Misterio en el valle de Aran Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

No era un periodista pidiendo una entrevista. Era alguien que había entendido la geometría del problema y estaba proponiendo una solución práctica con los recursos disponibles. Marta lo evaluó durante unos segundos más.

—No le doy información de la investigación —dijo—. Lo que hablo con usted es extraoficial.

—Lo mismo de mi parte —dijo Erik.

—Y si publica algo que comprometa el caso, esa conversación termina inmediatamente.

—Entendido.

—Necesito los expedientes de los casos anteriores que usted ha documentado. Todo lo que tenga, no solo lo que ha publicado.

—Lo puedo tener esta tarde.

Marta asintió una sola vez. Era el acuerdo más provisional del mundo, sin firma, sin protocolo, sin ninguna garantía excepto el hecho de que los dos necesitaban al otro para llegar a algún lugar que ninguno podía alcanzar solo.

En la investigación de casos complejos, a veces los mejores acuerdos eran los más frágiles, porque la fragilidad los mantenía honestos.

—Hay una cosa más —dijo Erik, antes de que Marta pudiera darse la vuelta.

Ella esperó.

—El mensaje que recibí por teléfono llegó antes de que usted estuviera en el valle. Quien lo envió sabía que yo haría algo con él. También sabía que alguien llegaría desde fuera. Y sabía que los dos acabaríamos hablando.

Marta procesó esto.

—Eso significa que hay alguien en este valle que quiere que el patrón se vea —dijo—. Y que no sabe, o no puede, hacerlo él mismo.

—Eso mismo —dijo Erik.

Se quedaron un momento en esa conclusión compartida, que no era tranquilizadora ni alarmante sino simplemente el primer pedazo sólido sobre el que pisar en un terreno que hasta ese momento había sido completamente resbaladizo.

Marta cogió el cuaderno que llevaba en el bolsillo interior del abrigo y escribió su número de teléfono en una página en blanco. Lo arrancó y se lo dio a Erik.

—Esta tarde —dijo—. Con todo lo que tenga.

Dio media vuelta y caminó hacia la pensión de la calle Major. No miró atrás, pero oyó los pasos de Erik alejarse en la dirección contraria sobre el adoquín nevado con esa acústica limpia y seca que tiene la nieve cuando el frío es suficiente para mantenerla dura.

En la habitación de la pensión, con el calefactor en marcha y los expedientes impresos extendidos sobre la cama, Marta pasó las dos horas siguientes construyendo lo que en la coordinación de Lleida habían llamado un mapa preliminar de coincidencias y ella llamaba, en la terminología más honesta de sus cuadernos personales, la forma que tenía el problema antes de saber qué problema era.

Tres casos. Cuatro si incluía el más reciente.

Cuatro jóvenes. Cuatro momentos del día similares.

Cuatro entornos que se solapaban geográficamente dentro de un radio menor del que se había reconocido en ninguno de los expedientes individuales porque ningún expediente individual había mirado más allá de sí mismo.

Lo primero que la había llevado a solicitar el desplazamiento al valle no había sido ninguno de esos casos por separado.

Había sido una tabla de coincidencias que un analista de la coordinación había generado por rutina, casi sin querer, como parte de un ejercicio de depuración de estadísticas de personas desaparecidas en la demarcación de Lleida.

La tabla mostraba una anomalía: la tasa de desapariciones de personas entre quince y veinticuatro años en el municipio de Naut Aran y áreas limítrofes durante los meses de temporada de esquí era, en los últimos tres años, un ochenta y siete por ciento superior a la media de municipios de características comparables en densidad turística y demográfica.

No era un número que gritara. Era un número que susurraba con consistencia, que era peor.

Nadie había mirado esa tabla hasta que el analista la puso en una pantalla y dijo que le parecía raro.

Marta había aprendido a prestar atención a las cosas que le parecían raras a la gente que pasaba el día mirando datos. Los datos no tienen intuición, pero las personas que los leen sí.

Abrió el expediente del primer caso. El menor de Burgos, dieciséis años, noviembre.

La foto en la portada del expediente mostraba a un chico con una sonrisa fácil y el pelo cortado cerca de las orejas, en una imagen que era evidentemente de verano, con el mar detrás.

Alguien había elegido esa foto para el expediente, probablemente la familia, y la elección decía algo sobre la esperanza que todavía tenían cuando presentaron la denuncia.

La esperanza de que aparecería. La esperanza de que habría explicación.

Marta miró la foto durante un momento más de lo necesario técnicamente.

Era una costumbre que tenía desde sus primeros años en la unidad de desaparecidos: mirar la foto al principio y al final, al principio para recordarse que estaba trabajando sobre una persona y al final para recordarse que había hecho todo lo que podía.

Todavía estaba en el principio.

Pasó al segundo expediente. La joven de Tarragona, diecinueve años, diciembre.

Aquí la foto era más reciente, tomada probablemente días antes del viaje al valle, con el material de esquí nuevo todavía con las etiquetas.

Una chica que sonreía con la confianza de quien todavía no sabe que el mundo puede romperse sin aviso.

Marta notó algo en la descripción del último avistamiento: la chica había salido a caminar por Arties sola, sobre las cuatro de la tarde, después de una discusión leve con su pareja según el testimonio de este último.

La discusión aparecía en el expediente como detalle contextual y como posible motivación para la desaparición voluntaria.

Marta subrayó eso con el lápiz. No porque la discusión fuera irrelevante, sino porque en los casos de desaparición voluntaria genuina la discusión previa solía aparecer mucho antes en el relato, como elemento central, y aquí aparecía como nota al margen.

Alguien había construido la narrativa de la voluntariedad alrededor de un detalle que podía sostenerla, no alrededor de evidencias que la exigieran.

El tercer expediente. La chica de diecisiete años del prólogo, familia de Barcelona.

Último avistamiento a las 17:20 en pistas.

Esquís y bastones encontrados en la base de un pino por el pistero en el último recorrido de control.

La descripción de los bastones en el expediente era fría y técnica: dos bastones de esquí encontrados cruzados sobre la nieve, modelo X de marca Y, identificados como pertenecientes a la menor mediante número de serie del alquiler de material de la estación.

El pisero que los encontró había declarado que la posición de los bastones le había parecido inusual pero que no había sabido explicar por qué exactamente.

Marta lo sabía. O creía saberlo. Los bastones cruzados con esa geometría no eran el residuo de alguien que se había ido.

Eran demasiado ordenados para ser accidentales y demasiado deliberados para ser el gesto automático de alguien que simplemente dejó de esquiar.

Eran el tipo de detalle que aparece cuando alguien quiere dejar una señal, o cuando alguien quiere que parezca que alguien ha querido dejar una señal.

La diferencia entre esas dos posibilidades importaba, y todavía no tenía suficiente para decantarse.

A las cuatro y media sonó el teléfono. Era Erik Vidal.

—Tengo lo que pedía —dijo—. ¿Dónde quiere que nos veamos?

Marta miró los expedientes extendidos sobre la cama, los subrayados y las notas al margen, el mapa del valle que había sacado de la bolsa grande y fijado a la pared con las chinchetas que siempre llevaba porque en los desplazamientos los mapas sobre la pared eran más útiles que los mapas en la pantalla.

—Hay un bar en la calle del Forn —dijo—. A las cinco.

—Lo conozco.

—Señor Vidal.

—¿Sí?

—Venga sin cuaderno.

Una pausa breve.

—De acuerdo.

Marta colgó y miró el mapa durante un momento.

El valle de Arán era un territorio de setecientos kilómetros cuadrados con una geografía que empujaba todo hacia el centro, hacia el Garona, hacia Vielha.

Las carreteras seguían los ríos. Los pueblos se agrupaban en los fondos de valle.

Las pistas de Baqueira ocupaban la zona alta, entre los dos mil y los dos mil seiscientos metros, en un espacio donde la topografía hacía que las rutas de acceso fueran pocas y conocidas.

Era un territorio que podía entenderse como seguro, como controlado, como transparente, porque la geografía lo hacía legible.

También era un territorio donde alguien con conocimiento técnico de esa geografía podía moverse con una invisibilidad que ningún sistema de vigilancia diseñado para la masa de turistas podía detectar. La legibilidad del mapa era también la invisibilidad de sus márgenes.

Guardó los expedientes en la bolsa grande, se puso el abrigo, y salió a la calle.

El bar de la calle del Forn era pequeño, con cuatro mesas y una barra donde dos hombres mayores bebían algo caliente mirando el televisor apagado con la familiaridad de quien está en un lugar que no necesita justificación.

La dueña, una mujer de mediana edad con el delantal con el logo del bar, le señaló la mesa del fondo sin que Marta pidiera nada y le puso delante un café solo con la certeza de quien ha interpretado correctamente a alguien antes de que esa persona haya abierto la boca.

Erik llegó cinco minutos después. Sin cuaderno, tal como le había pedido. Traía una carpeta de cartón marrón bajo el brazo que dejó sobre la mesa antes de sentarse.