Misterio en el valle de Aran
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Capítulo 1
Vielha en enero
Cuando el valle se llena de extraños
Erik pidió el café porque necesitaba algo caliente entre las manos. No porque fuera a beberlo.
Tenía sobre la mesa el cuaderno en el que tomaba notas para la pieza del inicio de temporada, el artículo anual que escribía con la misma sensación de estar copiando un texto que había entregado el año anterior y el anterior a ese.
Las cifras de esquiadores previstas para la temporada: cuatrocientos mil visitas estimadas entre diciembre y abril, un quince por ciento más que la media de la última década gracias a las condiciones de innivación excepcionales de los últimos tres años.
Las nuevas instalaciones de la estación: un telecabina renovado en el sector de Orri, una ampliación del área de aparcamiento en la base de Baqueira para absorber el incremento de visitantes en días punta, la apertura de un nuevo espacio gastronómico en la zona de après-ski que había generado una cobertura entusiasta en medios nacionales especializados en turismo de lujo.
Todo estaba en el comunicado de prensa que la dirección de Baqueira Beret le había enviado dos días antes, redactado con esa precisión de márketing que hacía que cada dato pareciera un logro personal de quien lo leía.
Erik copió las cifras en el cuaderno con la caligrafía apretada que usaba cuando tomaba notas que sabía que no usaría, solo para tener la sensación de que algo se estaba moviendo.
Porque algo, en realidad, no se estaba moviendo. O más bien: algo se había detenido tres días antes de una forma que él no conseguía quitarse de encima.
La chica del prólogo de la temporada, como la llamaría después en su mente cuando ya no pudiera evitar pensar en ella en esos términos, había desaparecido el lunes.
Una menor de diecisiete años, familia de Barcelona, habituales de la estación desde que la chica era lo suficientemente pequeña para que su madre la llevara en mochila.
El parte policial, que le había llegado por una fuente en la Policia Local con quien tenía el acuerdo tácito de las notas de prensa sin firma, describía el caso en cuatro líneas: menor desaparecida de forma aparentemente voluntaria, último avistamiento en pistas hacia las 17:20, investigación en curso.
El tono era el de quien rellena un formulario que sabe que archivará antes de que acabe la semana.
Erik cerró el cuaderno sin haber escrito nada útil.
El camarero del Eth Pònt, un chico de Lleida que llevaba dos temporadas trabajando allí y que había desarrollado esa competencia particular de los trabajadores de hostelería de no existir excepto cuando se les necesitaba, recogió el café intacto sin preguntar si quería otro.
Afuera, la calle se había llenado de maletas con ruedas que arañaban el adoquín bajo la nieve y de voces en castellano que hablaban a volumen de salón en un espacio público, con esa convicción de los que están de vacaciones de que el mundo entero está de acuerdo en que están de vacaciones.
La tensión entre esos dos Vielha, el que vivía en el valle y el que llegaba a consumirlo, era la historia real que nunca escribía.
No porque no supiera cómo escribirla, sino porque la dirección del Diari de la Vall tenía entre sus avisadores a varios de los propietarios de hoteles y restaurantes que financiaban el ciclo.
Eso era algo que Erik había aprendido en su primer mes de regreso al valle: la geografía del silencio tenía coordenadas económicas muy precisas.
Recogió el cuaderno, dejó el dinero del café sobre la mesa sin esperar la cuenta, y salió a la calle.
El frío lo recibió con esa sequedad sin concesiones del Pirineo en invierno, un frío que no se instalaba gradualmente sino que llegaba de golpe, como una decisión.
Llevaba el abrigo técnico que había comprado en Barcelona hacía cuatro años, antes de que decidiera quedarse en el valle, y que resultaba funcional para las temperaturas que aquí se manejaban pero nunca del todo suficiente, nunca al nivel de los abrigos de los turistas que llegaban equipados con el material de las tiendas de deportes de lujo de Passeig de Gràcia.
Esa diferencia de equipamiento entre los de dentro y los de fuera era también una metáfora que nunca escribiría.
La redacción del Diari de la Vall estaba a tres minutos andando desde el bar, en un bajo de la calle Pas d'Arro que compartían con un despacho de gestión inmobiliaria cuya clientela, en los últimos cinco años, había pasado de ser en su mayoría aranesa a ser en su mayoría barcelonesa con aspiraciones de segunda residencia.
La redacción en sí era una habitación alargada con cuatro mesas, dos de las cuales nadie usaba de forma regular porque el periódico tenía tres personas fijas en plantilla y una red de colaboradores que enviaban sus piezas por correo electrónico desde los pueblos del valle.
La mesa de Marc Torrent, el editor, estaba al fondo, con una separación de cristal que más que privacidad le otorgaba la sensación de estar en un acuario.
Erik entró sacudiéndose la nieve de las botas en el felpudo y dejó el cuaderno sobre su mesa antes de ir al fondo.
Marc Torrent tenía cincuenta y dos años y había pasado su vida entera en el valle con la excepción de cuatro años en la Universitat Autònoma de Barcelona que describía como el período en que aprendió que afuera no era necesariamente mejor, solo diferente.
Era un hombre de frases cortas y silencios largos que había desarrollado, a lo largo de veinte años dirigiendo el único periódico de la comarca, una habilidad extraordinaria para escuchar lo que le decían y responder solo a la parte que le resultaba manejable.
—Tengo el artículo de inicio de temporada —dijo Erik desde la puerta del despacho—. Cifras de la estación, las nuevas instalaciones, el telecabina de Orri. Nada que no hayamos publicado antes con números distintos.
Marc asintió sin levantar la vista de la pantalla.
—Para cuándo lo tienes.
—Esta tarde. —Erik dudó un momento—. Hay otra cosa.
Ahora Marc sí levantó la vista.
—El lunes desapareció una chica. Menor de edad, familia de Barcelona, habitual de Baqueira. La Policia Local lo tiene como desaparición voluntaria pero el expediente está abierto. Nadie ha dado noticias de ella en tres días.
Marc sostuvo la mirada de Erik durante un tiempo que resultó algo más largo que una pausa normal.
—¿Tiene familia que haya hecho declaraciones?
—Que yo sepa, no.
—¿Denuncia formal?
—Sí, presentada por los padres el mismo lunes por la noche.
—¿Los Mossos están en ello?
—La Unitat Territorial local tiene el caso. Lo llevan como rutina.
Marc volvió a la pantalla.
—Entonces hay procedimiento activo. No es noticia hasta que haya novedad. Si aparece, ya sea sola o de otra forma, lo cubrimos en ese momento.
Erik se quedó en la puerta.
—Marc, la chica lleva tres días sin dar señales. Diecisiete años. En plena temporada alta.
—En plena temporada alta —repitió Marc, sin ironía aparente, como si el hecho validara su argumento en lugar de debilitarlo—. Los jóvenes se van con otros jóvenes. Se olvidan de avisar a sus familias. Aparecen.
—Claro.
—Entrega la pieza de la temporada antes de las seis.
Erik regresó a su mesa. Se sentó. Abrió el cuaderno en la página donde había copiado las cifras del comunicado de prensa y miró los números con esa sensación específica de estar viendo algo que tiene la apariencia de información pero que en realidad es la ausencia de ella.
Cuatrocientos mil esquiadores. Quince por ciento de crecimiento.
Nuevo telecabina. Nuevo espacio gastronómico.
Una chica de diecisiete años de la que nadie sabía nada desde el lunes.
Empezó a escribir la pieza de inicio de temporada con la velocidad mecánica de quien ha escrito el mismo texto suficientes veces como para saber exactamente qué palabras van en cada hueco.
El primer párrafo con el dato de innivación.
El segundo con las cifras de la estación.
El tercero con las nuevas instalaciones, con la cita del comunicado de prensa ligeramente reformulada para que no pareciera que estaba copiando el comunicado de prensa.
El cuarto con las perspectivas económicas para la comarca, que siempre eran buenas cuando la nieve era abundante y siempre resultaban más complicadas cuando la nieve se retrasaba.
Era un artículo que no mentía en nada. Esa era su particularidad y también su miseria: podía ser completamente verdadero y completamente falso al mismo tiempo, según lo que decidías incluir.
A las cinco y media terminó el texto, lo revisó una vez, quitó tres adjetivos innecesarios y lo envió a Marc.
Luego se quedó mirando la pantalla del ordenador con esa sensación de haber entregado algo que no merecía ser entregado, que era distinta de la satisfacción de haber terminado un trabajo y también distinta de la culpa de haberlo hecho mal.
Era algo más parecido a la incomodidad de haber sido funcional en un sistema cuyas reglas no había elegido.
Se puso el abrigo, recogió el teléfono de la mesa y salió a la calle.
Eran las seis menos cuarto. El sol, que en enero en el valle desaparecía antes de las cinco, llevaba un rato sin existir, y Vielha había pasado de ese azul metálico del crepúsculo pirenaico a la oscuridad directa y sin transición de una ciudad de montaña en invierno.
Las luces de los restaurantes y los hoteles iluminaban los adoquines nevados con un resplandor ambarino que en otras circunstancias habría resultado acogedor. Esta noche resultaba indiferente.
Erik caminó sin destino concreto durante unos minutos, una costumbre que tenía cuando necesitaba que el frío le ordenara los pensamientos.
El problema con el frío del Pirineo es que no ordenaba los pensamientos: los congelaba tal como estaban, perfectamente preservados en su estado original de desorden.