un patrón de cinco variables compartidas en los tres casos.
Primera: la edad de las víctimas, entre dieciséis y diecinueve años, en el tramo que los estudios de personas desaparecidas identificaban como el de mayor autonomía percibida y menor supervisión real.
Segunda: el perfil de visitantes, ninguno de ellos residente del valle, todos ellos en contexto de ocio sin agenda fija más allá del esquí.
Tercera: el horario del último avistamiento, entre las cuatro y las seis de la tarde, en el período de transición entre el fin de la jornada de esquí y el inicio de la vida nocturna del après-ski, que era el momento de mayor dispersión de los grupos y menor atención de los adultos responsables.
Cuarta: la ausencia de rastro digital significativo después del punto de desaparición, con los teléfonos muertos o sin señal de forma consistente.
Y quinta, la más inquietante de todas, porque era la que conectaba los tres casos en un nivel que iba más allá de la coincidencia estadística: el material de esquí abandonado con una geometría inusualmente ordenada, demasiado ordenada para ser accidental.
Cinco variables compartidas en tres casos que el sistema había procesado como tres historias sin relación.
Marta calculó mentalmente la probabilidad de que cinco variables independientes coincidieran en tres casos de forma aleatoria.
El número que obtuvo era suficientemente pequeño como para que la hipótesis de la coincidencia dejara de ser una hipótesis y se convirtiera en una descortesía hacia los hechos.
Esto no era voluntario. Esto era caza.
Escribió esa frase en el cuaderno y la miró durante un momento.
Era la primera vez que la ponía por escrito, en esa forma directa que no dejaba margen para la interpretación benigna.
La escribió así precisamente por eso: porque poner las cosas por escrito en la forma más directa posible era también un modo de obligarse a comprobarlas, de no permitirse el lujo de la ambigüedad cómoda que dejaba abiertas todas las salidas.
Si se equivocaba, lo sabría. Si no se equivocaba, al menos tenía la formulación.
Esto no era voluntario. Esto era caza.
Guardó el cuaderno bajo la almohada, apagó la luz, y escuchó el silencio del valle a las tres y media de la mañana.
No era el silencio de las ciudades, que siempre tiene un fondo de máquina, de motor lejano, de respiración mecánica de algo que nunca para del todo.
Era el silencio de los lugares donde el frío ha conseguido inmovilizar suficientes cosas como para que el mundo parezca temporalmente detenido.
Afuera, en algún punto de ese silencio, Vielha dormía con la conciencia tranquila de quien ha procesado el día sin dejar cabos sueltos, o con la conciencia tranquila de quien ha aprendido a no tirar de los cabos porque sabe que del otro lado hay cosas que es más cómodo no saber.
Marta no durmió. Pero tampoco pensó. Estuvo simplemente en ese estado intermedio que los investigadores aprenden a reconocer como el período en que el caso trabaja solo, cuando el cerebro ha absorbido suficiente información y necesita un tiempo sin dirección para reorganizarla en un orden que la atención consciente no habría encontrado.
Era un estado productivo, aunque desde fuera pareciera inactividad.
A las seis y cuarenta se levantó, se duchó con el agua que tardaba cuatro minutos en calentarse, y bajó a desayunar antes de que Dolors recogiera el bufet.
Tomó café y una tostada con mermelada de los Pirineos que tenía un sabor a frambuesa genuina que le recordó brevemente que estaba en un lugar con una identidad propia por debajo de todo lo demás, y salió a la calle cuando la luz de las siete de la mañana de enero en el valle todavía era más azul que blanca.
Había quedado con Erik a las nueve en la redacción del Diari de la Vall. Tenía noventa minutos.
Los usó para caminar.
El río Garona bordeaba el núcleo urbano de Vielha por el sur con esa insistencia de los ríos de montaña, que no tienen la amplitud de los ríos de llanura pero compensan la anchura con la velocidad y el ruido, un ruido constante y bajo que en el silencio de la mañana de invierno resultaba más audible de lo que sería en cualquier otra estación.
Marta caminó por el sendero que seguía la orilla, con el frío de las siete de la mañana instalado en el aire con una intensidad diferente a la del frío de la tarde o la noche, más limpio, más elemental, como si fuera el primer frío del día y todos los demás fueran variaciones de ese.
Las piedras del sendero estaban cubiertas de una capa de hielo fino que crujía bajo las botas con una regularidad casi rítmica.
Pensaba en la quinta variable mientras caminaba.
El material de esquí abandonado con geometría ordenada.
Los bastones cruzados de Laura Valls. Y lo que Erik le había contado sobre los otros dos casos, lo que no estaba en los expedientes pero que sus fuentes habían confirmado de forma independiente: que los esquís del menor de Burgos habían sido encontrados apoyados en la valla metálica del aparcamiento con los cierres de las botas desabrochados y colocados sobre el tablón de madera que servía de banco al pie de la valla, uno a cada lado, simétricos.
Y que la mochila de Paula Giró, que apareció tres días después de su desaparición en un banco del parque central de Arties, había sido encontrada con el cierre completamente cerrado y las asas perfectamente dobladas sobre la parte superior, como si alguien la hubiera guardado después de vaciarla con cuidado.