Misterio en el valle de Aran Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

Marta abrió el ordenador portátil que tenía sobre la mesa, junto a los expedientes, y giró la pantalla hacia Erik. En ella, la interfaz de acceso a los servidores de la aplicación mostraba cuatro cuentas de usuario con sus respectivos historiales de mensajería privada.

—Los mensajes privados de las cuatro víctimas en las semanas previas a su desaparición —dijo Marta—. Los analicé mientras le esperaba.

Los cuatro perfiles tenían en común algo que Marta había identificado en los primeros minutos del análisis: en los días anteriores a sus respectivas desapariciones, los cuatro habían recibido mensajes de un perfil de usuario que se identificaba como SkiGuide_Pirineos.

Un perfil con foto de una montaña nevada, sin fotografía personal, con una biografía que describía al usuario como guía de esquí y montaña con experiencia en el Pirineo catalán.

El perfil tenía ochenta y cuatro valoraciones positivas en la plataforma, lo que le daba una credibilidad estadística que cualquier usuario de la aplicación habría leído como señal de confianza.

Los mensajes eran diferentes en forma para cada víctima pero idénticos en estructura.

Comenzaban con un comentario sobre alguna publicación reciente de la víctima en la plataforma, una valoración de pista o una pregunta sobre condiciones de nieve, algo que demostraba que el emisor había leído el perfil con atención.

Seguían con una propuesta de sesión guiada, con términos específicos y precios que sonaban razonables para el contexto de la estación, y terminaban con una oferta de contacto directo para concretar los detalles fuera de la plataforma, con un número de teléfono que en los cuatro casos era diferente.

Los cuatro habían respondido. Los cuatro habían intercambiado más mensajes. Y en los días previos a sus desapariciones, todos ellos habían acordado una sesión con SkiGuide_Pirineos.

El perfil ya no existía. Había sido eliminado, según el registro de la plataforma, el mismo lunes en que Laura Valls había desaparecido.

La eliminación había sido manual, no resultado de una suspensión por parte de la plataforma, lo que significaba que quien lo había creado lo había borrado deliberadamente una vez que había concluido el uso que necesitaba de él.

Los cuatro números de teléfono que el perfil había proporcionado a las víctimas eran números de tarjetas prepago, sin ningún registro de identidad vinculado, que habían sido utilizados brevemente y luego habían dejado de tener actividad.

En el sistema de la operadora, figuraban como inactivos desde fechas que coincidían con las desapariciones.

Marta miró a Erik.

—Esto no es alguien que improvisa —dijo—.

La plataforma fue usada con conocimiento técnico.

Los números prepago fueron adquiridos y desactivados con una metodología que requiere planificación.

El perfil tenía ochenta y cuatro valoraciones genuinas de usuarios reales, lo que significa que llevaba tiempo construyéndose o que fue creado con una masa inicial de interacciones artificiales que la plataforma no detectó como anómalas.

—Alguien con conocimiento de cómo funcionan los sistemas de reputación digital.

—Alguien que ha aprendido que la confianza online se construye con números y que los números se pueden gestionar.

Erik miraba la pantalla con la atención de quien intenta memorizar lo que ve porque sabe que no habrá oportunidad de volver a verlo de la misma forma.

—Los cuatro —dijo—. Los cuatro cayeron en el mismo anzuelo construido de forma diferente para cada uno.

—La personalización es parte del método —dijo Marta—.

No es el mismo mensaje para todos. Es un mensaje diseñado a partir del perfil específico de cada víctima.

Lo que habían publicado, lo que les gustaba, a qué nivel esquiaban, qué tipo de experiencia buscaban.

Eso requiere tiempo previo de observación de los perfiles antes de contactar.

—¿Cuánto tiempo antes?

Marta volvió al ordenador y buscó la fecha de la primera interacción del perfil SkiGuide_Pirineos con cada una de las cuatro víctimas en la plataforma.

—El primero fue con Álvaro Mendoza, dos semanas antes de su desaparición. Con Paula Giró, diez días antes. Con Laura Valls, nueve días antes. Con Iñigo Larrea, doce días antes. —Una pausa—. En los cuatro casos, el tiempo entre el primer mensaje y la desaparición estuvo entre nueve y catorce días.

—Una ventana de tiempo consistente.

—Consistente, no idéntica. Lo cual sugiere que la variable no es el tiempo sino el momento en que la víctima acepta el encuentro.

El proceso se desarrolla hasta que hay un sí, y ese sí puede llegar antes o después dependiendo del perfil de la víctima y de la habilidad del emisor para calibrar el momento correcto.

Era una descripción que Marta había construido con el lenguaje neutro del análisis técnico, pero que debajo de ese lenguaje contenía algo que no era neutro en absoluto: la imagen de alguien sentado frente a una pantalla, leyendo los perfiles de jóvenes en una aplicación de esquí, eligiendo a quién contactar y con qué palabras exactas para que las palabras parecieran la versión de sí mismas que esa persona específica querría escuchar.

Era una imagen que producía el tipo de repulsión que no necesita amplificación para ser intensa.

—¿Hay un perfil similar en los casos más antiguos? —preguntó Erik—. ¿En los catorce expedientes anteriores?

—Es lo que tengo que verificar. Pero si la aplicación existe desde hace cuatro temporadas, que es lo que me dijo el responsable técnico cuando solicité el acceso esta mañana, los casos anteriores a esa fecha no habrán pasado por esta vía.

—Lo cual significa que hay otro método de contacto previo para los casos más antiguos.

—O que el método fue evolucionando. Que empezó de una forma y se digitalizó cuando las herramientas digitales estuvieron disponibles.

—Marta cerró el ordenador—. Lo que no cambia en ninguna de las dos hipótesis es el conocimiento del territorio.

La plataforma puede haber cambiado. El corredor forestal es el mismo desde hace décadas.

Esa última frase cayó en la habitación con el peso de las frases que articulan con precisión algo que ya se sabía pero que al oírlo dicho en voz alta adquiere una solidez diferente.

El corredor forestal es el mismo desde hace décadas.

El bosque entre Baqueira y el Nere no había cambiado.

Lo que cambiaba era la herramienta con que alguien se acercaba a las víctimas, pero el lugar al que las llevaba después seguía siendo el mismo lugar, con los mismos abetos, con la misma explanada entre los tres troncos grandes, con el mismo cauce del río que en los meses de caudal alto cubría la orilla donde mañana el equipo forense iba a excavar con el material adecuado.

—Esta tarde —dijo Marta—, voy a solicitar a la coordinación de Lleida el análisis de los datos de telefonía de los catorce casos archivados.

Si el patrón de corte abrupto de señal se repite en ellos, el marco temporal de esto deja de ser la anomalía estadística de ocho años que Lleida identificó y se convierte en algo cuya extensión real todavía no conozco.

—¿Cuándo tendrás esos datos?

—Mañana por la tarde, si el sistema no está saturado. Puede que el martes.

—Y mañana por la mañana está el cauce del Nere.

—Sí.

Los dos guardaron silencio durante un momento.

Afuera, la nieve fina seguía cayendo sobre los tejados de la pensión con el sonido casi inaudible de la nieve seca, que no golpea sino que se posa, que no anuncia sino que simplemente llega y se queda y va cubriendo lo que encuentra debajo con la paciencia particular de los procesos que no tienen prisa.

—Hay algo que quiero decirle —dijo Erik—, aunque no sé si es el momento correcto para decirlo.

Marta esperó.

—Hay personas en este valle que van a intentar que esto no se sepa.

No por malicia activa, no porque sean cómplices en ningún sentido legal.

Sino porque saber destruye algo que para ellos es más importante que saber.

Y cuando mañana el equipo forense excave el cauce del Nere y encuentre lo que probablemente va a encontrar, la presión sobre usted para que gestione la información con una discreción que no merece la situación va a ser considerable.

Marta lo miró durante un momento.

—Lo sé —dijo.

—¿Y?

—Y la presión no determina lo que hago. Determina el esfuerzo que me cuesta hacerlo. Son cosas distintas.

Era una frase que Erik anotó en el cuaderno sin haber decidido conscientemente hacerlo, con la letra pequeña y rápida de los momentos en que algo se dice de una forma que merece ser preservada exactamente como se dijo.

A las dos de la tarde, Marta recibió un mensaje de Casamitjana con la primera identificación preliminar del teléfono encontrado esa mañana.

El modelo correspondía a un iPhone de la generación de hace cuatro años, con número de serie que la operadora había confirmado en veinte minutos porque el expediente de aquella desaparición estaba en los registros.

El teléfono pertenecía a la chica de Bilbao cuya mochila había sido encontrada a ciento cuarenta metros del primer punto de hallazgo.

Marta miró el mensaje durante un momento.

Luego marcó el número del padre de la chica de Bilbao, que aparecía en el expediente como contacto de referencia de la denuncia presentada hace dos temporadas.

El número sonó cuatro veces antes de que una voz masculina respondiera, con el tono levemente defensivo de quien ha aprendido, a fuerza de llamadas que no traían buenas noticias, a contestar el teléfono con precaución.

—¿Señor Urresti?

—Sí. ¿Quién es?

—Soy la inspectora Marta Bosch, de la Unidad de Personas Desaparecidas de los Mossos d'Esquadra. Llamo en relación con el caso de su hija Ane.

Un silencio al otro lado. No el silencio de la sorpresa, sino el silencio del que ha estado esperando esta llamada durante dos años y cuando llega no sabe si está listo para lo que viene después de ella.