Misterio en el valle de Aran Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

El frío seguía siendo el mismo frío. Las calles seguían llenas de turistas con abrigos técnicos y maletas con ruedas.

El hotel Oriol seguía iluminado con esa luz ambarino de bienvenida.

Baqueira seguía siendo la estación de esquí más exclusiva de España, con sus cuatrocientos mil visitantes previstos y su nuevo telecabina y su nuevo espacio gastronómico de après-ski.

Y en algún lugar de esa normalidad perfectamente construida, algo llevaba más tiempo rompiéndose de lo que nadie había querido mirar.

Erik entró en la redacción. Marc ya se había ido. Las luces del despacho de cristal estaban apagadas. Se sentó en su mesa sin encender la lámpara de escritorio, con la única luz del ordenador apagado reflejándose en la ventana que daba a la calle, y sacó el teléfono del bolsillo.

Releer el mensaje no lo hacía más claro ni más difuso. Tenía cuatro palabras y significaba exactamente lo que decía, y lo que decía era que Erik había estado escribiendo el artículo equivocado toda la tarde.

Abrió una nota nueva en el teléfono y escribió dos columnas. En la primera: lo que sabía. En la segunda: lo que no sabía. La primera columna era muy corta. La segunda era más larga de lo que resultaba tranquilizador.

Lo que sabía era lo siguiente: una menor había desaparecido en Baqueira el lunes. La Policia Local tenía el caso como voluntario. J.M., que rara vez se equivocaba en las cosas que afirmaba, le decía que no era la primera.

Lo que no sabía era todo lo demás.

Guardó el teléfono y encendió el ordenador.

Buscó en el archivo digital del Diari de la Vall los últimos dieciocho meses de ediciones, filtrando por términos relacionados con desapariciones en la comarca.

El buscador interno del archivo era deficiente, como todo en un periódico que funcionaba con el presupuesto justo para existir, pero suficiente para lo que necesitaba.

Encontró dos notas breves. La primera de noviembre, un párrafo en la sección de sucesos que mencionaba a un menor de edad de Burgos cuyo paradero era desconocido tras separarse de su grupo en las inmediaciones de Baqueira.

Un párrafo. La segunda de diciembre, igualmente breve, sobre una joven de Tarragona de diecinueve años que había salido a caminar por Arties una tarde y no había regresado al hotel.

Otro párrafo. Ninguna de las dos notas tenía seguimiento.

Ninguna de las dos había generado, en el archivo del periódico, más cobertura que esa primera mención.

Erik guardó los dos artículos en una carpeta de su escritorio que etiquetó con la fecha de ese día y cerró el ordenador.

No es la primera.

Se levantó, apagó la luz que no había encendido, y salió a la calle.

El frío lo esperaba con la misma paciencia impersonal de siempre, sin haber cambiado en nada durante la media hora que había pasado dentro.

Las calles seguían llenas. El valle seguía funcionando con la precisión de un mecanismo que lleva décadas rodado.

Y Erik caminó de regreso a su apartamento en la calle Sant Miquèu con la sensación de que estaba viendo por primera vez algo que llevaba tiempo delante de sus ojos, algo que se había confundido con el paisaje porque estaba demasiado integrado en él para resultar visible.

Había tres casos. O al menos tres que él conocía.

Tres jóvenes, tres momentos del año distintos dentro de la misma temporada invernal, tres desapariciones tratadas cada una como si fuera la única, como si el valle tuviera la capacidad de procesar la anomalía de forma aislada y luego seguir adelante sin que los fragmentos se tocaran.

Esa capacidad, comprendió mientras subía las escaleras de su edificio en el frío de la caja de escaleras sin calefacción, no era inocencia. Era una habilidad que se aprende cuando se necesita y se perfecciona cuando se practica lo suficiente.

En el apartamento, encendió el radiador eléctrico que tardaba veinte minutos en hacer efecto y se sentó en la silla de la cocina con el abrigo todavía puesto. Miró el teléfono. El mensaje de J.M. seguía ahí, exactamente como lo había dejado.

No es la primera.

Cuatro palabras que tenían el peso específico de las cosas que alguien ha estado guardando el tiempo suficiente como para saber que soltarlas cambia algo irreversible.

J.M. había esperado. Había elegido ese momento para enviar ese mensaje, con esa brevedad que era también una forma de no comprometerse más de lo estrictamente necesario.

Lo que J.M. sabía y lo que J.M. estaba dispuesto a contar eran, Erik lo sabía por experiencia, dos territorios distintos con una frontera que él tendría que negociar.

Pero por ahora tenía suficiente para saber que el artículo que había entregado esa tarde, el artículo correcto y funcional y completamente verdadero sobre el telecabina y las cifras de esquiadores, era la historia que el valle quería que se contara.

Y debajo de esa historia, como debajo de la nieve que cubría los tejados y las cunetas y los caminos forestales del Port de la Bonaigua, había otra historia esperando con la paciencia particular de las cosas que ya no tienen prisa porque ya ha ocurrido todo lo que tenía que ocurrir.

Erik se quitó el abrigo, lo colgó en la silla de la cocina, y buscó en el teléfono el número de J.M.

No era todavía el momento de llamar. Pero lo sería pronto.