Misterio en el valle de Aran Capítulo 2
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Capítulo 2

La forastera de los Mossos

Cuando el valle preferiría que no hubiera llegado nadie

El túnel de Vielha tiene cuatro kilómetros y ochocientos metros de longitud, y Marta Bosch los recorrió con la sensación de que al otro lado había algo que todavía no sabía exactamente cómo nombrar.

No era presentimiento. Marta Bosch no trabajaba con presentimientos.

Era más bien la acumulación de tres días leyendo expedientes en la oficina de Lleida, tres días mirando números que solos no significaban nada y juntos significaban demasiado, y la conciencia de que lo que esperaba al salir del túnel era un lugar que no la esperaba a ella.

El coche emergió de la oscuridad de hormigón hacia la claridad blanca del valle y Marta redujo la velocidad sin haber decidido hacerlo.

El paisaje que apareció fue exactamente el que las fotos satelitales y los mapas topográficos le habían anticipado, y aun así resultó distinto de lo que esos materiales preparaban.

Las cimas de las Maladetes al fondo, con la nieve de enero soldada a la roca hasta donde alcanzaba la vista.

El río Garona trazando su línea oscura entre las riberas blancas.

Y Vielha abajo, compacta y ordenada bajo sus tejados de pizarra cubiertos de nieve, con las luces del mediodía reflejándose en las ventanas con esa claridad particular que solo tienen los días fríos y secos en alta montaña, cuando el aire no tiene humedad suficiente para difuminar la luz y todo aparece con una definición que resulta casi incómoda.

Era martes. Las once y cuarenta de la mañana. Marta había salido de Lleida a las ocho y cuarto con una maleta de cuatro días, por si el caso se resolvía rápido, y una bolsa más grande en el maletero, por si no se resolvía.

Se había llevado la bolsa más grande.

La pensión estaba en la calle Major, tal como le había indicado la coordinación de Lleida.

Un edificio de tres plantas con fachada de piedra aranesa que en otro contexto habría resultado pintoresco y que en este contexto resultó funcional, que era exactamente lo que necesitaba.

La dueña, una mujer de unos sesenta años llamada Dolors que llevaba la recepción con la eficiencia de quien ha alojado suficientes policías en su vida como para no hacer preguntas innecesarias, le dio la llave de la habitación del primer piso con la única observación de que el desayuno se servía hasta las nueve y media y que el calefactor tenía un temporizador que había que reactivar cada cuatro horas.

Marta anotó mentalmente ambas informaciones y subió las maletas sola.

La habitación era pequeña, funcional, con una ventana que daba a la calle.

Cama individual. Una mesa con una silla.

Un armario empotrado con cuatro perchas.

El baño era compartido con la habitación del lado, aunque Dolors había aclarado que en enero esa habitación estaba vacía.

Marta dejó la maleta pequeña sobre la cama sin abrirla y puso la bolsa grande junto a la mesa.

Miró el espacio durante unos segundos, calculando mentalmente cómo distribuir los expedientes que había traído impresos porque en la pantalla del ordenador portátil las relaciones entre casos le costaban más que sobre papel, sobre una superficie plana donde podía extender todo y caminar alrededor.

La mesa era demasiado pequeña. Usaría la cama.

Pero eso era para la noche. Ahora tenía una reunión.

La comisaría de la Policia Local de Vielha ocupaba la planta baja de un edificio municipal en la calle Sarriulèra, a siete minutos andando desde la pensión.

Marta hizo el trayecto con el abrigo completamente abrochado y el cuello subido, midiendo el frío con esa objetividad clínica con que medía los entornos nuevos.

El frío era seco y constante, sin el componente húmedo del frío de Lleida que se metía en los huesos de otra forma.

Este frío era más directo, más honesto en su intención de hacerte saber que estabas en un lugar donde la temperatura no era un inconveniente sino una condición permanente de existencia.

Las calles del centro de Vielha a media mañana de martes tenían una densidad intermedia: no el lleno del fin de semana, pero tampoco el vacío de una ciudad en temporada baja.

Había grupos de turistas que habían extendido su estancia hasta el lunes o el martes, fácilmente identificables por el material de esquí que seguían llevando aunque la mañana no invitara a nada que no fuera estar dentro con algo caliente.

Había residentes que hacían sus recados con la eficiencia de quien ha aprendido a aprovechar los días de semana para moverse por su propia ciudad.

Había trabajadores de hostelería con el uniforme bajo el abrigo, entrando y saliendo de establecimientos con la celeridad de los que tienen mucho por hacer antes de que llegue el siguiente grupo.

Marta observó todo esto sin ralentizar el paso.

En casos de este tipo, la geografía humana de un lugar era tan importante como la geografía física, y el primer paseo sin destino aparente le enseñaba cosas que ningún informe previo podía anticipar.

Lo que le enseñó este fue lo siguiente: Vielha era un lugar donde la gente sabía perfectamente a quién conocía y a quién no, y había desarrollado un protocolo no articulado pero perfectamente funcional para gestionar esa diferencia.

Los residentes no miraban a los forasteros.

No porque los ignoraran, sino porque habían aprendido que mirar generaba interacción, y la interacción constante con treinta mil personas distintas cada semana era sencillamente insostenible.

El no mirar no era hostilidad. Era supervivencia.

Eso también lo anotó mentalmente.

El responsable de la Unitat Territorial de los Mossos en la zona era el sergent Xavier Puig, cuarenta y siete años, diecinueve en el cuerpo, siete destinado en el valle.

Marta lo conocía de nombre y de expediente, no personalmente.

Lo que el expediente decía era que era un profesional sólido con un historial sin incidentes graves y una tendencia, documentada en dos evaluaciones de los últimos cuatro años, a gestionar los conflictos institucionales por la vía de la desescalada antes que de la confrontación.

Eso era una forma institucional de decir que Puig prefería que los problemas no se hicieran más grandes de lo que ya eran.

También estaba el cap de la Policia Local, Jordi Mas, cincuenta y un años, aranés de Naut Aran, que llevaba más años en el cuerpo local que la mayoría de los edificios del centro de Vielha habían visto reformas.

Mas era el tipo de policía local que en las ciudades pequeñas funciona como sistema nervioso de la comunidad: sabe lo que ocurre, conoce a las familias, tiene una red de conocidos que cubre cada esquina del valle, y ha aprendido a calibrar cuándo un asunto requiere su intervención y cuándo es mejor que las cosas se resuelvan solas.

En el valle, esa segunda categoría era considerablemente más amplia que en otros lugares.

La reunión se celebró en la sala de uso múltiple de la comisaría, que era también donde celebraban los cursos de formación y donde, según los carteles que había en la pared, se reunía el club de senderismo municipal los primeros lunes de mes.

Una mesa rectangular con seis sillas. Una pizarra blanca sin nada escrito.

Un ordenador portátil que nadie conectó durante toda la reunión.

Marta llegó con dos minutos de antelación.

Puig llegó exactamente en punto. Mas llegó cuatro minutos tarde con dos cafés en vasos de plástico y el gesto de quien ofrece algo para desinflar la tensión antes de que se instale.

Marta cogió el café porque hacía frío y porque rechazarlo habría sido un gesto innecesariamente hostil.

—Bienvenida al valle, inspectora —dijo Mas, con un acento aranés que suavizaba las consonantes finales de las palabras y les daba una cadencia específica—. Espero que el trayecto desde Lleida no haya sido complicado.

—El trayecto fue bien —dijo Marta—. Gracias por recibirme.

Puig asintió con la cabeza desde su lado de la mesa con la brevedad de quien ya sabe que los preámbulos son tiempo que podrían estar usando para otra cosa.

—Tenéis el informe que envié desde la coordinación de Lleida —dijo Marta. No era una pregunta.

—Lo tenemos —confirmó Puig—. Tres casos en cuarenta días. Dos en el perímetro de Baqueira, uno en Arties.

—Tres casos en cuarenta días con un perfil común de víctimas: menores o jóvenes adultos, visitantes, último avistamiento en el período de transición entre la última sesión de esquí y la noche.

—Eso es la lectura de Lleida —dijo Mas, con una neutralidad que era suficientemente cuidadosa como para no ser descortés pero suficientemente marcada como para que Marta entendiera que había otra lectura—. La nuestra es algo más matizada.

—Los escucho.

Mas apoyó los codos sobre la mesa. Tenía las manos de alguien que ha pasado muchas horas al frío, con la piel de los nudillos agrietada y una cicatriz vieja en el dedo índice derecho que Marta observó sin comentar.

—Baqueira mueve entre quince mil y veinte mil personas en los días de máxima afluencia.

En un radio de cuarenta kilómetros cuadrados, en condiciones de alta densidad, con visitantes de tres cuartas partes del territorio nacional y una proporción relevante de extranjeros, la tasa de incidencias que involucran a jóvenes es estadísticamente predecible.

Chicos que se separan de sus grupos y tardan en reagruparse.

Familias que no coordinan los horarios de recogida.

Menores que aprovechan la libertad relativa de un entorno vacacional para hacer cosas que no harían en casa.

—Y que normalmente aparecen —dijo Marta.

—Normalmente aparecen —confirmó Mas—. Porque eso es lo que ocurre. La estación es un entorno controlado. Hay personal de pistas, servicios de emergencias de montaña, comunicaciones. El nivel de atención sobre el territorio es alto.