Capítulo 30 #2
Las luces de Navidad alejaban la oscuridad y, en algún lugar cercano, la música de un villancico completaba el cuadro.
Abajo en la calle, decenas de madrileños corrían de un lado para otro, enfrascados en sus asuntos.
¿Harían lo mismo si supieran lo cerca que habían estado del desastre?
Incluso para mí, que lo había vivido, resultaba un poco difícil de creer.
Tras todos estos años trabajando en la Policía Nacional y en el GEO, pensaba que había visto lo peor que podía ofrecer el ser humano.
Por desgracia, estaba equivocado. Y me preocupaba no saber dónde o cuándo podría atacar el siguiente monstruo.
Un bostezo incontrolado alejó de mí esos pensamientos.
Ya habría tiempo para preocuparse por esas cosas, ahora necesitaba dormir.
Al lado del sofá, había unas mantas, así que apagué todas las luces y, a tientas, volví al sofá y me tapé con ellas.
Creo que tarde menos de un minuto en caer en los brazos de Morfeo.
Nunca había dormido tan profundamente ni tan en paz como lo hice aquella noche.
Viernes 6 de enero, 07:56 horas
Navezuelas, Cáceres
Las primeras casas del pueblo me reciben cuando piso el freno para no comerme las bandas de velocidad situadas en la entrada.
Los recuerdos me inundan según circulo por la calle que, incluso en un día como hoy, está muy lejos de estar desierta.
La mayoría de los habitantes de Navezuelas cuentan con terrenos en los que cultivan para su propio consumo, o de forma intensiva para vender sus productos a través de la cooperativa.
Como decía mi padre, que en paz descanse, el campo no cierra ni en invierno ni en verano, así que hay varias personas que ya están en pie y se dirigen a trabajar en su huerto aprovechando la mañana.
Y entre ellas hay una que conozco.
Unas casas más adelante, veo a mi tío Berimundo, hermano de mi padre.
A pesar de su edad, camina derecho y sin ayudarse con nada, y lleva el mismo mono azul de trabajo con el que siempre le he conocido.
Está hablando con una señora medio asomada a la puerta, pero en cuanto ven un coche desconocido que circula despacio, ambos se paran a mirar con la naturalidad de quien conoce a todo el mundo y encuentra un forastero.
Paro frente a ellos, y saludo desde el coche.
—Buenos días, tío. ¿Cómo está?
De primeras no me reconoce. Algo normal, debido a la barba y a que sigo estando más flaco que antes de La Gomera. Pero el parecido en mi rostro es innegable y no tarda en darse cuenta.
—¿Eres tú, Juli? —pregunta, incrédulo.
—El mismo —contesto, bajando del coche y acercándome a abrazarlo.
—¿Pero al mellizo de Obdulia y Adrián no lo habían matado?
La pregunta de la señora queda en el aire mientras estrecho fuertemente a mi tío entre mis brazos.
—¿Cómo están todos, tío?
—Bien, gracias a Dios. —Pone la mano sobre mis hombros y veo que está conteniendo las lágrimas—. Cómo te pareces a tu padre, hijo. ¿Qué te ha pasado?
—Es una historia muy larga, ya le contaré. Primero quiero ver a mi madre. ¿Cómo está?
—Como una moza de veinte años —contesta Berimundo—. Tener a su nieta al cargo la ha hecho rejuvenecer. Es una pena lo que le ha pasado a la cría, pero…
—Lo comprendo, tío. Voy ahora a verlas, a la tarde me paso por su casa.
—Claro que sí, Juli. Se lo diré a tus primos para que vengan.
—Me alegro mucho de verle .
—Lo mismo digo —contesta él, con los ojos brillantes.
Jueves 22 de diciembre, 16:21 horas.
Madrid.
El día del sorteo del Gordo pasó sin novedad. Bueno, excepto para todos los premiados. Nosotros nos pasamos el día durmiendo, al menos Perote y yo. Blanca salió en algún momento de la mañana, dejando una nota en la que nos invitaba a quedarnos en su casa el tiempo que necesitáramos.
—Pero hermano, ¿cómo vamos a hacerle eso en Navidad? No me parece bien.
—Blanca se ha ofrecido, y tampoco es que tengamos muchas más opciones.
—¡Nos vamos a un hotel!
—Puedes irte si quieres, yo prefiero quedarme —contesté.
—Claro, porque ella te hace ojitos, y estás a ver si pillas algo. ¡Que te crees que no me he dao cuenta de esas miradas que os cruzáis!
—¿Pero qué dices?
—Vamos, Julián, es evidente. No os habéis quitao ojo los dos desde que la llamaste para ayudarnos con el polaco.
—¡Tonterías!
No sé si mi tono sonó muy convencido, aunque me daba igual.
Para mí, Blanca era una compañera y una igual.
Muy atractiva, cierto, pero yo no estaba buscando ningún tipo de relación.
Mi vida había sufrido demasiados cambios en los últimos meses como para plantearme eso.
Y estaba convencido de que Blanca opinaba igual; total ¿qué iba a ver en mí?
Durante el resto del jueves, me dediqué a seguir recuperando todo el sueño que tenía acumulado.
No quise llamar a Furiase para saber cuándo podría volver a mi casa.
Temía la respuesta que pudiera darme. Perote me dejó solo en cuanto comprendió que no estaba por la labor de hablar, y se dedicó a ver la televisión mientras comía de la nevera de Blanca.
Cuando anocheció de nuevo y ella todavía no había regresado, empecé a preocuparme, por lo que la llamé. Tan solo hicieron falta un par de tonos de llamada.
—Hola, Julián —contestó con voz seria.
—Blanca, ¿dónde estás?
—Estoy haciendo unas gestiones importantes. Iba a llamarte luego para deciros que no me esperéis esta noche. Creo que esto se va a alargar más de la cuenta.
—¿A qué te refieres con «esto»? Porque si no querías preocuparme, lo estás haciendo muy mal.
—Confía en mí, Julián —afirmó, relajando el tono—. Si todo va bien, mañana por la mañana estaré de vuelta con buenas noticias.
—Está bien. Avísame si me necesitas, para lo que sea.
—Eso haré, cariño. Vamos hablando.
No sabía qué esperar de esa llamada, pero tampoco podía hacer nada al respecto. Así que confié en Blanca y esa noche, hasta que terminé durmiéndome, traté sin éxito de no pensar en ello. Había hablado de buenas noticias, ¿a qué se referiría?
Al día siguiente, me levanté descansado e impaciente por saber qué estaba maquinando Blanca, por lo que las horas que transcurrieron hasta el mediodía que regresó se me hicieron eternas.
En cuanto entró en la puerta con la misma ropa que se había llevado puesta, lo primero que hizo fue pedirme calma.
Ella también necesitaba ducharse, así que solo después de hacerlo y vestirse de forma cómoda nos reunió a todos en el salón.
—¿Qué ha pasao ? ¿Nos ha tocao el gordo? —preguntó Perote.
—Que más quisieras —contestó Blanca—. Pero, en cierto sentido, supongo que sí nos ha tocado.
Ya estaba harto de esperar, así que fui directo al grano.
—¿Qué quieres decir, Blanca?
—¿Recuerdas lo que te dije de buenas noticias?
Pues las tengo. Lo que le dijiste el miércoles a Furiase…
no dejé de darle vueltas en toda la noche.
Tenías toda la razón: hay muchos criminales que se escapan por las grietas del sistema o que, directamente, trabajan en la oscuridad y nunca son atrapados.
Es algo que yo también venía observando y tus palabras me hicieron comprender que lo que estaba haciendo con Furiase no era suficiente.
Así que me pasé todo el día de ayer cobrándome favores, y también terminé debiendo unos cuantos, pero mereció la pena.
En unos días, tendremos financiación y recursos para establecernos como una célula independiente capaz de encontrar y terminar con esos monstruos que ahora están libres.
—¿Una célula? ¿Vamos a ser terroristas? —pregunta Perote.
—Por supuesto que no, atontado —le regañó Blanca—. Seguiremos operando en el lado de los buenos, y estaremos sujetos a supervisión desde arriba. Yo me encargaré de todo eso y de que tú —dijo, señalándome— puedas hacer lo que haces mejor, Julián.
—No entiendo.
—No te hagas el modesto ahora, Julián. Como bien le recordaste a mi exjefe el otro día, fuiste capaz de localizar sin apenas recursos a los lugartenientes de un traficante internacional de armas, abortando lo que podía haber sido el mayor ataque terrorista de la historia.
—Tampoco es para tanto…
—¿Qué acabo de decirte? —Blanca miró a su alrededor y cogió un cojín del sofá, lanzándomelo a la cabeza con gran puntería—. Puedes seguir minimizando lo que has hecho, pero sigue siendo impresionante. Y he convencido a suficiente gente para que continúes haciéndolo… bajo mi dirección, claro está.
Poco a poco, la realidad de lo que Blanca implicaba se abría paso en mi cabezota. Pero seguía teniendo muchas preguntas.
—Vale, lo acepto, aunque no sé qué pensará Furiase —Entonces, me di cuenta de lo que había dicho hace un momento—. ¿Qué es eso de exjefe?
—Pues eso, que ya no estoy a sus órdenes —contestó ella, sonriendo—. Te aseguro que no le ha gustado, pero no podía hacer nada para evitarlo.
—¿Qué has hecho para conseguirlo? ¿Qué favores debes?
—No me preguntes y no tendré que decirte mentiras —contestó, sin perder su sonrisa—. Incluso me aseguré de que tu amigo estuviera incluido en el trato. Creo que es un lastre, pero, por algún motivo, los dos funcionáis bien juntos.
—¡Oye, a quién has llamao lastre!
—No quería ofenderte, Perote. Te probaste en Collado Mediano y, a pesar de todo lo que te pueda haber dicho, creo que tienes un buen fondo.