Misterio en el valle de Aran Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

—Todo lo que tengo —dijo—. Fuentes, fechas, nombres cuando los tengo. Algunas cosas son confirmadas, otras son lo que me dijeron personas que prefieren no aparecer.

Marta no abrió la carpeta de inmediato.

—Primero cuénteme —dijo—. La carpeta después.

Erik asintió. Ordenó un café sin leche y empezó.

Lo que contó en los veinte minutos siguientes era la trama de conversaciones, mensajes, fuentes con nombre y sin nombre que había construido en los días previos a la llegada de Marta.

Era un trabajo de periodismo de fuentes clásico, el tipo que se hace caminando y escuchando y haciendo las preguntas aparentemente menores que la gente responde sin pensar porque no parecen importantes, y que luego resultaban ser las únicas que importaban.

Tenía el testimonio de una empleada de hotel que recordaba preguntas sobre una de las víctimas horas antes de su desaparición.

Tenía el detalle, recogido por un guardia de seguridad de la estación a quien Erik había hablado hacía dos días, de que en los tres casos el material de esquí había aparecido abandonado con una geometría inusualmente ordenada.

Tenía el nombre, recogido de forma indirecta y no verificada todavía, de alguien que había estado en los tres entornos en las horas previas.

Ese último punto lo dijo con más cuidado que el resto.

—No lo tengo confirmado —dijo—. Es lo que me dijo una fuente que no puede aparecer. Puede ser coincidencia.

—¿El nombre se repite en los tres casos por la misma fuente o por fuentes distintas?

Erik lo pensó.

—Por fuentes distintas que no se conocen entre ellas.

Marta bebió el café sin apresurarse.

—Eso reduce la posibilidad de que sea coincidencia —dijo—. No la elimina.

—Lo sé.

—El nombre me lo da ahora, extraoficialmente.

Erik se lo dio.

Marta no lo anotó. Lo registró en el lugar de la memoria donde guardaba las cosas que todavía no podían ir a ningún papel porque escribirlas significaba darles un peso que todavía no habían ganado pero que tal vez pronto ganarían.

Abrió la carpeta. Los documentos que Erik había reunido eran más ordenados de lo que esperaba de alguien que había trabajado con urgencia y con recursos limitados.

Cada caso tenía su página separada, con la fuente indicada en abreviatura, las fechas verificadas subrayadas en verde y las cosas sin verificar marcadas con interrogante.

Era el sistema de alguien que había aprendido a trabajar solo sin perder el hilo de lo que sabía y lo que suponía.

—Ha hecho un buen trabajo —dijo Marta, sin sentimentalismo.

—He hecho el trabajo que había que hacer —dijo Erik—. No es lo mismo.

Afuera, la tarde había terminado de oscurecer y la calle del Forn tenía esa quietud de los martes de invierno en las ciudades pequeñas, el rumor de fondo de un lugar que respira entre dos oleadas de ruido.

En dos días llegarían los primeros coches del fin de semana y el valle volvería a llenarse con la normalidad ensayada de la temporada alta.

En algún lugar de esa normalidad, cuatro personas seguían sin aparecer.

Y alguien, o varios, sabían exactamente por qué.

Marta cerró la carpeta y la guardó bajo el brazo con el gesto resuelto de quien ha decidido que ya tiene suficiente para empezar a moverse en una dirección.

No era certeza. Era algo más funcional que la certeza: era la dirección suficiente para dar el primer paso sin perderse, que en los primeros días de un caso de este tipo era todo lo que se podía pedir.

—Mañana por la mañana empiezo con los expedientes completos —dijo—. Necesito que me consiga acceso a los empleados de temporada de la estación. No de forma oficial todavía.

—Conozco a gente —dijo Erik.

—Lo imaginaba.

Marta se levantó y dejó el dinero del café sobre la mesa. Miró a Erik un momento, con esa mirada de inventario que él ya había aprendido a reconocer en las pocas horas que llevaban en el mismo espacio: la mirada de alguien que cataloga lo que ve y lo guarda en el lugar preciso que le corresponde.

—Una cosa, señor Vidal.

—Erik.

—Una cosa, Erik. Quien nos envió ese mensaje, a los dos, sabía que hablaríamos. Lo que no sabía, o no podía garantizar, es que podríamos hacer algo con lo que encontráramos. Eso depende de lo que encontremos y de lo rápido que lo encontremos.

Erik asintió.

—Lo entiendo.

—Bien.

Marta salió al frío de la calle del Forn y caminó hacia la pensión con el paso de alguien que tiene adónde ir, aunque el camino todavía sea más largo de lo que resulta cómodo reconocer.

El valle la rodeaba con su indiferencia de alta montaña, con sus tejados nevados y sus luces encendidas detrás de los cristales y su economía perfectamente engrasada para procesar visitantes y devolverlos a sus ciudades de origen cargados de fotografías y recuerdos de nieve limpia.

Debajo de esa nieve limpia, la historia real llevaba tiempo esperando que alguien llegara desde fuera con los ojos suficientemente fríos para verla.

Marta Bosch tenía los ojos fríos. Era, quizás, lo único que el valle no había calculado.