Capítulo 3
Tres nombres sobre la nieve
Lo que los expedientes no cuentan
La pensión de la calle Major tenía una calefacción central que se apagaba a las once de la noche y no volvía a encenderse hasta las siete de la mañana, lo cual significaba que las horas intermedias pertenecían al frío con la misma naturalidad con que las horas de luz pertenecían a la montaña.
Marta lo había descubierto la primera noche, cuando se despertó a las dos y cuarto con la sensación de que alguien había abierto una ventana, y había pasado la segunda noche con el abrigo técnico puesto sobre el pijama y los expedientes extendidos sobre la cama como si el frío fuera también una condición de trabajo y no solo una molestia.
Esa segunda noche, la noche del miércoles al jueves, Marta no durmió.
No fue una decisión. Fue la consecuencia natural de tener tres carpetas sobre la colcha y un cuaderno abierto en la almohada y la luz de la mesilla encendida con la claridad insuficiente de las bombillas de cuarenta vatios que las pensiones de provincias parecían reservar para los clientes que llegaban de noche y salían temprano.
La carpeta de Erik a la izquierda. Los expedientes de Puig en el centro, impresos esa tarde en la comisaría con el permiso profesional y la cooperación discreta del sergent que había demostrado ser más útil de lo que la primera reunión había sugerido.
El cuaderno propio a la derecha, con la letra que sus compañeros de Lleida describían como cifrada pero que ella encontraba perfectamente legible porque era la única letra que había aprendido a producir cuando pensaba de verdad, a esa velocidad a la que los pensamientos llegan antes de que la mano pueda ordenarlos.
Tres casos. Tres carpetas que el sistema había generado de forma aislada, tres historias que cada expediente contaba como si fuera la única que existía en el mundo, con la ceguera burocrática de quien está diseñado para resolver problemas individuales y no para reconocer que los problemas individuales pueden ser capítulos de algo más largo.
Marta empezó por el primero.
Álvaro Mendoza. Dieciséis años. Burgos. Desaparecido el diecisiete de noviembre, sábado, hacia las 17:40 según el último registro de su teléfono en la red local de la estación.
Había venido al valle con un grupo de cinco amigos de su clase, todos ellos entre quince y diecisiete años, en un viaje organizado por los padres de uno de ellos que habían alquilado un apartamento en Baqueira durante cuatro días.
El sábado por la tarde, según los testimonios de sus amigos, Álvaro se había separado del grupo en el aparcamiento de la base después de la última bajada del día.
Dijo que necesitaba ir al baño y que los esperaba en el coche. No llegó al coche.
Los cuatro amigos esperaron veinte minutos, luego fueron al baño más cercano, luego llamaron al teléfono de Álvaro, que sonó tres veces y después saltó al buzón de voz.
Llamaron al padre de uno de ellos, que era el adulto responsable del viaje.
El padre tardó cuarenta minutos en llegar desde el apartamento.
Para entonces habían pasado casi dos horas desde el último contacto con Álvaro.
La denuncia se presentó esa misma noche, a las veintitrés horas, en la Guardia Civil de Vielha.
El expediente de la Guardia Civil describía el caso como menor desaparecido de forma indeterminada, circunstancias sin aclarar, investigación inicial en curso.
Investigación inicial que, según la documentación disponible, consistía en una llamada al hospital comarcal de Vielha para verificar si había ingresado algún menor con perfil coincidente, una consulta a los servicios de emergencias de montaña del Pirineo catalán para comprobar si había habido algún incidente en las pistas ese día, y una anotación en el sistema de personas desaparecidas de la Guardia Civil que quedó en el estado de pendiente de seguimiento durante las semanas siguientes.
El teléfono de Álvaro dejó de registrar actividad a las 17:42.
El modelo era un smartphone de gama media con batería de larga duración.
La Guardia Civil solicitó a la operadora el historial de llamadas y ubicaciones, que llegó cuatro días después del inicio de la investigación.
El último ping de la antena más cercana situaba el teléfono en las inmediaciones del aparcamiento principal de Baqueira, a unos doscientos metros de donde los amigos lo habían visto por última vez. Después, nada.
Marta subrayó ese dato. La distancia entre el último avistamiento humano y el último registro tecnológico era demasiado corta para ser la huella de alguien que se había marchado voluntariamente.
Si Álvaro hubiera decidido irse, el teléfono habría seguido registrando actividad, ya fuera llamadas o el simple movimiento entre antenas que produce cualquier desplazamiento en un territorio con cobertura.
La ausencia de señal posterior no significaba que hubiera muerto, no todavía, pero sí significaba que algo había interrumpido la continuidad normal de un chico de dieciséis años con un smartphone en la mano.
Nadie en el expediente había llegado a esa conclusión por escrito.
La segunda carpeta era más delgada porque el caso era más reciente y la documentación menos completa, pero también porque el cuerpo que lo había gestionado, en este caso los Mossos de la Unitat Territorial del valle, había sido más económico en sus anotaciones de lo que la gravedad potencial del caso requería.
Marta había visto esa economía de escritura antes, en casos donde el investigador inicial había intuido que el asunto era más complejo de lo que podía manejar con los recursos disponibles y había preferido no documentar lo que no podía resolver, porque documentar un problema sin resolverlo dejaba rastro de incompetencia mientras que no documentarlo dejaba simplemente silencio.
El silencio era más manejable.
Paula Giró. Diecinueve años. Tarragona. Desaparecida el cuatro de diciembre, miércoles, último avistamiento a las 16:10 según el testimonio de su pareja, un chico de veintiún años llamado Marc que había venido al valle con ella en lo que ambos describían a sus familias como una escapada romántica de fin de semana, aunque el viaje había comenzado un miércoles y había empezado a tensarse antes de que terminara el primer día.
La discusión entre Paula y Marc había ocurrido sobre las tres de la tarde, en el apartamento alquilado en Arties, y había versado según Marc sobre algo que él describía en su declaración como una diferencia de planes sobre el resto del viaje, frase que Marta había aprendido, con los años, a leer como la versión adulta y socialmente aceptable de una pelea sin razón clara o con una razón que el que la sufrió prefería no nombrar.
Paula había salido del apartamento con el abrigo y sin el material de esquí, lo que indicaba que no tenía intención de ir a las pistas sino simplemente de caminar.
Marc había supuesto que volvería en una hora.
No volvió.
Marc esperó hasta las seis de la tarde antes de llamarla.
El teléfono de Paula estaba apagado. Esperó otra hora por si volvía.
Cuando a las siete y cuarto Paula todavía no había aparecido, Marc llamó a la madre de ella, que estaba en Tarragona.
La madre llamó a la policía. La denuncia se presentó a las ocho y media, cuando el frío de diciembre llevaba horas convertido en algo que hace que caminar sin propósito sea cada vez más difícil y que la ausencia prolongada de una persona empiece a tener un peso específico distinto del que tiene a la luz del día.
Los Mossos recorrieron el casco urbano de Arties esa noche.
Arties era un pueblo pequeño, de poco más de ciento cincuenta habitantes en temporada baja, con las calles estrechas y empedradas de la arquitectura aranesa y una geometría de esquinas que hacía que desde cualquier punto del pueblo se pudiera ver casi cualquier otro punto.
No encontraron a Paula. No encontraron a nadie que la hubiera visto después de las cuatro de la tarde.
El relato de la desaparición voluntaria se construyó sobre la discusión previa con Marc, sobre la salida sin material de esquí que sugería una intención de alejarse, sobre la edad de Paula y la capacidad legal de una persona de diecinueve años de ir a donde quiera sin deberle explicaciones a nadie.
Era un relato que funcionaba. El problema era que funcionaba demasiado bien, con esa perfección de las narrativas que se construyen sobre lo que se sabe en lugar de sobre lo que se investigó.
Marta había conocido a Marc brevemente, por teléfono, la tarde anterior.
Había sonado exactamente como suena alguien que lleva semanas sin dormir bien y que ha respondido la misma pregunta suficientes veces como para que su voz tenga esa textura específica de quien ha memorizado su propio dolor.
No mentía. O al menos no mentía de las formas que Marta sabía reconocer.
Sentía una culpa genuina por haber dejado que Paula saliera sola, una culpa que él mismo describía como irracional pero que no podía desconectar, como si el peso de lo que había ocurrido después de ese momento requiriera que él fuera responsable de alguna forma de la cadena de eventos.
—Si no nos hubiera peleado —había dicho Marc, en un momento de la conversación, con la voz un poco rota—, ella no habría salido. Si no hubiera salido, no habría desaparecido. Eso es lo que no puedo quitarme de la cabeza.
Marta había escuchado sin interrumpir. Era lo que aprendías a hacer en esas llamadas: escuchar, no consolar, porque el consuelo prematuro cerraba puertas que todavía tenían que abrirse.
—Señor Martínez —había dicho finalmente—, la culpable de lo que le ocurrió a su novia no fue la discusión.
Marc había tardado en responder.
—¿Eso quiere decir que sabe lo que le ocurrió?
—Significa que estoy trabajando para saberlo.
No era una respuesta satisfactoria. Pero era la única honesta.