Misterio en el valle de Aran Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Las calles del centro de Vielha estaban llenas de la humanidad específica del inicio de fin de semana en temporada alta: turistas que habían llegado esa tarde y todavía llevaban el abrigo de esquí puesto aunque estuvieran en un bar, grupos que deliberaban en la puerta de los restaurantes sobre cuál tenía mesa libre, parejas con el look estudiadamente informal de quien ha dedicado tiempo considerable a parecer que no ha dedicado tiempo.

El nivel de ruido en las calles había subido en las últimas dos horas con la llegada de los primeros coches, y seguiría subiendo hasta el sábado por la tarde, cuando el valle alcanzaba esa densidad humana que los residentes permanentes describían como el momento en que resulta más eficiente no intentar ir a ningún sitio.

Erik conocía cada edificio de esas calles con la precisión del que ha caminado por ellas desde que tenía edad para caminar solo.

La farmacia en la que su madre compraba los medicamentos para su abuela.

La panadería que había cambiado de dueño dos veces en los últimos diez años pero seguía oliendo exactamente igual.

El local vacío que había sido sucesivamente una librería, una tienda de deportes de segunda mano y una agencia de viajes, y que ahora esperaba su próxima encarnación con las ventanas cegadas con papel.

El valle de Arán que él había conocido de niño y el valle de Arán que existía ahora eran el mismo territorio con distintas capas, como un palimpsesto donde cada capa nueva no borraba del todo la anterior sino que la hacía más difícil de leer.

Eso era también lo que le costaba explicar a los que le preguntaban por qué había vuelto.

No había un motivo limpio. Había muchos motivos pequeños y uno grande que todavía no estaba seguro de haber identificado del todo.

Había vuelto porque en Barcelona había terminado la relación que le había hecho quedarse cinco años más de lo que había planeado.

Había vuelto porque el Diari de la Vall le ofrecía trabajo en un momento en que el mercado periodístico en la ciudad se había vuelto inhóspito para los que no tenían contactos en los grupos mediáticos grandes.

Había vuelto porque algo en él, en la parte que funcionaba por debajo de los argumentos racionales, había decidido que el valle era el lugar donde tenía que estar cuando no supiera a dónde ir.

Cinco años después, todavía no sabía si eso era una conclusión o una pregunta.

Se detuvo frente a la entrada del hotel Oriol, uno de los cuatro de cinco estrellas que Vielha tenía concentrados en el radio de tres calles del centro.

Un grupo de cuatro personas salía con el equipo de esquí rumbo al aparcamiento, hablando de las condiciones de nieve del día siguiente con la familiaridad técnica de los esquiadores habituales.

Uno de ellos, un hombre de unos cuarenta y cinco años con el abrigo de una marca italiana que Erik reconoció como de la gama alta, decía algo sobre la nieve en polvo del sector norte de Baqueira con un entusiasmo que parecía genuino.

A Erik le resultó brevemente difícil imaginar que ese hombre existía en el mismo mundo donde una chica de diecisiete años llevaba tres días sin aparecer.

Pero ese era precisamente el problema, y también la razón por la que Marc Torrent tenía razón en términos económicos aunque se equivocara en términos de todo lo demás: esos cuatro hombres con sus esquís y su nieve en polvo eran la realidad que Vielha necesitaba que fuera real.

La otra realidad era más complicada y menos rentable.

El teléfono vibró en su bolsillo.

Erik lo sacó pensando en que sería Marc con alguna corrección al artículo o en que sería su madre, que tenía el hábito de llamar a horas inconvenientes con la convicción de que su horario era el horario universal. No era ninguno de los dos.

Era un mensaje de WhatsApp de un número que tenía guardado en la agenda solo con dos letras: J.M.

J.M. era una fuente. Erik tenía el principio estricto de no pensar en sus fuentes en términos más detallados que eso cuando estaba en espacios públicos, un hábito de precaución que había adquirido en Barcelona trabajando en investigaciones que tocaban intereses de gente con abogados y que nunca había dejado del todo aunque en el valle los riesgos fueran distintos.

J.M. era alguien con acceso a información que no circulaba por los canales normales, alguien que le había enviado datos útiles en tres o cuatro ocasiones durante los últimos dos años, siempre con una economía de palabras que hacía que sus mensajes parecieran más formales que amistosos.

El mensaje era de cuatro palabras.

No es la primera.

Erik leyó el mensaje dos veces. Luego lo leyó una tercera vez por si el frío le estaba haciendo leer mal.

Las cuatro palabras seguían siendo las mismas.

No es la primera.

Guardó el teléfono en el bolsillo y empezó a caminar de vuelta hacia la redacción sin haber decidido conscientemente que iba a ir a la redacción.

Sus pies tomaron la decisión antes que su cabeza, que todavía estaba procesando qué significaba exactamente esa frase en relación con una chica de diecisiete años cuyo paradero llevaba tres días siendo desconocido y cuyo caso la Policia Local describía como desaparición voluntaria con procedimiento activo.

No es la primera.