Capítulo 2 #2
—Pero en los tres casos no aparecieron.
Un silencio breve.
—Los tres casos siguen abiertos —dijo Puig, con precisión técnica—. Ninguno ha sido cerrado como resuelto.
—Ni como nada —dijo Marta—. Llevan cuarenta días abiertos como desapariciones voluntarias sin seguimiento activo, sin coordinación entre ellos, y sin que ninguno de los tres cuerpos con competencia en la zona, incluido el vuestro, haya generado un informe que los analice en conjunto.
Puig no respondió de inmediato. Era el silencio del que está calibrando qué parte de su respuesta es profesional y qué parte es institucional, que no siempre es lo mismo.
—La coordinación entre cuerpos en zonas de montaña con competencias solapadas tiene sus limitaciones técnicas —dijo finalmente—.
La Guardia Civil tiene sus expedientes. Nosotros tenemos los nuestros.
La Policia Local trabaja en su jurisdicción.
Los sistemas no hablan entre ellos con la fluidez que debería.
—Lo sé —dijo Marta—. Por eso estoy aquí.
Eso lo dijo sin dureza. Era un dato, no una acusación, y la diferencia importaba en esta fase de la conversación. Mas lo entendió, porque algo en sus hombros se relajó levemente, y Puig asintió con la cabeza de nuevo, esta vez con una fracción más de energía que la vez anterior.
La conversación duró cuarenta minutos más.
Marta tomó notas en el cuaderno pequeño que llevaba siempre, con la letra apretada que sus compañeros en Lleida le habían dicho en varias ocasiones que parecía cifrada pero que ella encontraba perfectamente legible.
Puig le explicó el estado de los expedientes, los recursos disponibles, los canales de comunicación con la Guardia Civil para las zonas de montaña.
Mas le habló del valle con la autoridad de alguien que lo conoce desde dentro: los ritmos de la temporada, la composición de la fuerza laboral de la estación, los pueblos del valle con sus dinámicas propias que no siempre se entendían desde Vielha.
Era información útil, ofrecida de buena fe, y Marta la registró con la misma atención con que habría registrado cualquier dato técnico.
Lo que no se dijo en esa sala fue, de alguna manera, más audible que lo que sí se dijo.
No se dijo que la temporada estaba en su momento de mayor afluencia y que cualquier análisis que sugiriera un patrón de desapariciones tendría consecuencias que iban mucho más allá de las policiales.
No se dijo que el Consell Generau d'Aran tenía una relación directa con el rendimiento económico de la estación y que esa relación condicionaba cómo se gestionaban las narrativas de seguridad.
No se dijo que la Guardia Civil y los Mossos llevaban décadas con una frialdad institucional en las zonas de montaña que los convertía en entidades paralelas incapaces de compartir información de forma natural.
Todo eso no se dijo porque no hacía falta decirlo.
Estaba en la temperatura exacta de las respuestas, en los tiempos de pausa, en los adjetivos elegidos y en los que se evitaron con cuidado.
Marta era buena leyendo lo que no se decía. Era quizás su habilidad más útil en casos como este, donde los hechos vivían en los márgenes de los expedientes y las pistas en los silencios de las personas que sabían más de lo que contaban.
Cuando la reunión terminó, Puig le ofreció acceso a los expedientes físicos en el formato que ella necesitara y le dio su número de móvil con la instrucción genuina de que podía llamarle a cualquier hora.
Mas le estrechó la mano con la firmeza de quien ha decidido que va a colaborar y que esa decisión ya está tomada independientemente de lo que piense de los motivos que la han generado.
Eran dos profesionales actuando como profesionales. Marta no pedía más que eso.
Recogió el cuaderno, se puso el abrigo, y salió a la calle.
El frío la recibió con la misma imparcialidad de antes.
La luz de mediodía en enero en el valle tenía una calidad específica, baja y lateral, que alargaba las sombras de los edificios sobre la nieve y le daba al suelo un relieve que la luz de verano habría disuelto.
Marta se quedó unos segundos en la puerta de la comisaría, mirando la calle sin un destino concreto en mente, dejando que los últimos cuarenta minutos se sedimentaran en el orden correcto.
Lo que tenía era lo siguiente: tres casos abiertos, acceso a los expedientes, dos interlocutores institucionales que cooperarían dentro de los límites que se habían fijado a sí mismos sin haberlos articulado en voz alta, y la certeza de que lo que esos expedientes no contenían era más importante que lo que contenían.
Lo que no tenía era tiempo, porque si el patrón que Lleida había identificado respondía a lo que ella sospechaba que respondía, el tiempo era la variable más escasa de todas.
Fue entonces cuando lo vio.
Un hombre estaba apoyado en la pared del edificio de enfrente, a unos doce metros de la puerta de la comisaría, con el abrigo oscuro y las manos en los bolsillos y esa postura específica de quien lleva tiempo esperando y ha decidido que la mejor forma de esperar es parecer que no está esperando a nada en particular.
Tendría unos treinta y tantos años. Alto, delgado de la forma en que son delgados los que caminan mucho.
Pelo castaño oscuro con la humedad de la nieve que había caído esa mañana.
Llevaba un cuaderno bajo el brazo derecho con la naturalidad de quien lo lleva siempre.
Sus ojos se encontraron y el hombre se separó de la pared con el gesto de quien ha estado esperando exactamente ese momento.
—Inspectora Bosch —dijo. No era una pregunta.
Marta no respondió de inmediato. Lo miró durante el segundo que necesitaba para calibrar qué tipo de persona era y qué tipo de problema potencial representaba.
El cuaderno bajo el brazo era una señal.
La forma en que había dicho su nombre, sin la tensión de alguien que tiene algo que esconder ni la agresividad de alguien con agenda oculta, era otra.
—¿Quién es usted?
—Erik Vidal. Periodista. Diari de la Vall.
—¿Cómo sabe usted quién soy?
—El valle es pequeño —dijo Erik, con una honestidad que no parecía calculada—. Y cuando alguien llega desde Lleida un martes de enero con una maleta grande y va directamente a la comisaría, hay personas que se dan cuenta.
Era una respuesta que decía algo verdadero y omitía algo también verdadero, y Marta lo reconoció con la facilidad de la práctica.
—¿Qué quiere, señor Vidal?
Erik sacó la mano del bolsillo y le extendió algo. Un sobre pequeño, sin remitente, abierto. Marta lo cogió y lo miró sin meter los dedos dentro. Dentro había una hoja de papel doblada en cuatro. La desplegó.
Era una hoja de cuaderno, de esas de rayas, con una frase escrita a mano con letra apretada y mayúsculas irregulares. Cuatro palabras.
No es la primera.
Marta miró el papel durante el tiempo suficiente para que Erik entendiera que lo estaba procesando de verdad, no fingiendo procesarlo.
—¿Cuándo recibió esto?
—Ayer por la noche —dijo Erik—. En el buzón de la redacción. Sin remitente.
—¿Sabe quién lo envió?
—No con certeza.
—¿Tiene hipótesis?
—Varias. Ninguna que pueda verificar todavía.
Marta dobló el papel de nuevo y lo devolvió al sobre. Luego le devolvió el sobre a Erik, que lo cogió con una ligera sorpresa que ella registró.
—Es suyo —dijo Marta—. Fue enviado a usted.
—También recibí algo similar por mensaje de teléfono —dijo Erik—. El mismo texto. El mismo día.
—¿El mensaje lo tiene guardado?
—Sí.
—Bien. Guárdelo.
Hubo un momento de silencio entre los dos en la calle nevada de Vielha, con el ruido de fondo del tráfico moderado del mediodía y una corriente de aire que bajaba por la calle desde el norte con esa temperatura que hacía que la conversación en el exterior tuviera un límite de tiempo implícito.
—¿Ha hablado con alguien más sobre esto? —preguntó Marta.
—Con mi editor, brevemente, sobre la desaparición de la semana pasada. Sin detalle.
—¿Y él?
—Mi editor —dijo Erik, con una economía de palabras que comunicaba más de lo que decía— considera que estas cosas se resuelven solas.
Marta asintió. No era el primer editor de un medio local que había conocido con esa filosofía particular.
—¿Cuántos casos tiene documentados?
Erik la miró con algo que podría haber sido evaluación, o reconocimiento, o ambas cosas a la vez.
—Tres que puedo verificar con fuentes propias. La chica de la semana pasada son cuatro.
—¿Ha publicado algo?
—Todavía no.
—¿Piensa hacerlo?
—Depende de lo que encuentre —dijo Erik—. Y de lo que usted me diga.
Marta miró la calle. Dos turistas pasaron por delante de ellos discutiendo sobre si el restaurante de la esquina abría o no los martes, con la voz alta de quien está en un lugar donde no conoce a nadie y no necesita modularse.
La ciudad a su alrededor funcionaba con normalidad perfecta, con su ruido de vacaciones y su economía de nieve y su gestión de cuarenta mil personas que llegaban y se iban sin que nadie las viera de verdad.
—Señor Vidal —dijo Marta finalmente—, si publica ahora, con lo que tiene, lo que consigue es que las personas que podrían saber algo se cierren. Y si se cierran, yo no puedo hacer mi trabajo.
—Y si no publica nadie —respondió Erik, con la misma calma—, las personas que podrían ser víctimas no tienen manera de protegerse.
Era un argumento honesto, y Marta lo reconoció como tal. Era también el argumento que ella misma había usado en otras circunstancias frente a la presión institucional de la discreción. El hecho de que ahora estuviera al otro lado de ese argumento no lo hacía menos válido.
—¿Qué propone? —preguntó ella.
Erik se tomó un momento.
—Compartir información. Usted tiene acceso institucional que yo no tengo. Yo tengo fuentes locales que usted no tiene. El que llegó desde fuera y el que creció aquí ven cosas distintas del mismo sitio.